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12 Enero 2012
Cuadernos del Vigía recupera a un inclasificable autor que supo unir prosa de vanguardia con compromiso social

El tiempo, como la arena que es, va escondiendo nuestras playas más desiertas. Y, aunque Max Aub (París 1903 – Ciudad de México, 1972) tiene una fundación a su nombre que vela por su legado, sigue siendo un autor demasiado desconocido para la mayoría. Tal vez su condición de exiliado continuo ha ayudado a no acordarnos, en manuales y cánones varios, más a menudo de un artista que no temió a violentar los géneros para hacer literatura en mayúsculas.

Su versatilidad es asombrosa. De padre alemán, vivió en París hasta su adolescencia, cuando por culpa de la Primera Guerra Mundial ha de instalarse con su familia en Valencia donde no tiene problemas para convertir el castellano en su herramienta de trabajo. Los viajes a Barcelona (pasaba meses en la ciudad condal) le hacen entrar en contacto con figuras como Joan Salvat-Papasseit y, poco a poco, comienza a hacerse un lugar en la vida cultural del país. Aunque su nombre no suele salir en las sinopsis, fue amigo y miembro (si es que había miembros en un grupo tan heterogéneo) de la Generación del 27. En diciembre de 1936 es enviado como diplomático a la legación española en París, puesto desde el que gestionó el encargo y la compra del Guernica de Picasso para la Exposición Universal del año siguiente. Pero llegó 1939 y tuvo que volver a París, soportar el paso por dos campos de internamiento, hasta que en 1942 aterriza en México para quedarse para siempre. Y crear compulsivamente.

Cuadernos del Vigía, con ediciones cuidadas, hermosas, está reivindicando su figura. Primero, en 2010, editó su Juego de cartas, una obra publicada en 1964 e inaccesible hasta ahora para los lectores españoles. Se trata de una rareza que combina la idea de correspondencia con los naipes, compuesta por una baraja de 108 ejemplares ilustradas con dibujos de un tal Jusep Torres Campalans, que no es más que el propio Max Aub, que se divertía despistando a la crítica de arte mexicana con este heterónimo. Es, así, un calidoscopio, un retrato coral, que se traza desde el azar y el humor. Hipertextualidad, pues, y múltiples trayectos de lectura mucho antes de que la internet asomara.

Más tarde, los mismos editores darían luz a Mucha muerte, libro que da cabida a los relatos que el autor dedicó a sus "crímenes" (llamaba así a algunos de sus relatos), sus historias de "suicidios" (mucho antes, claro, de los Suicidios ejemplares de Vila-Matas), "epitafios" o un capítulo dedicado en exclusiva a una suerte de greguerías dedicadas, en exclusiva, a los "Signos de ortografía". Algunos ejemplos: "Nació con erratas", "Le delató el acento", "Este corchete cojo, negro, tuerto...", "No pudo salir de aquel paréntesis" o "No se repuso nunca de la primera impresión".

Los textos que aquí encontramos pertenecen, en su mayoría (también hay inéditos) a la revista Sala de espera, que Aub creó y escribió de forma unipersonal. Pero el hecho de que el autor se interesa por lo lúdico no puede confundirse, de ninguna manera, con el grado de relevancia de sus experimentos. En el prólogo, Pedro Tejada nos recuerda que si el más famoso microrrelato de Augusto Monterroso ("Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí") fue publicado en 1959, Aub ya había recopilado sus piezas breves diez años antes. De este modo, el tema de la muerte configura una especie de corpus en el que hay sitio para dilogías, aforismos y juegos de prosa que se enmarcan dentro de un mismo absurdo cercano - aunque con matices propios e intransferibles - al surrealismo.

El título más reciente es Manuscrito cuervo, donde Aub se inventa un cuaderno de notas escrito por un pájaro llamado Jacobo y que anota sus impresiones sobre el ser humano después de convivir con los presos del campo de Vernete (donde el propio Max Aub estuvo encarcelado acusado de comunista). El retrato que surge es irónico y atroz al mismo tiempo, poniendo de relieve todas nuestras contradicciones, y desnudando supuestas certezas. Nos dice el cuervo: "Hay tres clases de hombres: a) Los que cuentan su historia. B) Los que no la cuentan. C) Los que no la tienen".

En Manuscrito cuervo, Jacobo no deja de sorprenderse: "los hombres han resuelto que el lugar donde ven la luz primera es de trascendencia supina para su futuro". O sea, la idea del origen y de la identidad, vista desde los ojos de un pájaro. "Desde el ángulo humano, una persona que no sabe dónde ha nacido o quiénes fueron sus padres, es un ser peligroso", añade. El cuervo también anota cómo "los hombres hacen lo que no quieren". Insiste: "Para lograr este fin, tan absurdo a nuestras luces, inventaron quien les mande".

El diagnóstico es tan exacto como queridamente inocente. Se nos explica cómo dejamos de estimarnos por lo que éramos para pensar en lo que valíamos. El dinero, sí, visto desde el aire. Y, apunta Jacobo, "cuando no se atrevieron directamente al crimen recurrieron a la gracia del trabajo remunerado. Así se inventó la esclavitud". Los presos del campo, según la percepción del cuervo, "se han reunido aquí para intentar trabajar sin ser pagados" y "para andar por el mundo necesitan llevar papeles". Sin embargo, concluye, "lo sorprendente es que no les sirven para nada, lo que demuestra que se trata de una manía cabalística o superstición idólatra".

El cuervo, que va a donde quiere cuando quiere, no entiende los valores que el humano justifica como infranqueables. Avisa a su especie de otro invento inexplicable; las fronteras: "es algo muy importante, que no existe y que, sin embargo, los hombres defienden a pluma y pico como si fuese real". Como si fuese real. Como si no pudiéramos organizarnos diferente, en la escritura y la política.

Fuente de la noticia: La Vanguardia
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