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5 Agosto 2009
Autor: Victor Bockris; Editorial: Global Rhythm Press; Traducción: Ricky Gil; Páginas: 512

El crítico Nick Kent compendia así su imagen en los años setenta: "Era el gran lord Byron; era un demente, era un depravado y era peligroso conocerlo". El aludido discrepa, otros insisten, y este libro viene a aclarar posibles malentendidos.

Porque aquí se disipan varias nieblas (transfusiones, efusiones, agresiones, etc.) y se presentan finalmente los hechos que el foco de la leyenda había nublado: el uso y abuso de sustancias tonificantes o estupefacientes no adquiridas en farmacias; las variadas discrepancias con autoridades más o menos sanitarias; los encuentros, desencuentros y encontronazos con gendarmes de diferentes países; la empedernida coalición con Mick Jagger; los intermitentes, y a menudo explosivos, contubernios con personajes como Dylan, Lennon, Clapton, McCartney, Marley, Berry o Bowie; las afinidades electivas con sujetos de mucha cara o siniestra catadura; los amoríos pasajeros, las semanas de pasión y los dos amores contumaces (Anita Pallenberg y Patti Hansen); las extenuantes sesiones de grabación; la apacible vida rural en una mansión de Connecticut franqueados los umbrales de la senectud; los cuentos contados por idiotas... Pero al final, más allá del ruido y la furia, emerge la música de los Rolling Stones, esa incesante banda sonora que acompaña nuestras convulsiones desde hace casi medio siglo.

 

CAPÍTULO 19

Tara no fue la única víctima del estilo de vida de Anita y de Keith. Marlon tampoco parecía estar en muy buena forma. Aparte de no ir a la escuela, mostraba una preocupante inclinación a la violencia. «Marlon era un pequeño sádico -recuerda Nick Kent-. Se había convertido en un psicópata en miniatura. Todo el mundo pensaba que Marlon iría por el mal camino.» Sin embargo, Keith tenía otra visión de su hijo, de quien había acabado dependiendo casi exclusivamente cuando necesitaba apoyo emocional.

RICHARDS: «Él cuidaba de mí mientras yo tomaba heroína durante las giras. A los cinco, seis y siete años, me hacía de roadie. Ha visto de todo. Para él no es nada del otro mundo. Es sólo algo que hizo papá. Pero seguimos juntos y nos queremos mucho».

Cuando Marlon no estaba cuidando de Keith, lo mantenían a raya a base de grandes cantidades de dinero que sólo servían para rodearlo de montones de insulsos juguetes. Pero por mucho que Marlon disfrutara del ajetreo de la vida en la carretera, Dandelion no lo hacía. Anita recuerda lo mucho que sufrió su hija. «Durante las giras, ella solía deambular por ahí sola, cogía a tíos y se los traía... "¡Ya estoy aquí, mamá!" Tíos mayores. Y yo me asustaba muchísimo. Salía de la habitación del hotel y me la encontraba sentada en el regazo de alguien. Por eso decidí no llevarla nunca más de gira».

De regreso a Londres, tanto Keith como Anita tocaron fondo. Keith se pasaba horas solo en el cuarto de baño, tomando heroína y rasgueando la guitarra. «Sufrí una gran depresión tras la muerte del pequeño, y me veía incapaz de cuidar de Dandelion -cuenta Anita de aquellos dolorosos momentos-. No podía controlarla.» Dandelion fue enviada a vivir con Doris en Dartford, donde se iba a criar de la misma manera que Keith. Nunca más volvería a vivir con su padre.

Fuente de la noticia: El Boomeran(g)
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