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16 Febrero 2012
Compañero de generación de Ajmátova y Mandelstam, Linteo edita una antología del escritor fusilado por los bolcheviques

Aquella madrugada del 25 de agosto de 1921 había amanecido calurosa en Petrogrado, la San Petersburgo zarista. Aquella partida de desaliñados y hambrientos pero convencidos bolcheviques apenas si se habían desayunado con un mendrugo de pan negro y un vaso de vodka. Suficiente para la sencilla tarea del día, formar parte de un pelotón, uno más, de fusilamiento.

Nada sabían de su víctima, tan solo que se le acusaba de alta traición, de ser integrante de un grupo contrarrevolucionario empeñado en derrocar el naciente régimen soviético. Los disparos se perdieron en el aire de un bosque cercano a San Petersburgo, y aquel hombre joven, apenas 35 años, se desplomó fulminado.
El indulto llegó tarde

Murió después de calarse el sombrero hasta los ojos, sin quitarse el cigarrillo de los labios, tranquilo, como había profetizado en uno de sus poemas: «Sin miedo apareceré ante Dios, Nuestro Señor». Máximo Gorki, escritor y prohombre de la Revolución, había intercedido ante Lenin pero el indulto llegó tarde.

Aquel cuerpo ya inerte sobre la tierra había pertenecido en vida a una de las voces poéticas más importantes y rompedoras de la llamada Edad de Plata de la lírica rusa. Aquel genial poeta se llamaba Nikolái Gumiliov y había sido uno de los inspiradores del último movimiento de renovación de las letras rusas, el acmeísmo, en compañía de otros grandes poetas como Anna Ajmátova (con la que Nikolái se había casado) y Ósip Mandelstam, provenientes del grupo llamado Gremio de Poetas.

Era su movimiento una reivindicación de una poesía de imágenes claras, sustentadas en un lenguaje moderno, trufado también de trazos de lo cotidiano. Para ellos, la poesía era un oficio que cualquiera podía desempeñar siempre que se atuviese a las enseñanzas de los grandes maestros.
Pasión por África

Era el año 1911, pero para entonces Gumiliov ya había escrito varios poemarios como «El camino de los conquistadores» (1905), publicado con apenas diecinueve años, y «Flores románticas» (1908), había viajado por medio mundo (África era una de sus grandes pasiones), se había batido en duelo, había absorbido el simbolismo de vates como Viacheslav Ivánov y era ya más que una promesa de la literatura rusa, un eterno adolescente, un vitalista convencido, un enamorado del exotismo y de la vida. Pronto, en la Guerra del 14, se convertiría también en héroe militar condecorado por partida doble por su valor en el combate.


El poeta Nikolái Gumiliov

Nunca le gustó la revolución soviética y se cree que simpatizaba con los blancos, los enemigos de los bolcheviques durante la guerra civil. Pero seguía escribiendo: «La hoguera» (1918), «Tienda de campaña» y «Columna de fuego» (1921). Tras una temporada en París regresó a Petrogrado y pronto fue detenido por la Cheka de la ciudad acusado de pertenecer a la llamada Conspiración de Tagantsev(un supuesto complot monárquico, que en 1992 se dio por una invención de los bolcheviques.
Palabras en el Gulag

Mandelstam moriría en el Gulag en 1938, y Lem (el hijo de Nikolai con Ajmátova), se pasó media vida en Siberia. Los poemas de Gumiliov, el propio Mandelstam y la propia Ajmátova fueron prohibidos aunque corrieron de boca en boca durante décadas, hasta que con la disolución de la URSS sus nombres fueron rehabilitados y rescatados.

Como se rescata ahora en castellano la poesía de Gumiliov (muy poco divulgada entre nosotros) en una excelente antología titulada «El tranvía extraviado» (Linteo), con precisa y hermosa traducción de Xènia Dyakonova y José Mateo.

Una ventana abierta a la poesía de un hombre y un poeta que tenía el don de la palabra, de la belleza, de la hermosura, la medida de lo humano. Algo que el terror no podía asimilar.

EL TRANVÍA EXTRAVIADO

NIKOLÁI GUMILIOV. DE «COLUMNA DE FUEGO» (1921)

Para mí aquel barrio era desconocido, / de repente oí los graznidos de un grajo, / notas de un laúd, ¿o un lejano rugido?: / volaba un tranvía por la calle abajo. / Por algún misterio sucedió que luego / yo mismo viajaba dentro del tranvía; / dejaba a su paso una estela de fuego / que brillaba incluso a plena luz del día. / alado, corría, ¡negra tempestad!; / volaba extraviado a través del abismo / del tiempo… «atención, conductor, por piedad, / detén el vagón, detenlo ahora mismo». / tarde: hemos pasado hasta la última almena, / todo un palmeral quedó atrás por el lado, / y a través del Neva, del Nilo y del Sena / por tres puentes nuestras ruedas han chirriado. / Por la ventanilla, aparece un momento, / mirando hacia dentro con el gesto huraño / un viejo mendigo –si no me lo invento– / aquél que en Beirut vi matar hace un año. / ¿En dónde me encuentro? afligido, angustiado, mi corazón dice latiendo a raudales: / «ves la estación donde se vende al contado / un billete a las Indias Espirituales». / Un cartel… con una escritura sangrienta / que reza: «verduras»; pero sé de cierto / que no sólo nabos están aquí en venta, / se trata, más bien, de cabezas de muerto. / En camisa roja, con cara de ubre, / rebana también mi cabeza el verdugo / y en un cajón grande la arroja; y la cubre / con otras cabezas que rezuman jugo. / El gris de la hierba… Una casa, mirad, / con sus tres ventanas: en el callejón, / tras un seto: «aquí, conductor, por piedad, / para ahora mismo, detén el vagón.» / aquí tú has cantado, María, y vivido; / aquí para mí bordaste una cubierta; / tu cuerpo y tu voz, ¿hacia dónde se han ido?: / ¿es posible acaso que ahora estés muerta? / Mientras en tu cuarto en terrible agonía / yacías, con una empolvada peluca, / fui a la emperatriz a rendir pleitesía / y no volvería a verte viva nunca. / nuestra libertad sólo es luz emanada / –hoy lo sé– en lejanas regiones etéreas. / hombres y animales están a la entrada / del jardín de fieras que son los planetas. / Pero siento un aire, familiar, ligero: / desde la otra orilla, una embestida cruel: / la mano de cobre del jinete fiero / y las arboladas patas del corcel. / Para la ortodoxia, fortaleza y guía, / San Isác se esculpe sobre el cielo: allí / haré una oración de salud por María / y dirán la misa de réquiem por mí. / Pero el corazón está desconsolado, / cuesta respirar y mi vida es dolor: / María, jamás me hubiera imaginado / que pueda existir tanta pena y amor.

Fuente de la noticia: ABC
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