generico informar a su mdico acerca de los remedios a base de hierbas, vitaminas y aditivos si se da el caso.
9 Enero 2012
Escritor, economista, biógrafo, trabajó con dos presidentes de Gobierno, hombre del toro, este jueves presenta su novela «Las cartas del miedo»

—En «Las cartas del miedo» (Editorial Eutelequia), situada en 1975, hay dos personajes principales: Eduardo Romero y Fernando del Corral. ¿Existieron en aquella España?

—Sí, Eduardo Romero era un médico oftalmólogo muy comprometido con la causa republicana hasta el principio de la Guerra Civil, pero que en 1938 huyó a la zona nacional, horrorizado de los crímenes de los que había sido testigo en la zona republicana. Y después de la guerra se exilió, al sentirse perseguido por los «franquistas», que recelaban de su pasado.

—¿Del Corral es su alter-ego?

—Fernando del Corral es un símbolo de los que en noviembre de 1975 teníamos entre veinte y treinta años. Es un periodista joven, que arriesga, que se atreve a investigar una muerte violenta en el Madrid de la agonía de Franco, enfrentándose a la incertidumbre de ese momento histórico, a los periodistas más «franquistas» y conservadores de su diario, y a una trama político-judicial dispuesta a todo.

—Hay en su novela un sutil aprecio por los personajes que no se sienten bien ni con unos ni con otros, y que buscaron su verdad fuera de la propaganda o la doctrina impartidas.

—Sí, Romero y Del Corral son ejemplo de esa búsqueda. Hay en mi novela una reflexión humana y política de un republicano que se da cuenta de los errores que ellos cometieron y que truncaron la experiencia de la República. No se podía creer y defender a las Misiones Pedagógicas y al mismo tiempo quedarse mudos y ciegos ante los asesinatos de personas de ideología conservadora y a la deriva revolucionaria y comunista.

—Detectivesca, policiaca, el ritmo trepidante de su novela nos mete de lleno en la agonía de Franco y en los primeros pasos de la Transición...

—La trama que Del Corral descubre es uno de esos escenarios: los nostálgicos del franquismo tratando de boicotear la salida del régimen, la monarquía y la democracia y de ajustar cuentas a su manera. En la novela describo los movimientos parapoliciales, judiciales y políticos que hubo detrás de algunas muertes misteriosas, de grupos extremistas de dudosa autenticidad y del embrión de lo que sería «el golpe» del 23-F.

—¿«Las cartas del miedo» retrata una generación que soñó y ganó?

—Hay varios personajes que reflejan las ilusiones de esa generación, y cómo vivió los últimos años de represión con un anhelo de libertad y de normalización democrática y social. Y hay una descripción muy vivida de los ambientes del Madrid y de la Barcelona de 1975. —Hay también una trama amorosa. —Fernando del Corral se siente atraído por Laura, catalana, atrevida, periodista, inmadura; y por Mercedes, que es médico forense, mujer segura de sí misma, sincera, honesta, hecha.

—¿Cómo enjuicia la Transición?

—Fue obra de dos hombres importantes —el Rey y Adolfo Suárez—, y de otros relevantes, y es un modelo a reivindicar, aunque como es lógico no fue modélica. Pero fue un modelo porque recibió el apoyo de la voluntad mayoritaria de los españoles, que querían una salida pacífica y de consenso al régimen. El Rey y Suárez entendieron lo que había que hacer y lo llevaron a la práctica. Se compenetraron y juntos supieron convencer a casi todos para hacer las cosas. Fueron ingratos algunos sectores del franquismo financiero, político y militar en un primer momento; y los socialistas en su segundo mandato en connivencia con la derecha de UCD. Están aún por investigar muchas connivencias previas al 23-F. Fue en los primeros años noventa cuando se inició su rehabilitación y fueron los nacionalistas vascos y catalanes los que lo hicieron. Ahora muchos de los que decían que «Suárez era incompatible con la democracia» y que había que «echar a Suárez» le elogian y le organizan homenajes. Son los mismos que complotaron contra él para echarle.

—¿No han cicatrizado aún las heridas de nuestra incivil guerra?

—Cerrar la herida de la Guerra Civil costó varias generaciones, pero el Gobierno Zapatero la reabrió y trató de borrar la gran tarea de la Transición. Sería conveniente que —entendiendo su dolor por el exilio y la derrota— la izquierda y los nacionalismos, que sostuvieron el aliento inicial de la República, acepten ya que en la España de 1936 mandaba la envidia, la venganza social, el rencor de clase, el desprecio ideológico y religioso y el matonismo partidario, sindical y anarquista. Y en ese clima no se podía vivir.

Fuente de la noticia: ABC
PREMIOS LITERARIOS POR ORDEN ALFABETICO
LOS MAS VENDIDOS FICCIÓN // NO FICCIÓN
Desarrollada x Serlib Internet