generico informar a su mdico acerca de los remedios a base de hierbas, vitaminas y aditivos si se da el caso.
21 Diciembre 2012

Título: El americano perfecto. Tras la pista de Walt Disney | Autor: Peter Stephan Jungk   | Editorial: Turner | Colección: Noema | ISBN: 978-84-7506-684-4 | Páginas: 204 | Formato:  14 x 22 cm.| Encuadernación: Rústica con solapas |  PVP: 19,90 €

"A él dedico mi pensamiento cuando no puedo dormir por las noches. Desde que apareció en mi despacho y me notificó el despido, me desvelo muy a menudo. Echo la vista atrás y contemplo la historia de su vida, como si me fuera más próxima y familiar que la mía propia... Treinta años después de nuestro último encuentro, le sigo dedicando mi primer pensamiento cuando me levanto y el último cuando me voy a la cama...".

El narrador tiene una obsesión: el hombre que le contrató y luego le despidió arbitrariamente. Todo lo que haga ese hombre, cada uno de sus pequeños gestos y gustos, sus manías y sus relaciones, le interesa. Quiere saber dónde jugaba de pequeño, cuál es su comida favorita, qué le cuenta a su médico.

Paso a paso, siguiendo la pista de ese hombre, nos narra una biografía (¿ficticia?),el retrato de un personaje que se dice ante el espejo: "Soy un líder, soy un pionero, soy uno de los grandes hombres de mi época". Un hombre que quizá sea Walt Disney.

Afilado como un cuchillo, ‘El americano perfecto' cuenta más sobre Disney y la megalomanía que una pila de tomos biográficos.- Kirkus. 



Todo está en calma.

Lleva despierto media hora. Despierto e inmóvil. Tendido de espaldas, tieso como una vela. El sol aún tardará en salir. En la habitación de su izquierda se alojan Roy y Edna. Su hermano no tiene problemas de sueño. Después de la tuberculosis que padeció en 1920, Roy cumple unos horarios estrictos. Se va a la cama antes de medianoche. Se levanta a las siete. Aún faltan dos horas.

Walt no se ha traído ninguna lectura para el viaje, a excepción de la revista Life, que está en la mesilla de noche de Lillian. No quiere extender el brazo para cogerla ni encender la luz, por miedo de despertar a su mujer. Tanto el televisor como el transistor portátil están apagados. Oye el silbido del ferrocarril, seis veces, siete, ocho, una tras otra; será un tren de pasajeros o de mercancías, que no para en Marceline. El repiqueteo de las ruedas sobre los raíles se va apagando lentamente y se extingue.

Desde hace cuatro décadas, salgo airoso de cualquier reto, se dice por lo bajo, como cada mañana después de despertarse y antes de ponerse en pie. Ha habido contratiempos, sin duda; pero fueron escasos. Inusitadamente escasos. A veces parecía que íbamos a tener que despedir a todos nuestros trabajadores. Cerrar el estudio. Pero Roy siempre ha sabido hacer cambiar de opinión a banqueros, patrocinadores y accionistas. Roy, su hermano, siete años y medio mayor. El realista de la familia, el que retrocedía espantado ante los cambios -lo que es peor, intentaba impedirlos desde el primer momento-. El que nunca quería creer que se pudieran obtener beneficios de las ideas de su hermano pequeño. Pese a todo, sin Roy, piensa Walt, no tendríamos empresa. Con el paso del tiempo, Roy le sacó millones y millones al Bank of America. Cómo lo logró es algo que Walt no entiende muy bien. Por otra parte, siempre ha sido muy consciente de que fue solo su imaginación la que hizo posible aquella cadena interminable de créditos. Fui el primero, se dice para sí, en darle personalidad a los dibujos animados. Fui el primero en trabajar en color. Fui el primero en dotar de sonido a las películas de dibujos animados. El primero en producir un largometraje de animación. El primero en darle al mundo un parque temático que no es sórdido, ni está sucio ni resulta desagradable en absoluto. Un pequeño paraíso en la tierra, mi reino de Anaheim. Walt disfrutaba una barbaridad haciendo que los triunfos del pasado y las jugadas maestras del presente desfilasen ante él: hasta ahora he recogido treinta y una -¿o son treinta y dos?- estatuillas doradas en los Oscar, más que nadie antes, más de las que nadie recogerá jamás. Y también otros seiscientos trece premios de todo tipo: doctorados honoríficos, medallas y distinciones en todo el mun

Fuente de la noticia: El Boomeran(g)
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