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2 Septiembre 2011

En la contraportada de la reedición de Alianza de 'Killshot', novela original de 1989, de Elmore Leonard, leemos: "Pero además Wayne tampoco debería haber zurrado y puesto en vergüenza a los dos matones. Armand Degas y Richie Nix. Mala gente. Y mala suerte, viene a decirles la policía. Para los Colson, que a partir de entonces no tendrán tregua, envueltos en una pesadilla, sometidos a una 'Persecución mortal'" Killshot, literalmente, "Tiro mortal" o incluso "Tiro letal", pasamos a 'Persecución mortal'. Alianza y el traductor Ángel Uriarte rescatan esta cierta retórica chispeante evocadora de trailer de acción años 80, con sus secuelas y las parejas interraciales de policías. Con sus persecuciones.

Elmore, superadaptado

Con todo, la adaptación a la pantalla de 2009 permaneció con el título en inglés. Allí "Mirlo" Degas, el medio indio ojibwa nacido en Montreal, es encarnado por Mickey Rourke. Da el pego. Aunque Rourke tiene un insoslayable añadido de cirujano loco un tanto extraño al matón protagonista. Un matón "puesto en vergüenza", recordemos, por Wayne Colson (Thomas Jane). Era inevitable, en todo caso, una adaptación al cine. No ya porque Elmore Leonard sea directo como un guionista, sino porque ha sido adaptadísimo. Su nombre (como novelista del original, o como guionista) se relaciona desde los inicios con películas de clásicos de los 50-60 como Richard Quine, Delmer Daves, John Sturges o John Frankenheimer. De ahí hasta los divos de los 90: Soderbergh y Tarantino. De ahí hasta la televisión por cable del nuevo milenio ('Justified', en FX).

Pero pasemos a la novela. Caminos que se cruzan en la página 69. El relato usa e intercala dos puntos de vista de dos parejas: los macarras y el matrimonio. El narrador se cuela en la mente de los personajes. Inadvertidamente, usa pedazos de monólogos interiores para construir una rápida descripción o para alterarnos un poco. No hay tiempo para nada. Diálogos bien templados. Cierto que nadie nos explica por qué se desencadenan muchas situaciones claves. Wayne Colson está en el despacho de un desconocido cuando entran los extorsionadores. Así de fácil. Tan fácil como endosar a Cary Grant el nombre de Kaplan, al principio de 'Con la muerte en los talones'.

La acción incierta, el incierto drama

Colson, entonces les ataca. ¿? A partir de entonces los tipos duros le quieren matar a toda costa. Esta venganza nada tiene de pasional, o verdadero orgullo. Hay algo arbitrario, cartón piedra en todo, aun admitiendo que se trate de locos. Por su parte, la policía resulta extraordinariamente ineficaz. La noche es entera de los malos. Campan. Elmore les da el poder total. Por suerte Colson es un aguerrido ferrallista (RAE: "Operario encargado de doblar y colocar convenientemente la varilla o el redondo de hierro para formar el esqueleto de una obra de hormigón armado"). También cazador de patos y ciervos de los espacios naturales de Michigan, entre los lagos Hurón y Saint Claire, frontera con Canadá (ahí se desarrolla 'Killshot'). FBI, programa de protección de testigos, la suegra que habla demasiado, la amenaza. Unas tensiones. Por otro lado: la crisis entre los ex presidiarios buscados por la ley, Donna la mujer ex funcionaria de prisiones que les acompaña y les toquetea, los coches, la vida itinerante.

Elmore Leonard "último grande de la novela americana" (por seguir usando texto editorial de Alianza) funciona en unas escenas de acción y en unos choques. Domina el ritmo, no hay duda. El resumen de su decálogo (tiene uno, circula por la Red) es no ser pelmazo. Pero todo queda aquí falso. Guiñol. Redactar la misma sinopsis de esta novela más allá de la página 69 es labor incierta. Funcionan los detalles: la corbata de pececillos del indio mestizo y el pendiente brillante del loco Nix, y los diálogos de Elvis con Donna. 'La huida', de Jim Thompson, cóctel de varias películas Coen… estas familiares carreteras…

Disquisiciones obligadas sobre la dureza

Pero lo cierto es que no se sabe a dónde nos lleva ésta. Después están las inevitables reflexiones de los duros sobre la dureza: "miraba como miran los hombres duros". Nunca está claro quién es, finalmente, duro o no. Pero, aunque se cambie de opinión, hay que sentenciar: "Un tío duro; los reconozco en cuanto los veo". El indio peligroso calibra al ferrallista como tipo duro. Un working class heroe que usa una "mezcla elaborada con orina pura de hembra de ciervo en el punto álgido de su ciclo menstrual" para cazar. Esto es duro, ¿no? Por su parte, desde el otro punto de vista de la narración, el ferrallista Wayne se pregunta por qué la han tomado con él. Sólo alcanza a decir, sin posible justificación sobre el indio Armand: "Da la impresión de que es así". Vagas impresiones. Aparte, tanta vida matrimonial (sin cambio, crisis ni fluctuación), tanto personaje (extras superfluos) no concede empaque alguno. Al revés, el lastre se hace más y más pesado. A la segunda mitad del relato le surgen escollos a mansalva.

Los editores de Alianza, aparte de pretender una cápsula del estilo del libro en el escrito de contraportada, quieren ofrecer un esbozo de sinopsis de esta persecución mortal. Dice: "son testigos indeseados de una extorsión. Pero además Wayne tampoco debería haber zurrado y puesto en vergüenza…". Cuando se terminan las 335 páginas al lector le persigue esta vaguedad general. Casi él tiene que montar la novela, excusarla. "¡Pero es que además…!". Como cuando uno pone pegas añadidas a una excusa que no es lo suficientemente sólida. Sólo el estilo de ligero caminante del clásico viviente Elmore Leonard. Bueno, hasta los más grandes poetas incurren en ripios.

Fuente de la noticia: El Mundo
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