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31 Mayo 2010

La narrativa fronteriza, destinada a jóvenes y adultos, cuenta con millones de seguidores en todo el mundo. Las ventas hacen que las editoriales apuesten por ella, para deleite de escritores y lectores. Más allá de «Crepúsculo», la literatura juveni

Se denomina literatura fronteriza o «crossover» a aquella que se escribe para un determinado público, pero que también puede ser leída por otro. El fenómeno no es nada nuevo (¿quién no ha leído «Los Viajes de Gulliver» de joven?), pero sus diferentes «aplicaciones» pueden ponerse de moda, avaladas por las ventas de títulos. Es el caso de los libros juveniles, que también llegan a un público adulto. Y aquí tenemos que hablar de un verdadero auge, empujado por auténticos fenómenos editoriales destinados a jóvenes a los que se han apuntado también sus padres e incluso sus abuelos.

La saga de Harry Potter, de la autora británica J. K. Rowling, es un claro ejemplo de esta tendencia. El primer cambio que introdujo en el mundo editorial consistió en reformar las listas de los libros más vendidos en los medios. Los títulos infantiles y juveniles lograron, por fin, emanciparse, gracias a sus nutridas ventas.

El siguiente paso es que las editoriales se dieron cuenta de que muchos adultos leían los libros del joven mago, pero que tendían a ocultar su lectura frente a sus «congéneres» por temor a ser tachados de «infantiles». La respuesta fue diseñar dos ilustraciones de cubierta diferentes para pequeños y mayores, con idéntico contenido.

La archifamosa saga de «Crepúsculo», de Stephanie Meyer, ha supuesto otro empujón al fenómeno. Los adultos «enganchados» a estos títulos vampíricos ya se reconocen seguidores sin complejos. Del último «estirón» es responsable Jacqueline Kelly, autora de «La evolución de Calpurnia Tate» (Roca Ediciones), que copa las listas de los más vendidos de literatura juvenil.
Francesc Miralles (cuya última novela, «Retrum», publicada por La Galera, lleva más de 15.000 ejemplares vendidos en tan sólo dos meses) esgrime las razones de este cada vez más cuantioso «traspaso» de adultos a literatura juvenil: «La de adultos se ha vuelto tan deprimente y aburrida que muchos lectores van a buscar su dosis de evasión en la literatura de «young adults», que a menudo está rayando a una mayor calidad. En mi caso, el año pasado no leí ninguna novela de adultos que llegara al nivel de «Los juegos del hambre», de Suzanne Collins, por poner un ejemplo».

En cuanto a los jóvenes. los libros «crossover» solucionan, además, la tendencia a subestimar su capacidad lectora. «Los adultos, los jóvenes, los niños... pueden ser categorías estadísticas, pero no existe una relación precisa entre la edad y la competencia literaria. Hay adultos que leen como niños, y niños y jóvenes que pueden leer de forma más rica que el nivel promedio del país», puntualiza Ricardo Gómez, ganador del último premio Gran Angular de literatura infantil con «Mujer mirando al mar (SM).

Desde el punto de vista creativo, borrar los límites aporta «mucha agilidad y da una libertad a la imaginación que no se toleraría en la narrativa de adultos. En general, se trata de novelas muy bien estructuradas», asevera Miralles. Para conseguirlo, Ricardo Gómez apunta un objetivo: «Que haya mayor permeabilidad de los editores tanto de literatura juvenil como de la adulta; los primeros tienen miedo a las reacciones de los censores y los segundos están llenos de prejuicios porque consideran a priori «menor» la literatura juvenil, y en ambos casos sale perdiendo la literatura. Siempre habrá voces reaccionarias que consideren que tal o cual libro no deben leerlo los jóvenes, tanto por tema como por contenido o estilo; son antológicas las críticas morales e ideológicas a las obras de Twain, de Swift, de Defoe... Hoy esas objeciones nos resultan risibles, pero la censura implícita y explícita sigue funcionando, cuando internet, por ejemplo, lo pone todo al alcance de la mano».

Los libros fronterizos parecen tener una ventaja adicional para los escritores: si logran cosechar lectores jóvenes, están sembrando el camino para que sigan leyendo sus títulos a medida que vayan cumpliendo años. «Puede ser. Cabe que alguien se lo plantee así, pero no sé si el «esfuerzo» de escribir literatura fronteriza (si es que alguien piensa que debe hacerlo «forzadamente») sea una estrategia que merezca la pena. Yo siempre tiendo a confiar en la inteligencia humana individual, y un lector inteligente en su edad adulta elegirá lo que le venga en gana, sin necesidad de ser fiel a un autor que pudo entusiasmarle de joven, aunque por desgracia hoy en día vende más un nombre que un título, cuando el valor literario está en la obra y no en la persona que la escribió. Lo cierto es que, a mi edad, en la cincuentena, tal «negocio» no me interesa; si dentro de 15 años tengo salud y lucidez para seguir escribiendo, yo ya tendré 70, y no será para complacer a quienes me leyeron de adolescentes», indica Gómez. Miralles va en la misma dirección: «Tal vez cuando sean adultos lean a otros autores, pero todo lo que sea apagar la tele y el ordenador para sumergirse en un libro ya es un regalo del cielo».

Lo que sí es incuestionable es que cuando ambos públicos, adultos y jóvenes, se unen, la difusión se despliega, al menos en potencia, lo que se suele traducir en ventas más cuantiosas. Quizá la clave por la que las editoriales se han puesto manos a la obra y han ido diseñando colecciones específicas para este tipo de títulos («Las Tres Edades», de Siruela; «Gran Angular», de SM...). Una de las últimas en llegar hasta este terreno ha sido La Galera, que este año ha creado «Bridge» (puente en inglés, en una directa declaración de intenciones) y «Luna Roja», que recoge las tendencias de este mercado.

Cine e internet
Además de ser «multigeneracionales», estas obras suelen tener dos aliados fundamentales: el cine y el ordenador. Las adaptaciones cinematográficas contribuyen a que el fenómeno adquiera dimensiones estratosféricas. Mientras, las redes sociales se han convertido en el nuevo «boca a boca», al tiempo que los blogs de los escritores otorgan a los lectores la estimulante posibilidad de contactar con su autor favorito. Esa interactividad llega hasta la propia obra, ofreciendo de este modo otro tipo de experiencia lectora. Un ejemplo es el reciente «Skeleton Creek. El diario de Ryan» (Ed. Bruño), en el que para avanzar en la trama los lectores tendrán que ver una serie de vídeos colgados en www.sarafincher.com bajo contraseñas secretas.
CELIA FRAILE | MADRID
Fuente de la noticia: ABC
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