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6 Julio 2011
Incluso 'Paracuellos', premiado en Angulema, conoció la resistencia de los editores, escépticos ante aquel sombrío relato de posguerra

Carlos Giménez es, indiscutiblemente, uno de los autores 'clásicos' del cómic español, con algunas obras, como 'Paracuellos', de repercusión internacional y que forman ya parte del canon de este medio. Pero el trabajo de Giménez no fue siempre objeto del reconocimiento que merecía e incluso hoy no todo son facilidades en el momento de publicar. Por ello es destacable la reedición que Debolsillo lleva a cabo de algunas de sus obras. Reediciones que nos invitan a perfilar su figura, muy presente en un mundo, el del cómic, en el que paradójicamente su autor ya no se reconoce. Un mundo, dice, "sin revistas y lleno de gente disfrazada."

Ficha técnica

  • Todo Paracuellos
    608 PÁGINAS
    17,90 EUROS

    Todo 36-39
    378 PÁGINAS
    14,95 EUROS

    Todo Los profesionales
    648 PÁGINAS
    19,95 EUROS

    Todo Barrio
    480 PÁGINAS
    16,95 EUROS

    Vólumenes editados por Debolsillo que recogen los diversos álbumes publicados anteriormente de cada serie.

    La mayoría de las obras más destacadas de Carlos Giménez se pueden encontrar también en álbumes editados originalmente por Editorial Glénat (www.edicionesglenat.es)

Si hay un autor que representa en este país la emancipación del cómic como medio, adulto en su contenido y ambicioso en su expresión narrativa, ese es Carlos Giménez. Pertenece a una generación de excelentes artistas que se curtieron en la década de los 60 trabajando para el extranjero y protagonizaron después, ya en los 80, un momento dulce para el medio en España, al que premonitoriamente llamamos boom del cómic. Pocos, sin embargo, arriesgaron tanto como él mientras duró el espejismo: en la selección de temas, en su desarrollo visual y hasta en las luchas reivindicativas por los derechos de autor. En su propia biografía encontró dos vetas que, además de inspirar sus páginas más celebradas, son hoy consideradas auténticas crónicas de nuestro tiempo; escenarios olvidados que son en sus páginas balcones desde los que contemplar, y completar, la historia con mayúscula.


Eso a lo que llamamos cómic adulto, rara vez se descubre cuando se es adulto. Uno llega desprendido de la costumbre o fiel a ella. Hay quien lee cómics y hay quien no. Y pocos cambian de bando, la verdad. Por eso puede ser ingrato escribir sobre él en un medio como este, en el que quienes no leen cómic –la inmensa mayoría– ya han pasado a estas alturas la página. Al resto, ¿cómo vamos a descubrirles a Carlos Giménez? Es un maestro en la profesión y, sobre todo, alguien a través de cuya obra hemos recorrido un largo camino en la consideración que los cómics han merecido en este país.


Su obra forma parte de aquel aire fresco que precedió a la democracia, ilustró con rabia los sinsabores de la transición y culminó en la era de la novela gráfica, los años 80, con su retorno a la posguerra en la autobiográfica Paracuellos. La historia de Carlos Giménez (1941), como puede leerse precisamente en ese título, es la de un chaval evadido en tebeos que crece decidido a dibujarlos, y al hacerlo crece también procurándose educación y sentido del compromiso. “A veces me ruborizo por decirlo, pero si amo los tebeos –explica Giménez– es porque de niño era lector de tebeos y quise desde entonces ser dibujante de tebeos. Estaba seguro de que si me lo proponía lo sería, y me imaginaba en Hollywood, con chófer y esas cosas...”


La suya es la generación que ha hecho crecer al cómic, porque han dibujado los cómics que les gustaría leer en cada momento. Fue la generación de José María Beá, Esteban Maroto, Luis García, Fernando Fernández, Enric Sió... protagonistas de una revolución en el cómic español que ensanchó el mero entretenimiento hacia nuevos horizontes estéticos y temáticos. Eso distingue esta generación de las anteriores, entre las que habían grandes dibujantes, como Jesús Blasco, pero que básicamente dibujaron pensando en el público infantil y juvenil. Quizás, como Giménez reconoce, no se ha ganado muy bien el jornal, pero se sabe reconocido con otro pago, el del aprecio y la admiración, el de los premios aquí y allí, el de verse inscrito en enciclopedias, calles y clases de historia, dibujo o escritura, que se ilustran hoy en los institutos con sus páginas: “No me he ganado la vida tan bien como para tener chófer, pero en cambio he llegado a sitios a los que ni se me ocurría que podría llegar. Claro que no es Hollywood, todo esto es infantería, soy de infantería... la aviación es otra cosa, pero agradezco los reconocimientos que esta infantería me ha dado. No es un jornal que te dé de comer, pero te ayuda respirar. Esta bien, muy bien.”


