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11 Enero 2012
Se reeditan las novelas marineras de don Pío... que nunca en su vida embarcó. Arturo Pérez Reverte y Fernando Aramburu le hacen el cabotaje

La narrativa marinera del siglo XIX es reconocible por sus hombres introvertidos, por el vasto imperio de la naturaleza y el salitre, y por los tecnicismos, escollo insalvable para aquel que confunde cabos con cuerdas, o babor con estribor. ¿Qué quiere decir, exactamente, John 'Long' Silver, en 'La isla del tesoro' cuando dice que va a "pasar por la quilla" a alguien? Leemos en 'El negro del Narcissus', de Joseph Conrad: "Luego, una vez cazadas las escotas e izadas las vergas, el barco se convirtió en una alta y solitaria pirámide...". En el relato 'La nave abandonada', de William Hodgson, una tormenta "...abatió el botalón de bauprés y el mástil del juanete de proa". Cuando, entre cetología y cetología, el Ahab de Melville gira el "gobernalle", ¿miramos al diccionario o no? ¿El océano es una experiencia o se puede recrear con una completa enciclopedia náutica? Ahora RBA publica el ciclo de Pío Baroja de 'El mar', integrado por 'Las inquietudes de Shanti Andía', 'El laberinto de las sirenas', 'Los pilotos de altura' y 'La estrella del capitán Chimista'. Baroja es el hombre que trajo a la lengua española este género típicamente anglosajón, allá por 1911, pero es improbable que supiera hacer un as de guía simple él solo.

Arturo Pérez-Reverte, de quien se puede decir que es, por 'La carta esférica', 'Cabo Trafalgar', 'Corsarios de Levante' y partes de 'El asedio' el más señalado cultivador actual de la aventura náutica, explica: "Yo nací entre marinos. Navego en velero propio desde hace muchos años y me crié con historias de mar. Hay un aspecto de la literatura que es crear ambientes, y eso exige una cierta experiencia personal, para captar la luz y el viento. Y la sensación de incertidumbre. Porque en el mar nada está seguro. Es como la guerra, no sabes qué es la guerra hasta que estás en ella". El autor de los artículos compilados en 'Los barcos se pierden en tierra' considera: "Los tecnicismos son algo que no se puede subestimar. Aunque el lector común no sepa qué es el obenque, porque no sabes quién te va a leer. Cuando te gusta el mar escribes en un código. Y quieres contar bien una maniobra para ti mismo también. Es un placer personal. Porque te apetece. No soy objetivo en esto".

Exclama el narrador melancólico de 'Las inquietudes de Shanti Andía': "¡Oh, gallardas arboladuras, velas blancas, fragatas airosas con su proa levantada y su mascarón en el tajamar! ¡Redondas urcas, veleros bergantines! ¡Qué pena me da el pensar que vais a desaparecer!". Los investigadores barojianos han pescado de la biblioteca de Itzea mucho de este surtido de marinería. 'Histoire des pirates et corsaires de l'Ocean et de la Méditerranée' de P. Christian, 'Diccionario marítimo español' de José Lorenzo, 'Guía del marino en el puente', de Antonio Terry o la revista especializada 'La France maritime'. Además, folletines de Sue, de Mayne Reid, y de Gustave Aimard transportaban al escritor más allá del bramido litoral de las rompientes y la pajarera de gaviotas: mar adentro. Con zapatillas. A la aventura. En Mendizábal 34, Madrid.

De asuntos y facturas

El también escritor y guipuzcoano, Fernando Aramburu cuenta: "Las novelas marinas de Pío Baroja forman, a mi juicio, parte de lo menos logrado de su obra, con la excepción notable de 'Las inquietudes...', uno de sus títulos que prefiero. Esas novelas se leen bien, pero son de asunto y factura débiles". Y añade: "Para escribir con calidad literaria acerca del mar hay que estar curtido en travesías. No basta con tirar de enciclopedia. Eso se nota mucho. El mar es mucho más que vocabulario de las partes del barco y los tópicos sobre el atardecer y el tamaño de las olas. La sensación de soledad, los olores y sonidos, el miedo, la nostalgia, las supersticiones de la tripulación, nada de eso se puede transmitir si uno no lo ha vivido previamente. Hizo bien Ignacio Aldecoa embarcándose en un pesquero antes de escribir 'Gran Sol'". Al joven protagonista de 'Ultramarina', de Malcolm Lowry, le dicen: "Un tipo que embarca para divertirse iría al infierno para pasar el rato".

Ahora leamos 'Cabo Trafalgar', de Pérez-Reverte: "El 'Indomptable', francés, está demasiado a sotavento para cerrar el hueco entre el Santa Ana y el Fougueux, y aunque este último fuerza velas mareando la gavia de la mayor, la sobremesana y largando el juanete mayor para arrimar su proa a la popa del español y cerrar el paso al tres puentes inglés de gallardete azul, éste, sufriendo un fuego espantoso, sigue adelante". ¿Entiende? Nos cuenta el autor: "Hay un factor creativo: el mar te obliga a la observación. Y eso lo extiendes a las personas. Conrad y Melville educaron su manera de ver a los hombres mirando al mar. Es una escuela de condición humana".

El autor de 'La carta esférica' vive en Madrid pero rodeado de restos de buques, viejas cartas de navegación y maquetas en urnas. En su biblioteca tiene una foto de Patrick O'Brian, escritor de la serie 'Aubrey-Maturin'. "A nivel técnico le superan Forester o Alexander Kent. Pero como escritor O'Brian es mucho mejor. A mí me gusta descubrir de qué batalla naval de libros de Historia ha sacado sus batallas ficticias".

Mar, lejos

"Gran parte de mi mundo narrativo se lo debo al mar", dice Pérez-Reverte. "De hecho, no soy marino de casualidad. La alta mar sigue siendo hoy el lugar lejos de cualquier ayuda. El lugar donde el hombre puede ser lo que fue en el pasado. Donde estás tú solo. Es la única reserva donde hoy queda el coraje, el valor", explica. Pérez-Reverte nos recomienda bibliografía: 'El enigma de las arenas', de Erskine Childers o 'La cacería' de Alejandro Paternain. "En los suplementos culturales de este país hay mucho cantamañanas, y muchos desconfían del género. Hay que pensar que cuando yo era pequeño estos libros mencionados eran tenidos por literatura juvenil". Pensemos en Traven, en Verne, en Salgari, John Meade Falkner, Frederick Marryat, Defoe...

Antes jueguecillo y hoy canon. Hasta gran novela americana. Replica Pérez-Reverte: "'Moby Dick' no es una novela americana. No es de ningún sitio. El mar es su escenario". Ese más allá radical y prehistórico que ocupa casi tres cuartas partes del planeta. Lo dice Ismael, al inicio: "En un arrogante gesto filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, tranquilamente, tomo un barco". Y pronto florece el tecnicismo náutico. O ballenero. ¿O sabe el lector cómo es, según dicen los arponeros paganos de Melville, un cachalote toro de 40 barriles? Volvamos a Baroja, con sus naufragios, tesoros y negreros de los tiempos de su abuelo: ¿Qué opina el creador de Alatriste sobre Baroja? "Lo leí de niño. Yo no lo tengo como un 'escritor de mar', es otra cosa".

Fuente de la noticia: El Mundo
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