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4 Julio 2011
El autor, que alcanzó un gran éxito con 'El sanador de caballos', presenta ahora 'El jinete del silencio' (Temas de hoy)

Primero hablo con Gonzalo Giner sobre la profesión. Sobre los veterinarios. Mi hija, por ejemplo, dice que quiere ser veterinaria. Y tengo algunos en la familia. Él es un enamorado de los animales ("trabajo con vacas, pero me apasionan los caballos", dice. Gonzalo Giner destila humildad y entusiasmo. Es un hombre grande, de sonrisa extraordinariamente cercana, apasionado de los personajes apasionados. Hizo un libro sobre la veterinaria en la Edad Media (El sanador de caballos) y fue tanto el éxito que todavía le sorprende. Sus lectores son legión.

A la pasión por la veterinaria une la pasión por la historia. Y fruto de todo eso, son sus libros. Ahora regresa con otro novelón impresionante, de muchísimas páginas, pero que se lee como si uno estuviera bebiendo agua. O un vino frío, de calidad. De nuevo vuelven los caballos, pero, como él mismo dice, ahora son ellos los que curan a la gente. El jinete del silencio se basa en algo bien conocido en el mundo de la medicina, desde hace años: el poder curativo de los caballos en algunos casos de autismo. La equinoterapia o hipoterapia. A Gonzalo Giner le pareció que este era un tema perfecto, lleno de emociones, y, cuando aún estaba presentando su anterior novela, se puso manos a la obra.

Creó el personaje de Yago, el protagonista: vemos cómo nace, en difíciles circunstancias, en pleno siglo XVI, hijo de una dama de compañía y un rico y corrupto comerciante, al servicio del rey. Porque esta novela discurre en el Renacimiento, cuando el caballo alcanza de pronto otro estatus, como el hombre, después de haber sido durante siglos fundamentalmente una bestia de carga, de guerra y de transporte. Ahora el caballo aparecerá rodeado de la aureola de belleza y nuevas formas de vida que trajo consigo el Renacimiento, en las clases altas, entre los nobles y los aristócratas. Al antropocentrismo le sigue un nueva forma de considerar a los caballos.

Gonzalo Giner se emocionó en su día mucho con El hombre que susurraba a los caballos, la película de Redford sobre la novela de Nicholas Evans, del mismo nombre. "Claro que la conozco", me dice. "¿Quién no?". Peor lo suyo es diferente. Lo suyo es una magnífica construcción en la atmósfera renacentista que va desde Jerez a Jamaica, y también a Nápoles, uno de los lugares en los que arte estalló como si fueran fuegos artificiales. Aquí vemos la crueldad de la guerra, la dureza de la conquista, la belleza y, en no pocas ocasiones, la crueldad. Yago se convierte en el gran protagonista que articula una novela de aventuras escrita a la manera clásica, como si estuviéramos ante una de esas obras por entregas que se hicieron tan famosas en la época victoriana.

"A pesar de todo, me sigo considerando veterinario antes que escritor", subraya. "Hablé de cómo se aprendía a ser veterinario en la Edad Media y descubrí que el caballo era un bien extraordinario, de tal forma que saber curarlo era muy importante. Ahora, en el Renacimiento se buscan otras cosas en el caballo. Se crea arte con él. Se fundan las escuelas de arte ecuestre. El caballo acompaña en los palacios (en Ferrara o en Padua se ven hornacinas con frescos dedicados a los equinos), en la doma, en el adoctrinamiento, en el perfeccionamiento de estos animales. Y todo eso tiene un paralelismo con la exploración de la belleza que empieza a experimentar el ser humano. Caballo y hombre viajan juntos hacia un tiempo nuevo", explica.

Le cuento que siempre hemos sentido a estos animales como los más bellos, hasta el punto de que la mitología los funde con los hombres, en el caso de los centauros. "El caballo ha unido comunidades muy lejanas, favoreció el comercio, trabajó el campo, fue correo. Justo en el Renacimiento, las escuelas de equitación (la primera se creó en Nápoles) van a cambiarlo todo. Viena, Bohemia, Francia, todos los países empiezan a apreciar a los caballos y a fundar estas escuelas. Dicen que el regalo que más apreció en su vida Enrique VIII fue una veintena de caballos cartujanos, que le había regalado Carlos V", narra, sin perder un ápice de entusiasmo. Pero la sobremesa avanza rápida. Doy sorbos a mi café, pero él casi no toca su agua, y eso que el calor empieza a apretar. Le hablo de que lo más importante, quizás, de su novela, resida en la energía emocional que se deriva del caballo. "Esta es una novela histórica, pero es una novela de personaje. Yago, el protagonista, tiene ciertas limitaciones, el síndrome de Asperger, pero él va a entender el mensaje del caballo, puede ver su alma. El protagonista se va a convertir también en un creador, porque le van a hacer un encargo. Y la belleza aparece en primer plano. Hice la novela como un homenaje a todas estas personas digamos, diferentes. Unir caballo, arte y los problemas de comunicación de una persona me emocionó. Yago me ha cambiado la vida, me atrapó mientras escribía. Es una sensación maravillosa", dice.

Giner logra que el lector alcance una familiaridad con la atmósfera del Renacimiento. No sólo es verosímil, sino que nos traslada con gran habilidad a las escenas domésticas, a la intrahistoria. "Uso la imaginación, no solo me documento. Pero lo que hago es meterme en la piel de la época, dejando respirar al lector. Documentar una novela no es lo más complicado. Basta con buscar las fuentes correctas. Lo difícil es sentirse dentro de la escena. En el Renacimiento ya existen muchas fuentes, y eso a veces complica las cosas. Pero el escenario de Jamaica me dio mucho trabajo, porque hay muy poco escrito sobre ella en el siglo XVI. Es la época en la que aparecen las primeras plantaciones, el uso de los esclavos... Lo de Nápoles es diferente: bajo el virreinato de Álvarez de Toledo, se convierte en la segunda ciudad de Europa, después de París, y fue uno de los centros del mundo en aquellos días. Y allí aparece Pignatelli, que decide hacer bailar a los caballos", concluye.

Fuente de la noticia: El Correo Gallego
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