generico informar a su mdico acerca de los remedios a base de hierbas, vitaminas y aditivos si se da el caso.
12 Enero 2012
Edhasa publica por primera vez en español la versión completa de la novela de Daniel Defoe en traducción de Enrique de Hériz

«Nací en el año de 1632 en laciudad de York, en el seno de una buena familia, aunque no del país, pues mi padre era un extranjero llegado de Bremen para instalarse originalmente en Hull…» Así comienza la historia de «Robinson Crusoe» que en 1719 Daniel Defoe (1660-1731) dio a la imprenta de William Taylor en la londinense Paternoster Row. La obra se abría con un prolijo título-sinopsis, muy a la manera de la época: «Vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe, marinero de York, que vivió veintiocho años solo por completo en una isla deshabitada en la costa de América, cerca de la desembocadura del gran río Orinoco, tras ser arrojado a tierra en un naufragio en el que perecieron todos los hombres menos él. Con un relato de cómo al fin fue extrañamente rescatado por piratas. Escrito por el mismo».

Considerada la primera novela en lengua inglesa, «Robinson Crusoe» se convirtió en un best seller que mantuvo su hegemonía durante siglos: en el XIX circulaban setecientas ediciones que recibieron los elogiosos comentarios de Wilkie Collins o Edgar Allan Poe. Tras sus penurias económicas y político-religiosas que le llevaron a la cárcel y al escarnio público de la picota, Defoe publicaba el 20 de agosto de 1719, cuatro meses después de la primera edición, la segunda parte de su obra: «Nuevas aventuras de Robinson Crusoe». La prometedora singladura comercial no tardó en sufrir el acecho de piratas y plagiarios. Aquel año de 1719 abría un trienio literariamente fecundo que culminará en 1722 con «Moll Flanders» y el «Diario del año de la peste» que hizo de Defoe precursor del reportaje moderno: su Robinson llevaba seis ediciones y «The Original Post» lo publicaba por entregas semanales. El abordaje pirata no tardó en producirse. El asaltante era un tal T. Cox: además de piratear el texto, lo había cercenado añadiendo al título-sinopsis una cínica coletilla: «Escrito originalmente por él mismo y ahora fielmente abreviado sin omisión de ninguna circunstancia destacable».

Comenzaba así a naufragar la integridad de una obra señera de la que nunca se conoció el manuscrito, debida a un autor que sus editores tachaban de caótico en la escritura, propenso a las tachaduras y los errores gramaticales que podían «justificar» la alteración del texto original. Defoe se defendió del pirata que despreciaba el calado moral de aquella novela que a partir de la anécdota aventurera aspiraba a alcanzar, al modo del periodismo doctrinal del siglo XVIII de Addison, Steele o Swift, la categoría moral: «La fábula siempre se escribe para la moral; nunca la moral para la fábula» (Defoe dixit).

Su Robinson construía ficciones sobre hechos reales para trazar filosóficamente los senderos del self made man que cimentará el capitalismo en ciernes. Si Capote escribió «A sangre fría» a partir de la masacre de la familia Clutter, a Defoe le impactó la peripecia del marinero escocés Alexander Selkirk, que en 1704 desembarcó en la deshabitada isla de Juan Fernández, donde permaneció hasta su rescate cinco años después. Metido en el mundo periodístico, Defoe debió seguir con sumo interés el relato de Selkirk que apareció el 3 de septiembre de 1713 en el periódico «The Englishman». A mediados del XVIII, su novela superaba las cuarenta ediciones. «Robinson Crusoe» circulaba en una quincena de secuelas, ediciones pirateadas o resumidas para el público infantil.

