generico informar a su mdico acerca de los remedios a base de hierbas, vitaminas y aditivos si se da el caso.
16 Diciembre 2010
Título: Crimen. Autor: Stéphane Giocanti

Ray Lennox es un joven e inteligente inspector de la policía de Edimburgo que ha resuelto un atroz caso de asesinato. La muerta era una niña de siete años, y el culpable, un asesino en serie por cuyos crímenes anteriores habían sido encarcelados varios pringados más o menos inocentes. Todo ha terminado ya, Lennox ha hecho un excelente trabajo, y ha sido recompensado con unas vacaciones. Que debe tomarse quiera o no, puesto que su desesperada, obsesiva implicación en el caso -que lo remite a un secreto episodio de su pasado- y su depresión posterior, han hecho que sus superiores decidan alejarlo por un tiempo, hasta que se recupere. Lennox viaja con su novia Trudi a Miami, se olvida de la cocaína y el alcohol de los que había abusado en los últimos tiempos, e intenta volver a la normalidad tomando antidepresivos como si fueran caramelos. Trudi es guapa, joven, y se aman, pero comienzan a tener problemas sexuales -puede que por los antidepresivos-, y sociales -ella está demasiado ocupada planeando su boda-. Y tras una discusión, Roy va a un bar, y tras beber bastante vodka en soledad, se le acercan dos mujeres, Starry y Robyn, con cocaína y muchas ganas de fiesta.

Los tres acaban en el piso de Robyn, y cuando están en plena juerga, entre juegos eróticos y nubes de polvos blancos -e intentando no despertar a Tianna, la hija de Robyn, que duerme en su habitación-, llegan al piso dos amigos de las mujeres y se unen a la fiesta. Uno de ellos desaparece muy pronto y reaparecerá en en el cuarto y la cama de la niña, que grita desesperada . Y a la mañana siguiente, tras una brutal pelea, el desbande y la desaparición de la madre, Lennox, que había acabado encerrado con Tianna en la habitación de ella para protegerla, se encontrará a cargo de una precoz lolita de diez años, al parecer amenazada por una oscura, poderosa red de pedófilos. Y para salvarla, el detective no tendrá otra salida que enfrentarse a su propia vida y a los fantasmas del pasado, y actuar en el lado más oscuro de esa América a la que había llegado como turista.

«Con Irvine Welsh, nunca sabes con qué vas a encontrarte, además de su inteligencia, que está garantizada. Pero Crimen, y a sus fan les alegrará saberlo, es un triunfo, uno de sus grandes libros. Una inmersión meditada y valiente en las redes de pedófilos y en las mentes que las mueven. Podría haber caído en el puro morbo, en el amarillismo, o deslizarse hacia la moralina, pero tiene el tono justo, y es vigorosa, veraz, irresistible. Crimen no está destinado a ser un libro de culto. Es mucho mejor, y más que eso» Euan Ferguson, The Observer.

«La mejor novela de Welsh en una década, una combinación de realismo negro, sátira y agudeza psicológica imposible de imitar. Y, como siempre, el autor no ofrece respuestas fáciles en esta obra compleja, perturbadora, espléndida» Publishers Weekly.

«Welsh es uno de nuestros grandes conocedores de la depravación, un sabio de la escoria, que excava y saca a la luz nuestras obsesiones más oscuras... Crimen es una novela ambiciosa, seria, inquietante y compasiva al mismo tiempo» Nathaniel Rich, The New York Times Book Review.

«El gran escritor de la cultura de la droga, que debutó con dos yonquis mirando un vídeo de Van Damme, se interna en el terreno de la novela policíaca de masas, y escribe un libro digno de figurar junto a los más grandes del género en las librerías de los aeropuertos. Es evidente que Welsh aún tiene grandes reservas de subversión en él» Bret McCabe, Baltimore City Paper.

 

Preludio

LA TORMENTA

Quería decirle a mamá que aquel tipo era mala gente. Igual que el otro, el de su pueblo, Mobile, y que el hijo de puta aquel de Jacksonville. Pero mamá, que se estaba pintando los ojos ante el espejo, la mandó callar y comprobar que todas las contraventanas estaban cerradas, porque habían dicho que aquella noche llegaría una tormenta procedente del noreste.

La niña se acercó a la ventana y se asomó. Todo estaba en calma. El disco luminoso de la luna lanzaba al interior del apartamento una luz azulada quebrada sólo por las ramas del roble muerto del jardín, que proyectaba unas afiladas sombras varicosas que trepaban por las paredes, oscuras y animadas. Mientras corría el cerrojo para cerrar la barrera de listones de madera, retiró estratégicamente la mano, acordándose de dolores de dedos pasados e imaginándosela como un ratón avispado robando queso de una ratonera. Después se fijó en la vacua expresión del rostro de su madre en el espejo. Antes le gustaba ver a mamá arreglarse y ponerse guapa, verla concentrarse a fondo con aquel cepillito y oscurecer sus enormes pestañas.

Pero ahora no. Notó una sensación de amargura en el estómago.

«No salgas esta noche», le pidió la niña en voz baja, a medias entre un deseo y una súplica.

Su madre sacó por un instante una lengüecita rosa y humedeció el lápiz de ojos. «Por mí no te preocupes, cielo, no me va a pasar nada.» En ese instante se oyó en la calle la bocina de un coche y saltó el termostato, poniendo en marcha el aire acondicionado y enfriando la habitación. Las dos sabían que era él.

«Menos mal que este apartamento tiene persianas», dijo mamá mientras se levantaba y cogía el bolso de la mesa. Tras besar a su hija en la cabeza, se apartó y miró seriamente a la niña con sus grandes ojos pintados. «Acuérdate: métete en la cama antes de las once. Seguro que a esa hora ya habré vuelto, pero si me retrasara quiero encontrarte dormida, señorita.»

Y, dicho eso, desapareció.

La niña sabía que durante algún tiempo podría contar con que el pozo de luz de la pantalla del televisor bañaría con su luz suave y turbia todo lo que había dentro de su radio, garantizando su seguridad. Pero era consciente de que fuera del haz de luz algo acechaba, aproximándose cada vez más.

Fuente de la noticia: El Boomeran(g)
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