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4 Noviembre 2009
La escritora y periodista asturiana Ángeles Caso (Gijón, 1959), que este año ha sido galardonada con el Premio Planeta por su libro 'Contra el viento' presenta en elcomerciodigital.com un adelanto del mismo, que saldrá a la venta mañana. Este primer capítulo, titulado 'Una niña valiente', comienza así:

São se crió en la aldea. Carlina sólo la llevó con ella a Carvoeiros
mientras le dio de mamar, hasta que cumplió los
seis meses. Era una niña tranquila como una persona
adulta, que apenas se movía, aguardaba pacientemente
el momento de alimentarse y, cuando estaba despierta,
parecía contemplarlo todo con un enorme interés, igual
que si realmente estuviera fijándose en el comportamiento
ajeno y tratase de entenderlo, fingiendo hacia él
una muda indiferencia. A pesar de todo, a su madre la
molestaba. Sentía que llevaba un peso enorme a sus espaldas,
que acarreaba un mundo entero, con sus guerras
y sus sosiegos, algo ajeno a ella misma y de lo que no quería
ser responsable.

En cuanto le pareció que estaba lo suficientemente
fuerte y sana, escribió a una de las hijas de Jovita que vivía
en Portugal, metió en el sobre un par de billetes y le pidió
que le mandase un biberón. Cuando llegó, acostumbró
sin problemas a la cría a tomar leche de cabra rebajada
en agua. Entonces habló con la vieja:

—Necesito que se quede con São mientras yo trabajo.
No puedo andar cargando con ella todo el día. Usted
sabe lo que es eso, que ha tenido muchos hijos. Cada día
que pasa me duele más la espalda. Y, en cuanto empiece
a caminar, me volverá loca. Tendré que perseguirla por
todas partes y no podré atender a las clientas. Si me la
cuida, le daré pescado gratis todos los días.

A Jovita le pareció que era una buena propuesta: así
podría guardar el dinero que le enviaban de Europa para
cuando llegasen de nuevo los malos tiempos, que estaba
segura de que llegarían. Vendría la sequía y agostaría las
huertas. O el harmatão, el viento que sopla a veces desde
África, caería furibundo y ardiente sobre la aldea y depositaría
su carga letal de arena en los sembrados y los frutales,
arrasándolo todo. Sus hijos se casarían con mujeres
despiadadas que les prohibirían seguir ayudando a la madre
olvidada ya para siempre en aquel rincón del océano.

Y las hijas serían abandonadas por sus maridos y tendrían
que pagar los estudios de los niños y las consultas con los
médicos si se les ponían enfermos, y no les sobraría ni un
céntimo. Debía ahorrar para cuando estuviese sola y vieja,
le dolieran los huesos y necesitase medicinas, porque
para entonces nadie se acordaría de ella.

Además, le gustaba aquella niña, con su independencia
y su tranquilidad, y no le importaba cuidarla. Pero intentó
sacar todo el provecho posible, así que fingió rechazar
la propuesta:

—No puedo. Ya no estoy yo para estar pendiente de
una cría tan pequeña. Soy demasiado vieja, me agoto enseguida.
Tu hija se va a poner a caminar dentro de unos
meses, y acabará conmigo. ¿Tú me imaginas persiguiéndola
por la aldea...? ¡Ya no tengo edad!

Carlina la miró atentamente, mientras reflexionaba.

Debía de tener unos sesenta años. Estaba gorda, de tantas
horas como se pasaba sentada, sin apenas moverse. Pero
gozaba de una salud extraordinaria —nadie recordaba
haberla visto nunca enferma— y seguía teniendo una mirada
aguda, llena de energía y de firmeza. Había criado
bien a sus hijos, y la antigua simpatía por el alcohol y los
hombres parecía haber desaparecido con la edad. Le parecía
que, de todas las mujeres de la aldea que podían hacerse
cargo de la niña, ella era la más adecuada. Se dio
cuenta de que tenía que negociar y aumentar su oferta,
aunque eso significase para ella una pérdida importante:

—Mil escudos a la semana y el pescado.

Jovita fingió reflexionar mientras observaba las huertas
al otro lado del camino. Una bandada de pájaros pequeños,
amarillos y gritones, trataba de acercarse a picotear
las guayabas, que colgaban ya, con su delicada piel
rosácea, de los arbolillos brillantes, y luego, al encontrarse
con el espantapájaros, revoloteaban asustados hacia el
monte, para regresar a los pocos minutos. Le dieron ganas
de echarse a reír: también ella había logrado asustar
a Carlina y cogerla después en su trampa. Mil escudos a
la semana más el pescado estaba bien. Sería un buen ahorro
para el futuro. Y, mientras tanto, se entretendría cuidando
de São y haciéndole pequeñas trenzas en el pelo,
preparándola para las amarguras del futuro. Sí, aceptaría
el trato.
Fuente de la noticia: El Comercio
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