Y es aquí cuando los problemas crecen y la integridad de una obra queda desvirtuada en nombre de las versiones «light». En julio de 2004, el escritor Enrique de Hériz pergeñaba una reseña sobre «Foe», enésimo homenaje a Robinson a cargo del nobel Coetzee. De Hériz quiso aliñar su comentario con una cita y echó mano de la traducción robinsoniana de Julio Cortázar (Viau, Buenos Aires, 1944). Pero el párrafo que buscaba no aparecía por ninguna parte: «Me escamó tanto, que hasta dudé de estar en mi sano juicio y empecé a reseguir puntos y aparte durante varias páginas…» Nada de nada.

Tituló su reseña «Las tijeras de Cortázar». Así, que en el siglo XX, Defoe seguía condenado a la picota cisoria. Si el pirata Cox se había cargado un treinta por ciento de la novela, despojando de moral el esquematismo aventurero, De Hériz pensó en la cantidad de clásicos «que creímos haber leído» en las ediciones resumidas de nuestra juventud y pasó lista a las traducciones de Defoe en español: «Nunca he encontrado un caso tan grave como Robinson», declara. ¿Por qué Cortázar mantuvo la estrategia simplificadora? El traductor plantea tres preguntas: ¿Le aburría el excesivo detallismo realista que tanto admiraban Wolf y Joyce y le dio a la tijera? ¿O fue el editor, aficionado a los recortes, deseoso de ahorrar costes de impresión? ¿O, tal vez, ni Cortazar ni su editor tenían conciencia de trabajar sobre una obra mutilada en origen? Quedaba la pregunta del millón: ¿Puede, entonces afirmarse que jamás ha habido una traducción al español íntegra, completa y actualizada, de los dos volúmenes de «Robinson Crusoe»? De Hériz y el editor de Edhasa Daniel Fernández volvieron a pasar lista. La respuesta era sí. Hasta ahora, la versión más reciente de Fernando Galán y José Santiago Fernández Vázquez (Cátedra, 2000), se limita a la primera parte de la obra. Luego, manos a la obra: «Robinson Crusoe» y las «Nuevas aventuras de Robinson Crusoe» recuperadas íntegramente por Enrique de Hériz que, en estos momentos, trabaja en las inéditas «Serias reflexiones de Robinson Crusoe». Defoe, felizmente rescatado de un naufragio de tres siglos. Defoe, de verdad.

La primera traducción íntegra

Enrique de Hériz, traductor de este «Robinson completo», reflexiona sobre los motivos que le han llevado a este hallazgo:

«No disponemos de un manuscrito de Robinson que merezca tal nombre. Sí se conservan ejemplares de las primeras ediciones. Y se sabe que fueron pirateadas, y de paso recortadas, a los pocos meses de su aparición».
«Todas las supresiones, las de entonces y las de ahora, coinciden en robarle al texto todo aquello que no fuera estrictamente lo esperable de una “novelita de aventuras”. O sea, precisamente la carga moral que, como está claramente documentado en los prólogos del propio Defoe, era primordial para el autor».
«Una mención al “tercer volumen” de la obra me animó a emprender la traducción. ¿Un tercer volumen? Lo encontré, en inglés por supuesto: “Serious reflections during the life and surprising adventures of Robinson Crusoe; with his vision of the angelic World”. Si alguna vez se tradujo, no ha dejado el menor rastro. Son ensayos morales sobre temas como la soledad o la honestidad, supuestamente escritos (como los dos volúmenes narrativos) por “el propio Robinson”. Los estoy terminando de traducir ahora porque saldrán en tomo aparte en otoño. Me parecen de una belleza poética digna de mención».

«Durante los últimos quince años he tenido un interés particular en regresar a esos textos clásicos que “creemos” haber leído, pero que es oportuno sospechar que tal vez lo hicimos en ediciones infantiles, acaso abreviadas, o cuanto menos mal traducidas… Nunca había encontrado un caso tan grave como el de Robinson».

Fuente de la noticia: Diario ABC
PREMIOS LITERARIOS POR ORDEN ALFABETICO
LOS MAS VENDIDOS FICCIÓN // NO FICCIÓN
Desarrollada x Serlib Internet