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11 Febrero 2011

Trad. Pilar Adón. Impedimenta, Madrid, 2010. 320 pp. 21,95 €

“¿Dónde comienza la ficción y termina la realidad?”, se preguntó Miguel Caine un 11 de septiembre de 2010 en uno de los puntos más sensitivos de Gijón (puede que en el Elogio del Horizonte, puede que en un apartamento del barrio nuevo) cuando se dispuso a escribir el prólogo que la Editorial Impedimenta le había encargado sobre la novela más famosa de Joan Lindsay (Weigall de soltera). Antes, o después, Pilar Adón había traducido el texto al castellano, pero eso no facilitaba ni empeoraba las cosas: simplemente dejaba un maravilloso vacío de interpretación que Miguel Cane y cualquier lector que se acercara a Picnic en Hanging Rock debería asumir. La autora del libro había pertenecido a una de las familias artísticas más importantes de toda Australia y, como buena lugareña, conocía a la perfección (aunque fuera de oídas) la espesura de la naturaleza australiana y el hecho que le sirvió como punto de partida para construir una novela de suspense desde la que juzgar con fina ironía y desprecio la mediocridad con la que el ser humano (y la sociedad en su conjunto) suele afrontar la catástrofe.
Efectivamente, en 1900 desaparecieron varias alumnas y una institutriz del colegio Appleyard para señoritas durante un picnic que celebraron en la escarpada Hanging Rock. Sólo volvió una, pero el impacto emocional sufrido en dicha experiencia le impidió recordar nada de lo ocurrido. “Éste es el punto de partida”, pensó seguramente Miguel Cane, “el mismo punto del que partieron las protagonistas del suceso, la policía de investigación, la gente de aquella época y de aquel lugar, la escritora que tuvo la valentía de novelar un hecho tan cercano, los diversos lectores o chismosos que se han acercado a esta historia durante más de cien años” y, por supuesto, él mismo, quien se atrevía un siglo después a discernir qué había de verdad y qué de mentira en la novela de Joan Lindsay (Weigall de soltera).
Lo curioso, si se detenía uno un momento, es que el argumento de lo sucedido se podía resumir en cuatro líneas. Lo maravilloso, si se ponía uno a reflexionar, es que la autora estiró y llenó a la perfección las pausas y vacíos que había entre las palabras de la sinopsis ya enunciada. Entre palabra y palabra un vacío y ahí, en cada uno de ellos, entró Joan Lindsay (Weigall de soltera) y su labor como escritora: la incipiente inquietud que siente una de las profesoras cuando ve que cuatro alumnas y una compañera de trabajo no vuelven; la confirmación de la tragedia; la conmoción sufrida por el resto de alumnas al conocer la noticia; las negras sombras que pasean delante de los ojos de la directora del colegio, la Señora Appleyard, al saberse arruinada en su negocio si el caso no se resuelve pronto; las turbias sombras que suceden a las anteriores al caer en la cuenta la misma Señora Appleyard de que, para colmo, quienes han desaparecido son sus mejores alumnas, las más aptas, las que tenían más futuro, en lugar de las más mediocres (“¿por qué no tuvo que ser Edith la que desapareciera?”); el revuelo formado entre los habitantes de la zona, quienes por una parte no saben nada de aquellas niñas tan selectas y con una educación tan elitista y diferente a la suya, pero por otra parte las sienten como hijas sólo cuando saben que simplemente “alguien” ha desaparecido. Para aquel entonces la histeria colectiva estaba más que asentada.
Respecto a estos comportamientos, la autora se moja, toma partido, ya no sobre lo que ha ocurrido sino sobre las distintas reacciones del vulgo (quien de uno en uno es maravilloso pero cuando se junta es estúpido) y por eso gusta, por eso fascina: «Como siempre sucede con los asuntos de interés humano, aquellos que carecían de información eran los más enfáticos a la hora de expresar sus opiniones». Ya se sabe lo que pasa con estas cosas. Todo el mundo desconocía pero intuía, todo el mundo opinaba, y entre tanto, “la trama del picnic continuaba ensombreciéndolo todo”. Cuanto más hablaban, menos se sabía del asunto. Cuánto más se buscaba, menos posibilidades de encontrar a las desaparecidas había. En otras ocasiones, a Joan Lindsay (Weigall de soltera) le dio por pensar mal y acertar: “Hay personas capaces de hallar consuelo en el hecho de ser los primeros en dar las malas noticias”; nadie que no conozca muy bien la psicología humana y nadie que no conozca muy bien sus propias maldades puede afirmar esto.
Seguramente, y sin haber llegado al final de la novela, Miguel Cane olvidó en algún momento el propósito del prólogo, que era saber dónde empezaba la ficción y dónde la realidad. Lo importante era que todo lo que está dentro de Picnic en Hanging Rock pudo ser verdad. Nombres como la señorita McCraw, Mike, Albert, Miranda, Rosamund, el agente Bumpher, espacios como el colegio o el mismo claro desde el que se puede ver merendando la inmensa roca, costumbres, estilos de vida, aspiraciones o comportamientos, se pueden rastrear fácilmente en una biblioteca pero, una vez confirmados con la realidad, no nos van a decir nada. Sin una cara que sufra dicha pérdida, sin un joven que por propia voluntad decida iniciar una operación de rescate, sin directoras que maldigan la pérdida económica que supone perder literalmente a una alumna, sin gente que hable de la gente, no puede existir la ficción.
Quizás por ello, quien más pena nos da finalmente no son las desaparecidas sino la Señora Appleyard, quien, a pesar de sus miserias, es la que tiene más que perder a partir de entonces. Ya era consciente de ello en los primeros capítulos, cuando consolaba a la única de las dos profesoras que llegó sana y salva de la fatídica excursión: «Por cierto, mi querida señorita, espero que no sea usted tan insensata como para culparse por lo sucedido en este desgraciado asunto. Sabe perfectamente que todo esto podría terminar siendo una tormenta en un vaso de agua.» Miguel Cane, seguramente, también lo sabía.
Fuente de la noticia: La tormenta en un vaso
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