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25 Junio 2012

La novela de Luisa Etxenike es una indagación no sólo criminal y muy sensorial.

Con la novela negra aún en franco auge, no habíamos sabido de un investigador acústico. La escritora vasca Luisa Etxenike nos trae, precisamente, 'El detective de sonidos' (Libros de Pizarra), donde el oído (ese sentido segundón en la cultura occidental, tan por debajo de la vista) es el gran motor. O el gran recipiente. Recipiente de memoria, recipiente de culpa, recipiente y motor también de redenciones. Etxenike ensambla escenas y palabras: es además una novela sonora. Una novela acústica y abundosa en ecos, en sí misma. Testimonios y palabras, y dichos, y palabras que hilan con otras. Un uso agudo, astuto del idioma, verdaderamente.

El protagonista, el detective narrador, es "contratado" un tanto azarosamente para compilar una serie de sonidos con los que una señora mayor reconstruirá su intimidad, su pasado sensorial (ruidos en una barca, ruidos de cosas...) y descubrir su vieja "canción de sufrir", que dice Bola de Nieve. Una traición que guarda. El detective de sonidos trabaja, simultáneamente (el clásico de la trama paralela que habrá de juntarse de algún modo) con otro hombre que quiere verter en internet un testimonio personal culpable. El binomio varón/mujer es un modelo reiterado en esta trama, que discurre apelmazando material muy cuidadosamente. Están, básicamente, el protagonista y una pseudo-novia (muy nebulosamente tratado), los dos clientes (el hombre y la señora).... y los propios progenitores del joven detective. Estos últimos son la columna vertebral de toda la sucesión de cuartos cerrados y gente sola.

De modo que nuestro detective de sonidos va por el mundo registrando palabras y (por ejemplo) chasquidos de un montaplatos con grabadora, como el compositor Messiaen iba por los bosques con el fonógrafo para captar canto de mirlos y oropéndolas. Y, de paso, Luisa Etxenike va moviendo ficha y abriendo cuartos.

Así hasta el hondón del alma, que decía Unamuno. Los dichos del padre, entrecomillados, recordados por el narrador, se cruzan con gestos (a veces, tan mudos) y recuerdos la madre enferma (el centro del centro, detrás de todas y cada una de las capas que se van quitando), que yace en una cama que no vemos (no oímos) al otro lado de una puerta (que nunca abrimos: esa puerta decisiva que nunca se abrió). La madre, con un mal físico terrible que tan sólo recomponemos. Es una narración orgánica: la piel de las palabras y las acciones son uno; el ejercicio de pegar pedazos mantiene un compás muy bien mantenido: la narración y el detective de sonidos, narrador, se van integrando (el presente y el pasado).

"Estuve mucho tiempo imaginando todos los gestos posibles, detrás de esa pared de nada. Y sólo me distraía el calor de mi cara, aunque ya había anochecido y hacía fresco". La piel, las paredes, los dichos (esos pegotes que añadimos a las cosas) y las ausencias, tan gravidas, con tanta entidad, en su falta, en su sombra, como aquel Pierre a quien buscaba Sartre (la ausencia de Pierre) en un café de París. Aquí la madre, la madre agónica, irrescatable del pasado, pero angustiosa, ahí, al otro lado de la "pared de nada". Y nuestro detective de sonidos, que se ponía los cascos. Para no oír. El oído culpable.

Luisa Etxenike parece querer hacer del oído otra especie del tacto, de tanto que nos lo condensa en 'El detective de sonidos', de tanto que lo vuelve plástico.

Oído y piel

"Las madres están sobre todo en el oído" dice la señora Urrutia, aquella dama distinguida que quiere juntar las piezas de su mapa sonoro. Etxenike trabaja las reiteraciones, las variaciones sobre los mismos temas. Al mismo tiempo, se diría, es un libro económico de lenguaje. Un libro económico también en intrigas. Las cosas están en el oído. No está de más recordar el bellísimo libro, publicado hace dos años, de Eugenio Trías, llamado 'La imaginación sonora'. La "coda filosófica" de aquel estudio musical ya nos hablaba de la preeminencia del sonido sobre los otros sentidos. Y su carácter primordial: el feto que se desarrolla en el útero percibe músicas (el primer sentido) a través de la voz de la madre. Etxenike nos lleva a otro lugar primero (al pecado original), en otra estancia cerrada (que no es el vientre materno, sino un cuarto y unas paredes) y con una madre, concienzudamente muda. Terriblemente muda. Otra analogía: el protagonista, poco entrañable y más bien gris, entre joven y sin edad, nos recuerda (en versión un poco zote) a otro chico de madre ausente y en un ambiente de dolencias cutáneas y cascos de música como el de la obra de teatro de Juan Mayorga, 'El chico de la última fila'. Terminamos con un párrafo de Etxenike:

"Y no le dije que no, que yo ya me había dado cuenta de que eso no era cierto, de que por el excipiente de la vida o por lo que fuera, yo no era joven. Que hay cuerpos que no tienen su edad. Como mi madre no tuvo nunca su edad, que ella siempre estuvo metida en un excipiente brutal, en un gel asqueroso que le mantenía pegada la vejez a la juventud, la agonía a la vida".

Fuente de la noticia: El Mundo
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