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31 Marzo 2010

Como cada año, Eva, Jeff, Tom, Skippy y Hurejová se reúnen para celebrar su amistad y recordar unas relaciones que se iniciaron en tiempos escolares y que se mantienen vivas ahora que rondan los cuarenta años. De los cinco, Eva y Jeff eran los que más parecían estar destinados a alcanzar la felicidad. La extraordinaria belleza de Eva y el arrojo de Jeff, el único que se atrevió a conquistarla, desembocaron en un matrimonio que sin embargo fracasó. Tom, profesor en el colegio donde fue alumno, tuvo que ocultar el amor que sentía por Eva y ahora ahoga su timidez y su soledad en el alcohol. Skippy, también enamorado de Eva desde la adolescencia, el payaso de la clase, es un ginecólogo de prestigio que no ha perdido un sentido del humor desbordante y contagioso. En cuanto a Hurejová, es ahora la más feliz del grupo pese a no haber tenido mucha suerte en la vida. Los cinco amigos se reúnen ahora para saldar cuentas con su pasado y hacer el inevitable balance de la edad mediana. ¿Realmente están llevando la vida con la que soñaban?

 

TOM

A los veinte años, compartir piso con dos personas de tu misma edad puede estar muy bien; a los cuarenta y uno ya no tiene ninguna gracia.

A veces, en medio de la noche, te despierta una incipiente resaca y la sed, así que te levantas y vas a beber agua clorada del grifo, porque es completamente inútil intentar encontrar en la nevera tu cerveza o tu agua mineral. Te da pereza buscar a oscuras las zapatillas, así que descalzo, como tristemente suponías, sientes las migajas endurecidas de pan, patatas fritas con sabor a pimienta, las uñas cortadas de Skippy, aceitunas en adobo de ajo pisoteadas y vete a saber qué más. Inmediatamente después patinas con los prospectos de Eurotel esparcidos por el suelo. Skippy se compra un móvil nuevo tres veces al año, cada mes cambia la tarifa y constantemente cuenta los minutos gratuitos, aunque no tiene a nadie a quien llamar. Igual que yo: los dos tenemos minutos gratuitos para dar y tomar. Desde la Uno y la Tres llegan los ronquidos de tus dos compañeros de piso y desde el tablón de corcho de la pared del recibidor aflora en la oscuridad un cuadrado blanco con el único fin, infructuoso, de hacer un reparto mensual de la limpieza. Abres en silencio la puerta del baño, a tientas te topas con la vagina de goma que Skippy instaló un fin de semana lluvioso de hace dos años en la pared en lugar del interruptor: juntas los labios y se enciende la luz. Luego abres despacio los ojos: en un lavabo increíblemente sucio hay tres maquinillas de afeitar. El espejo, además, está  salpicado por tantos tipos de pasta de dientes que empieza a recordar a un cuadro abstracto frustrado. Abres el agua, la dejas correr y observas tus arrugas bajo los ojos y en la frente. Escuchas cómo el agua desaparece por el desagüe: en el silencio del piso nocturno este sonido te parece más relevante que durante el día. Como si contuviera un mensaje codificado, un mensaje para ti: «No es que valga mucho la pena, ¿eh, colega? Y va a ir a peor».

Tampoco te sorprende tanto. Quizá incluso asientas levemente con la cabeza, luego cierras el grifo y vuelves a la cama. A la tuya, la Dos.

EVA

Después del divorcio se quedó sola.

Todos le decían entonces que a los veintinueve y sobre todo con su semblante (odia esta palabra) no tendría el más mínimo problema para encontrar un hombre, pero ella en realidad no busca ninguno. A veces sí que acepta alguna invitación para tomar un café o ir al teatro, sólo que de eso nunca sale nada. La mayoría de las veces ya desde el principio le parece... forzado. Los hombres se esfuerzan mucho, lo que quizá sea precisamente el problema. Ella sonríe, observa las corbatas caras y escucha una historia graciosa tras otra -Jeff sostenía que su falta de sentido del humor rayaba en la afección mental-, pero en realidad está deseando volver a casa, llenar la bañera, echarle espuma de mandarina y escuchar el nuevo disco de U2. ¿Se puede entender esto? La mayoría de sus amigas -y aún más su madre- diría que no.

Fuente de la noticia: El Boomeran(g)
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