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17 Junio 2010
«En las manos de nuestros niños, el sombrero y el río vuelven a cobrar la importancia que la ficción les pide. Los elementos se amansan y se ensalzan y sobre todo se adaptan a las verdaderas necesidades de la representación. La historia se termina y la ficción comienza. Sin enfrentamiento alguno.  La escritura ni roba ni exige, sencillamente emplea aquello que le es útil. Sin establecer un conflicto. La historia se sabe a salvo de la ficción porque ya ha sucedido plenamente. La ficción no debe nada a nadie porque aún está por suceder.

Y es por eso, que el sombrero flota en el río.

En cualquier caso sobre el río de Mark Twain flota el sombrero de Samuel Beckett, o eso imagino, señalando entre uno y otro, Sombrero y Mississippi, dos parámetros en la escritura, o eso parece.

La idea de cruzar la distancia que separa el Mississippi del sombrero, responde al deseo infantil de pasar una vez más los dedos por el relieve de los mapas. Cualquier aproximación al juego de la escritura debería devolvernos a la intuición de paisajes aún no conocidos, con todos los márgenes de libertad que sea posible idear, como el paseo impreciso de quienes de niños seguían el curso de las latas pateadas con descuido» Ray Loriga.

«Ray Loriga escribe como un hijo bastardo post-existencialista de Camus e, incluso, de Emmanuel Bove» Barry Gifford.

«Loriga se une a este selecto grupo de escritores -como Houellebecq y Haruki Murakami- que están transformando la ficción del siglo xxi» The Big Issue.

 

PÁGINAS DEL LIBRO

 

Ningún sirviente dejó nunca su servicio
si merecía seguir en él.
MARK TWAIN

No ideas, sino en las cosas.
WILLIAMS CARLOS WILLIAMS

 

Si fuese posible distinguir entre lo que se debe escribir y lo que no, estaríamos ante el oficio más sencillo del mundo. Nos ahorraríamos para empezar toda la hueca palabrería que entorpece casi todos nuestros empeños, seríamos económicos y precisos. Concretos y exactos. Seríamos capaces por fin y al principio (extraña paradoja), de despreciar el adorno. Estaríamos ya y sin apenas pretenderlo ante el resultado aun no merecido de un esfuerzo que no se ha hecho todavía. Seríamos artistas sin siquiera haberlo intentado. Una proposición imposible, se mire por donde se mire.

Cuando Heinrich von Kleist nos habla de la salida del paraíso, una vergüenza que a todos nos atañe, señala con razón que no nos queda otra posibilidad, que «... dar la vuelta al mundo para ver si por la parte de atrás, en algún lugar, el paraíso ha vuelto a abrirse». Es difícil pensar que ninguna escritura encuentre ese atajo milagroso que lleva directamente al resultado eludiendo el conflicto principal, tan difícil como pensar que exista un paraíso para aquellos que no han encontrado aún la necesidad de un paraíso. Si existiera ese atajo (y las razones que lo sustentan), ese lugar precioso estaría ya despojado de aquello que estorba, sería un camino limpio, una cuenta exacta de los mejores de nuestros pasos, esa hilera de huellas que Antón Chéjov parece reproducir entre una lograda y muy sofisticada apariencia de naturalidad. Un destino falsamente seguro y falsamente propio. Una mentira engañosamente perfecta. Con los dioses sin los dioses, citando de memoria lo que creo haber aprendido de Friedrich Hölderlin.

Ese puente, en cualquier caso, habría sido cruzado por un talento que no nos pertenece del todo (el de los dioses, o el de aquellos que supieron encontrar su lugar tras los dioses), y por una escritura que no es la nuestra.

Nuestro adorno no tendría mucha gloria en esa causa.

Nuestro adorno será por tanto todavía necesario en esta otra tierra que los dioses envidian («Tierra, la de amplio esternón, asiento firme de todos», según nos la describe el poeta Hesíodo), y será, sobre todo, la manera en la que podemos acercarnos en nuestra capacidad al destino escogido.

El adorno es, contra el destino, la demora de nuestra llegada, o lo que viene a ser lo mismo, nuestra mera presencia.

Hesíodo nos demuestra que los dioses nos han usurpado la acción, que su movimiento nos precede, por eso Heidegger condena al poeta a una voluntad ajena a la acción y muy cercana por fin a las habilidades de los hombres: la poesía.

La voluntad que comanda Hölderlin y aquella que Heidegger sigue al pie de nuestra letra nos lleva a alejarnos de las causas mayores que ya nos han sido robadas (por los dioses) y a ejercer nuestra única habilidad (poética), entre el incierto pero firme destino de nuestras cosas.

Fuente de la noticia: El boomeran(g)
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