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4 Junio 2010

Roma, la ciudad que se añora a sí misma, la ciudad en la que todavía se vislumbran escenas que deberían ser en blanco y negro, retratada  magistralmente por un autor que ya nos regaló sus estupendas visiones de Londres y Nueva York.

Roma es una ciudad de ciudades, la ciudad eterna, que cambia y evoluciona para seguir siendo ella misma . Una urbe trepidante caótica y al mismo tiempo impregnada de la pausada melancolía de un pasado de piedras milenarias; una capital en la que abundan los lugares y los instantes mágicos.

Este libro no es una guía turística ni un compendio de tópicos, sino un recorrido personal por una Roma fascinante, en ocasiones secreta. En sus páginas encontrará el lector una sucesión de historias, personajes, momentos y escenarios romanos: los gatos, las pinturas del Caravaggio, la casa y la tumba del poeta Keats, la rica cocina de la casquería romana, la mejor pizzería de la ciudad, el lugar en el que tomarse el mejor café del mundo, la burocracia, Alberto Sordi, la calle en la que apareció el cadáver de Aldo Moro, la historia de un marqués perverso, mirón, asesino y suicida, el periplo de un paquete que recorre medio mundo y vuelve a Roma gracias al ineficaz servicio de correos, los papas, Berlusconi y sus emisarios, una iglesia en la que nadie quiere casarse, las fórmulas de cortesía romanas, el fútbol, las mammas, las conspiraciones masónicas, el sastre de los papas, las barberías, los palazzos, las vírgenes, los santos y los milagros, la cúpula de San Pedro entre la neblina...

 

I

En casa, es decir, en Palazzo Massimo, teníamos capilla. Y campanario. Eso me impresionaba. Me hacía sentir importante, como un cardenal o un torero. Cada 16 de marzo sonaban las campanas para conmemorar un milagro ocurrido tiempo atrás en el palacio. El de Palazzo Massimo, conviene subrayarlo de antemano, fue un milagro extraordinariamente sutil. El 16 de marzo de 1583, en una de las estancias, murió el joven Paolo Massimo. La familia fue a buscar a Felipe Neri, al que llamaban, con las explosivas labiales del romanesco, Pippo bbono, para que resucitase al chico. El futuro santo salpicó el cadáver con agua bendita e hizo sus invocaciones, hasta que el joven Paolo abrió los ojos, recobró la vida y se incorporó en el lecho. ¿Saben qué dijo el resucitado? Que muchas gracias, pero que prefería volver a morirse. Y falleció otra vez. Ese milagro ambiguo, tan abierto a interpretaciones, podría ser una parábola sobre Roma: viva y muerta, esforzada e indolente, teatral e indescifrable.

San Felipe Neri, natural de Florencia pero afincado en Roma, estaba bastante especializado en prodigios extraños. Una de sus hazañas más célebres ocurrió en 1544, cuando tenía treinta años. Rezaba a Dios para que le concediera un gran corazón y Dios le concedió un corazón enorme. Según la tradición, el corazón de san Felipe se hizo tan grande que se le rompieron las costillas. Uno se pregunta qué tipo de relación mantenían exactamente Dios y san Felipe Neri.

El lector puede preguntarse también qué hacíamos en Palazzo Massimo. Mi mujer, Lola, solía hacerlo. ¿Qué hacemos en Palazzo Massimo? Mejor lo cuento desde el principio.

 

El principio, evidentemente, es remoto. Dicen que Roma fue fundada el 21 de abril de 753 antes de Cristo. La fecha es tan buena como cualquier otra: si no fue ése el año, sí fue por esa época. Ya conocen la leyenda de Rómulo, Remo y la loba; no creo que haga falta repetirla. Hubo que inventarla porque, a diferencia de otras capitales del occidente europeo, nacidas como campamentos militares romanos, la Urbe ignora sus propios orígenes.

En el principio hubo una tribu latina especialmente belicosa y organizada, lo bastante como para apropiarse de un lugar excelente: un grupo de colinas suaves con varios manantiales, situadas junto a un río navegable hasta el mar.

El lugar debía ser bien conocido por otros pueblos de la península, porque parece probable que el nombre de Roma derive del etrusco rumon, que significa «río», o del osco ruma, que significa «colina». Los etruscos vivían más al norte, los oscos hacia el este y el sur, y tanto unos como otros gozaban, en la tardía edad de hierro europea, de una civilización más sofisticada que la latina.

Roma fue un éxito inmediato. Los latinos convertidos en romanos sobrepasaron rápidamente a sus vecinos, gracias a su flexibilidad y a su capacidad para integrar gente e ideas foráneas. Si hubo en la Antigüedad un pueblo relativista y propenso al mestizaje, ése fue el romano. Según la leyenda, el segundo rey de Roma, Numa Pompilio, pertenecía a la tribu osca de los sabinos. La mezcla con los otros pueblos de la península fue constante. Nadie vio inconveniente en copiar todo lo posible de los griegos, que mercadeaban por allí desde hacía tiempo, ni en importar divinidades foráneas. La relación relajada y pactista con lo divino sigue siendo una característica de la ciudad, y no es descabellado sospechar que ha acabado permeando el catolicismo.

Fuente de la noticia: El Boomeran(g)
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