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17 Junio 2011
Título: Una temporada para silbar. Autor: Ivan Doig. Traducción: Juan Tafur

"No cocina, pero tampoco muerde". Así comienza el anuncio en el que Rose Llewellyn, una viuda de "buenas costumbres y disposición excepcional", se ofrece en el otoño de 1909 como ama de llaves; la frase capta de inmediato la atención de Oliver Milliron, un viudo con tres hijos y poca maña en las tareas domésticas, que la contrata para poner un poco de orden en su casa de Marias Coulee, Montana.

Y así comienza también la inolvidable temporada que Rose y su hermano Morris, un dandi sabelotodo, pasarán en este pueblo de granjeros. Cuando la maestra local se escapa con un predicador, Morris se verá obligado a aceptar su puesto; sus particulares métodos de enseñanza marcarán para siempre a los jóvenes alumnos de la escuela rural. Ni ellos ni la familia Milliron ni el pueblo de Marias Coulee volverán a ser los mismos tras la llegada de Rose y Morris.

Ivan Doig está considerado como uno de los mejores cronistas contemporáneos del Oeste americano, alumno aventajado de autores como Wallace Stegner o Norman Maclean. Una temporada para silbar es una de sus mejores novelas, fruto de su particular manera de entender la vida y la imponente naturaleza de Montana.

«Una historia memorable, ambientada a principios de siglo, pero contemporánea en sus temas y universal en su percepción del corazón humano.» The Seattle Times

«Un puñado de personajes irresistibles, todos tan llenos de coraje, ingenio, ambición o malas pulgas que ninguno de ellos dormitará en estas páginas o descansará un segundo.» Los Angeles Times Book Review

 

1

Cuando vuelvo a visitar los rincones de mi vida, las cosas más nimias me asaltan. El mantel de hule con cuadros blancos y molinos de viento azules, las manchas descoloridas en nuestros cuatro gastados lugares en la mesa. Ese café acre de papá, tan cargado que casi andaba, y que él bebía a sorbos después de la cena para dormir después, sereno como una esfinge. El fastidio inexcusable del viento que soplaba en Marias Coulee, silbando por una rendija, como si lo hubieran invitado a entrar.

Esa noche estábamos sentados a la mesa en nuestros sitios de siempre. Toby se afanaba en colorear una batalla de barcos piratas, yo hacía los deberes y Damon, en vez de hacer los suyos, estaba absorto en un misterioso juego inventado por él mismo: un solitario de dominó. El roce ocasional de una hoja del periódico presidía la cabecera de la mesa. Papá recorría con el dedo la columna de anuncios clasificados, casi siempre inútiles, de la Westwater Gazette, que nos llegaba cada semana en un saco de arpillera con el correo y las provisiones. Buscaba un par de formidables caballos de faena a bajo precio y se detenía aquí y allá en algún encabezado peculiar. Aun hoy recuerdo el regocijo que le causaron las líneas tipografiadas. Papá se reía a trompicones, como si fuera a estornudar, como si las cosas graciosas primero tuvieran que hacerle gracia a su nariz.

Levanté la vista de la lección de geografía y vi aproximarse el periódico hacia mí. Papá mantenía el pulgar contra el encabezado como un zahorí se aferra a su varita cuando encuentra agua.

-Échale un vistazo a esto, Paul. Léenoslo.

Lo leí, y Damon y Toby hicieron un alto en lo que andaban haciendo para asimilar aquellas cinco palabras. Eran tan simples como confusas:

NO COCINA, PERO NO MUERDE

En casa nunca estábamos de humor para bromear sobre la cocina. Sin embargo, papá nos miró de lo más complacido y me indicó que continuara leyendo.

Fuente de la noticia: El Boomeran(g)
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