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31 Marzo 2010

Un pez llamado Yorick y una gatita llamada Montaigne. Una joven estudiante de filosofía que acorrala a su viejo profesor por los pasillos de la facultad. Dos adolescentes que encuentran en su respectiva deformidad física y moral un buen motivo para unirse. Una joven militante de izquierdas que escribe cartas a Mao. Una teoría psicológica que lo explica todo. La facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires como punto de encaje desde el que se asoma el mundo. El mundo como una enmarañada madeja de teorías imposibles, iluminadas e inaprensibles: teorías salvajes, para quienes, como todos nosotros, se encuentran pedaleando en el infinito vacío 2.0.

Las teorías salvajes es, entre otras cosas, una comedia negra, un tratado de guerra sobre la seducción en la era weblog. Una novela ácida, demencialmente divertida y en ocasiones oscura que acaba convirtiéndose en su propio y terrible monstruo.

«Las teorías salvajes podría entenderse como una comedia (y más exactamente: como una comedia isabelina) si no fuera porque, en rigor, es más bien un roman philosophique, que encuentra en la razón, la modernidad y el sujeto universal sus temas. Por supuesto, las doctrinas, tal como cualquier persona con paciencia puede aprenderlas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires ("un ecosistema gagá donde se permitía al académico gagá convivir a gusto con el deterioro institucional"), no están ausentes de su discurrir, pero el aspecto que presentan los personajes filosóficos convocados es de tal talante que, ahora sí, parecen héroes de una comedia (pero una comedia disparatada de los años cincuenta). El lector atento encontrará en Las teorías salvajes ramalazos de Humbert-Humbert, de Rousseau, de Wittgenstein, incluso de Nippur de Lagash. Es como si la novela (o las novelas que se incluyen unas dentro de otras, como Matrioshkas desquiciadas que además han leído a Proust y saben que todo puede ser leído à clef) quisiera gritar: "¿pero no era que filo-sofía quería decir amor por el saber, no importa dónde se encuentre?". Desde estas páginas que Pola Oloixarac (pariente empática del barón Jacob von Uexküll, el eminente zóologo) nos regala, alguien le contestaría que no: "La filosofía es el playground de Satán".» (Daniel Link)

«La prosa de Pola Oloixarac es el gran acontecimiento de la nueva narrativa argentina. Su  novela es inolvidable, filosófica, salvaje  y muy serena.» (Ricardo Piglia)

«Esta novela es un atrevimiento. Pocos autores serían capaces de llegar tan lejos.» (Care Santos)

«Como una comedia de Katharine Hepburn pero sin Cary Grant. La arqueóloga Oloixarac practica aquí una reconstrucción de códigos de socialización de los años 70... 90... y así cada veinte años.» (Mario Bellatin)

 

PRIMERA PARTE

I

En los ritos de pasaje practicados por las comunidades Orokaiva, en Nueva Guinea, los niños que van a ser iniciados, varones y niñas, son primero amenazados por adultos que se agazapan tras los arbustos. Los intrusos, que se supone son espíritus, persiguen a los niños gritando: «Eres mío, mío, mío», empujándolos a una plataforma como la que se usa para matar cerdos. Los niños aterrorizados son cubiertos con una capucha que los deja ciegos; son llevados a una cabaña aislada en el bosque, donde se convierten en testigos de secretas ordalías y tormentos que cifran la historia de la tribu. No es infrecuente, narran los antropólogos, que algunos de los niños mueran en el curso de estas ceremonias. Finalmente los sobrevivientes regresan a la aldea, vestidos con máscaras y plumas como los espíritus que los amenazaron al principio, y participan en la caza de cerdos. Regresan ya no como presas sino como predadores, gritando la misma fórmula que habían escuchado de labios enemigos: «Eres mío, mío, mío». Entre los Nootka, Kwakiutl y Quillayute, en el noroeste del Pacífico, son los lobos -hombres con máscaras de lobos- los que amenazan a los pequeños iniciados, persiguiéndolos a punta de lanza hasta empujarlos al centro de los rituales del miedo; al cabo de esas torturas esotéricas son introducidos en los secretos del Culto del Lobo.

II

La vida de la pequeña Kamtchowsky se inició en la ciudad de Buenos Aires, durante los «años de plomo»; el acceso a la conciencia coincidió con la «primavera alfonsinista». Su padre, Rodolfo Kamtchowsky, provenía de una familia polaca radicada en Rosario durante la década de los treinta. Era el único varón de la casa; la prematura muerte de su madre lo había llevado a vivir con sus tías. Ya en primero inferior demostró habilidades excepcionales para el pensamiento abstracto; en cuarto grado su maestra de matemáticas, que había estudiado en la universidad, se refirió con elogios a su inventiva formal. El pequeño Rodolfo fue a contárselo a sus tías, que se asustaron un poco y decidieron que cuando cumpliera trece años lo mandarían a Buenos Aires a estudiar. Rodolfo era un chico alegre, aunque muy tímido; hablaba poco y a veces parecía no registrar lo que le decían. Cuando llegó el momento, Rodolfo se mudó a la casa de otra tía, frente al Parque Lezama. Entró en la escuela técnica Otto Krause y más tarde se recibió de ingeniero en tiempo récord.

Fuente de la noticia: El Boomeran(g)
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