generico informar a su mdico acerca de los remedios a base de hierbas, vitaminas y aditivos si se da el caso.
5 Marzo 2011
Trad. Eduardo Mallorquí. Debolsillo, Barcelona, 2011. 202 pp. 7,95 €

Por lo usual, se espera del crítico literario que ceda el protagonismo al texto sobre el que va a hablar y se mantenga fríamente aparte, escudándose en una apariencia de objetividad que, de ese modo, convierta su dictamen en una especie de juicio divino. No va a ser éste el caso; de entrada porque en realidad soy un falsario, un escritor disfrazado de crítico, pero sobre todo porque existe una intensa vinculación sentimental entre Valor de ley y yo.


Le ruego al lector que eche un vistazo al nombre del traductor de la novela y luego el del perpetrador de esta crítica. “Mallorquí” no es un apellido frecuente; Eduardo era (murió hace 10 años) mi hermano. Tradujo Valor de ley, de Charles Portis, a finales del 69 y Bruguera la publicó al año siguiente con el subtítulo de Mattie. Nada más editarse, mi hermano me prestó un ejemplar y me recomendó que la leyese. Lo hice y me gustó. Yo tenía 17 años. Poco después, Henry Hathaway estrenó una película basada en el texto de Portis que le consiguió a su protagonista, John Wayne, el único Oscar de su dilatada carrera. Vi la película con mi padre, José Mallorquí; a ambos nos gustó.


Mucho después, a lo largo de los años, volví a ver (en TV) el film de Hathaway dos o tres veces, y ocurrió algo curioso: cuanto más lo veía, más me gustaba, hasta que acabó convirtiéndose en uno de mis westerns favoritos. Y, al mismo tiempo, más se diluía en mi memoria la novela. Recientemente, los hermanos Coen han vuelto a versionar Valor de ley y, aprovechando la ocasión, Random House ha reeditado la novela, y la traducción de Eduardo, bajo el sello Debolsillo. La compré nada más verla e, impulsado por la nostalgia, la leí en un par de días; aunque tenía miedo, lo reconozco, porque con frecuencia novelas que me entusiasmaron en mi juventud acabaron defraudándome en una posterior relectura.
Y así ha sido, en cierto modo. Valor de ley, de Charles Portis, no es una novela tan buena como yo recordaba. Es infinitamente mejor.
Valor de ley es un western de planteamiento clásico, pero también muchas otras cosas. Su argumento no puede ser más sencillo. Estamos en Arkansas, en 1870; el ranchero Frank Ross viaja a Fort Smith para comprar una partida de caballos y allí es asesinado por Tom Chaney, uno de sus empleados. Chaney huye a territorio indio y se une a una banda de forajidos. Días después, Mattie, la hija de Ross, una muchacha de catorce años, llega al pueblo para hacerse cargo del cadáver de su padre. Pero Mattie no es una adolescente cualquiera, sino la chica más testaruda, resuelta y autosuficiente del mundo. Así que Mattie, decidida a vengar a su padre, contrata a Rooster Cogburn, un viejo comisario, tuerto, tosco, borracho e implacable, para perseguir a Chaney y capturarlo. A ellos se les une La Boeuf, un Ranger de Texas que persigue a Chaney por el asesinato de un senador. Juntos se internan en territorio salvaje e inician un periplo jalonado de violencia y muerte.
¿La tópica historia de persecución y venganza? Puede ser, pero ahí acaban los tópicos. La novela está narrada en primera persona por Mattie muchos años después de los acontecimientos que relata. Es decir, el universo tradicionalmente atiborrado de testosterona del western está contemplado desde un punto de vista femenino, lo cual hace que las constantes del género nos parezcan sutilmente distintas. Podría objetarse que Mattie no es una chica normal, incluso que resulta un poco masculina, pero no es así. Mattie es una mujer, pero también una pionera, y las pioneras, más allá del, en el fondo machista, estereotipo femenino, eran mujeres fuertes como rocas que se jugaban la vida para conseguir un mundo más civilizado. Eso es Mattie: una roca.
Dado que el argumento de Valor de ley es muy leve, Portis dedica gran parte del texto a retratar a los personajes. Y no sólo a Mattie y Cogburn, los protagonistas, sino también a los secundarios, desde el presuntuoso, pero en el fondo entrañable, La Boeuf, hasta el Coronel Stonehill, un deliciosamente pesimista tratante de caballos. Cabe resaltar el modo en que crece la figura de Cogburn, que de entrada parece un personaje de una pieza, pero acaba convirtiéndose en un fascinante ser humano lleno de matices y contradicciones.
La novela está narrada con un soterrado sentido del humor que recuerda al mejor Mark Twain. De hecho, más de una vez se ha comparado a Mattie con Huckleberry Finn, aunque en realidad se trata de personajes opuestos. No obstante, al igual que ocurre en la obra de Twain, Valor de ley relata un viaje iniciático que se adentra en las raíces primarias de la historia y la cultura norteamericanas. Y también habla del final de la inocencia, del bien y del mal, y del demoledor paso del tiempo.


Los géneros literarios se centran en las diferentes facetas de lo humano. El mejor thriller se adentra en los rincones sórdidos de la sociedad; la mejor ciencia ficción especula sobre el cambio y sus consecuencias; y el mejor western explora la frontera entre la vida civilizada y la vida natural. En Valor de ley, Mattie representa el orden y la civilización, y Cogburn la existencia libre y salvaje. Al final, ambos se necesitan; Mattie precisa a hombres como Cogburn para cimentar el orden que tanto anhela, y Cogburn necesita a Mattie para descansar en la vejez o, al menos, para contar con una tumba donde pasar la eternidad.
Escribo esta crítica al día siguiente de la entrega de los Oscar. Pese a sus diez candidaturas, Valor de ley, la película de los Coen, no ha obtenido ninguna estatuilla. Es injusto; se trata de una gran película, muy superior a El discurso del rey. Y hay algo que quizá el lector desconozca: todo lo que aparece en el film, argumento, situaciones, personajes, diálogos, hasta el más pequeño de los detalles, todo sin excepción está en la novela. En cualquier caso, supongo que los académicos habrán pensado que Valor de ley “sólo” es un western y por eso han decidido premiar a un film aparentemente más serio y trascendente, aunque en realidad se trata de un producto mucho más liviano, un mero artefacto fílmico diseñado para acaparar premios.
Y me temo que algo parecido suceda con quienes lean esta crítica. A fin de cuentas, Valor de ley es un western, ¿no? Una novela de género y, además, de un género que ya todo el mundo da por muerto y enterrado. ¿Para qué perder el tiempo con algo así cuando se pueden leer obras realmente enriquecedoras? Estoy seguro de que Valor de ley pasará inadvertida, que ni siquiera aquellos que tilden la película de los Coen de obra maestra se molestarán en visitar el magistral texto en que se basa. Estoy seguro de que Valor de ley no será candidata a los Premios Tormenta, porque casi ninguno de los colaboradores de este blog la leerá. Pero también estoy seguro de otra cosa: dentro de cien años, cuando la mayor parte de los libros que aquí se ensalzan no sean más que polvo acumulado, Valor de ley, de Charles Portis, seguirá siendo un clásico de la literatura norteamericana del siglo XX.
Ah, en cuanto a la traducción de mi hermano: impecable.

Fuente de la noticia: La tormenta en un vaso
PREMIOS LITERARIOS POR ORDEN ALFABETICO
LOS MAS VENDIDOS FICCIÓN // NO FICCIÓN
Desarrollada x Serlib Internet