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15 Septiembre 2010
La autora comienza la publicación de sus «Episodios de una guerra interminable», seis novelas sobre la contienda civil y la posguerra. «Inés y la alegría» es la primera de ellas
Año 72, 73, quizá. Todavía crecíamos en la oscura presencia de su risa. En aquel tiempo feliz, según dijeron luego, en una cocina madrileña, los ojos de una niña de doce años se embeben con el «Hola». Entre princesas y riquísimos, la niña sorprende a una mulata, fotografiada en chándal y con un turbante de felpa. La niña se llama Almudena y le pregunta a su madre por esa negra, que qué hace en el «Hola». «Es muy famosa, es una cantante, tu abuela la vio bailar desnuda, aquí en Madrid». Esa niña, que se llama Almudena, y se apellida Grandes, se dio entonces de bruces con un pasado desconocido, con abuelos que vivían en otro tiempo, y parecía que en otro lugar. Allí nació el interés de la niña, que luego se hizo escritora, por la historia y por la extraña memoria de su país.

Más de treinta años después, Almudena Grandes sigue tirando del hilo de esa memoria. Sus próximas seis novelas siguen devanando la madeja de la Guerra Civil y sus consecuencias, bajo el título genérico de «Episodios de una guerra interminable». «Inés y la alegría» (Ed. Tusquets) es la primera, subtitulada «El ejército de la Unión Nacional Española y la invasión del Valle de Arán, Pirineo de Lérida, 19-27 de octubre de 1944», basada, como todo el conjunto, en aspectos prácticamente desconocidos entre la mayoría de los españoles.
Desde aquellos años 70, la historia de España nunca salió de la vida de Almudena Grandes, pero al escribir «El corazón helado» se enganchó definitiva y casi absolutamente a ese tren, el tren del «problema de España». «Llevo ocho años sin parar de leer sobre ello, me ha obsesionado tanto que parezco Unamuno —dice la novelista—. Fue así como encontré esta serie de historias. Incluso, esta primera la quise convertir en una película, estuve año y medio escribiendo y reescribiendo el guión, pero no era viable; habría acabado convertida en una película larguísima y carísima».
Episodios, sí, a la galdosiana manera. Porque el interés de la escritora por don Benito viene de antiguo, de aquellas ediciones de Aguilar de tapa roja y letras doradas que Almudena comenzó a devorar con quince años, pasión refrendada por el «Díptico español» («Esta España viva y siempre noble que Galdós en sus libros ha creado...») que Luis Cernuda dedicara al autor canario, poema que encabeza cada novela. «Pensé inmediatamente en él, sabiendo que aparte de mis propias limitaciones me enfrentaba a otras limitaciones. Él contaba con grandes batallas, yo no tengo grandes batallas que contar. En las de don Benito, incluso, los suyos vencían alguna vez, en las mías no».
No habrá penas ni olvido

Galdós edificó la casa de la identidad nacional española («eso está muy por encima de mis capacidades»). Almudena Grandes se conforma con realizar «el rescate de una serie de hechos desconocidos y un modo de vida, de lucha y coraje determinados, los de un país, España, donde durante 37 años de dictadura, la resistencia no cesó ni un solo día. El olvido de aquella lucha es un gran déficit de la democracia española».

La Guerra, otra vez la Guerra, dirán algunos. Un conflicto que a muchos (los adolescentes de la Transición, mayormente) nos hace no abrir un libro, no ver un documental en la tele, huir de las películas con miliciano o falangista dentro. Almudena Grandes lo vive de otra manera. «Depende del grado de implicación que uno haya tenido. Tengo un amigo que solo lee sobre la II Guerra Mundial porque dice que allí al menos va con los que ganan. Yo ya tengo callo por esta obsesión mía por la Guerra Civil. Estoy tan acostumbrada a leer atrocidades que casi parece que me afectan menos, pero siempre hay momentos llenos de una sensación de amargura y de derrota. Yo he tenido que llegar a un pacto conmigo misma, tengo que mirar aquello con cierta perspectiva y distancia; si no, no podría escribir. Y eso vale para los dos bandos. Por supuesto que me puede enternecer un falangista, por supuesto...».

¿Y el lector, no estará saturado de guerracivilismo? «Los que están quemados son ciertos puntos de vista, que si el terror rojo, que si los señoritos asesinos, pero hay otro montón de puntos de vista posibles. Un narrador capaz de ponerse dos milímetros de puntillas y mirar por encima de la versión oficial encontrará un filón de historias, de héroes, villanos, lealtades, traiciones, grandezas, miserias... Es nuestra épica, y no tenemos otra. Incluso con final feliz, porque la mayoría de los personajes de estas novelas sobrevivirán a la Dictadura y a Franco, el único final feliz al que ellos y yo podíamos aspirar».
Fuente de la noticia: ABC
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