Es un reconocimiento, muchos lo ignoran, que le llega precisamente por obras realizadas a contrapelo, ante las que los editores en su tiempo fruncían el ceño, se recreaban en peros y auguraban desinterés por parte del lector. Giménez inició esa vía, la de exploraciones narrativas absorbentes, capaces de prescindir prácticamente del texto, en una serie de historias breves aprincipios de los 70, entre las que destaca El miserere, y a las que siguieron álbumes como Hom o Koolau el leproso. Son historias por las que se empeñó, literalmente, y en las que dejó años de documentación y trabajo metódico. Fueron excepción y vanguardia en el medio. “A veces me dicen, ‘tú has hecho siempre lo que quieres y encima te pagan’, como si a mí se me hubiese dado carta blanca. Y no es cierto, yo he hecho siempre cosas a  contracorriente y he vivido, en algunas épocas, muy mal. Ningún editor quería esas historias que mis colegas admiraban. Tuve que pedir dinero prestado o dibujar otras cosas para poder hacer lo que quería de verdad. Me sigue ocurriendo lo mismo. Para los editores siempre he sido un poco molesto, de los que alborotan, de los que piden cosas que otros no piden... Todo lo que he hecho en mi vida me ha costado mucho esfuerzo. Ahora, cuando veo que reeditan mi trabajo, me digo que ya es hora. Pero, ojo, reeditan lo viejo. Para publicar lo nuevo sigo teniendo tremendas dificultades.  Pero eso ha sido una constante en mi vida profesional. Tardé mucho, por ejemplo, en hacer Koolau el leproso, porque debía alternarla con otros trabajillos. Cuando conseguí publicarla, en la revista Totem, recuerdo que me pagaron poco más de lo que me habían costado las fotocopias que saqué de cada página.” Incluso Paracuellos, que le valió en el 2010 el Premio al Patrimonio en el Festival de Angulema, conoció la resistencia de los editores, escépticos ante el sombrío relato de posguerra en un tiempo en el que aún mandaba el canon de las publicaciones Warren: historias breves, autoconclusivas y con final sorprendente.


En cierto modo, su vida está impresa en sus páginas y, sorteando recursos y licencias, se puede imaginar perfectamente a partir de Paracuellos y Los profesionales. La primera, resuelta en seis partes dibujadas entre 1977 y 2003, cuenta su infancia en los hogares del Auxilio Social en la posguerra española. Es una obra que entiende como parte de un compromiso que todo autor debe tener y que podemos localizar, especialmente, en las obras que dedica a la historia de España, tanto a la Guerra Civil (Paracuellos y 36-39 Malos tiempos) como a la transición (España una, grande y libre). “En estos álbumes sobre la guerra de España, un conflicto entre fascistas y demócratas, por decirlo rápidamente, créanme, he hecho tremendos esfuerzos por ser objetivo, ¡objetivo!  Que nadie me pida que sea neutral ante el fascismo.”


En Los profesionales, Giménez recrea su llegada a Barcelona en la década de los 60 para trabajar en la agencia Selecciones Ilustradas (trastocada en Creaciones Ilustradas Filstrup Art). Esta segunda crónica, en la que se reúnen anécdotas reales de la profesión, se realizó entre 1982 y 1987 y alborotó considerablemente el mundillo por lo grueso de algunas historias, en las que muchos andan aún adjudicando identidades reales a los personajes. No existe, sin embargo, otro homenaje tan completo ni humano a la profesión.


Giménez trabaja en lo que considera un nuevo capítulo de la serie, este dedicado íntegramente a una persona, al dibujante e ilustrador Pepe González, célebre por las mujeres que dibujaba y, en particular, por una ilustración de Vampirella que creó escuela. “Yo pensaba hacer la biografía de un dibujante, pero tras reunir documentación sobre él, me he encontrado con un personaje, un artista, mayor del que pensaba, con unas peculiaridades y unas anécdotas que han hecho que esté completamente pillado por esta historia. La biografía de Pepe es la de nuestra profesión, la de mi generación, claro. Pepe nace, como artista profesional, cuando nace Selecciones Ilustradas y muere cuando muere Selecciones, vamos, su director Josep Toutain. Es un ciclo. Vuelvo, inevitablemente, a contar la historia de Toutain, las agencias y la profesión, pero no como en Los profesionales, que fue a base de anécdotas sobre lo locos que estábamos, sino como una crónica de lo que ha sido la profesión desde aquellos años 50 hasta este principio de milenio. Como soy un hombre muy ceñido a los hechos, quien quiera puede ver siempre la historia real que hay en estas crónicas del mundo que yo conocí, de esa Barcelona y esta profesión en aquel momento. El guión de Pepe está hecho, pero no se cómo voy a dibujarlo, no sé quién me va a pagar los tres años que necesito para tirarlo adelante.”


Otros proyectos, como la adaptación al cine de Paracuellos, parece que sí van a ser realidad. Daniel Sánchez-Arévalo dirigirá la cinta y, aunque Giménez ha dibujado storyboards en otras ocasiones (El  espinazo del diablo, Hable con ella), no está seguro de cuál será su papel en el proyecto. “Mi obra es el cómic y la suya será la película. Son dos cosas distintas y no sé si contarán conmigo para algo más, pero creo que en el cómic hay ya muchas decisiones tomadas, sobre planificación, vestuario, decorados... Otra cosa es que se desee hacer algo distinto. Estoy seguro, en cualquier caso, de que será una adaptación digna.”


Las reediciones de su obra, tanto las de Glénat como las de Debolsillo, han puesto su obra al alcance de una nueva generación de lectores, esta ya desvinculada del calendario al que aluden muchas de sus obras. Conectar con ellos le satisface pero no oculta su desconexión del entorno actual del cómic. “Cada vez me interesan menos cosas, pero las que me interesan, me interesan más, me dedico con más intensidada ellas. Respecto al comic, reconozco que, sin poder evitarlo, vuelvo a los tebeos de las tiras americanas, vuelvo a Frank Robbins o Dan Barry, que hacían comics estupendos, ni sociales ni políticos, claro que no, pero que tampoco iban de artistas, lo eran. Cuando quiero mirar y aprender, abro un libro de Frank Robbins y aprendo, cada día. Eso no meocurre cuando miro lo que se hace ahora. Tengo dificultades para enamorarme de los autores de ahora.”

Fuente de la noticia: La Vanguardia
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