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26 Junio 2009
Juan Carlos Onetti. Ed. de Hortensia Campanella. Prólogo de Pablo Rocca. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2009. 1.127 páginas, 55 euros

En 1976, la editora Esther Tusquets, alma de Lumen, me pidió un prólogo a la edición de los cuentos reunidos hasta entonces de Juan Carlos Onetti, tal vez porque ya en 1970 había publicado en aquella serie popular Biblioteca Básica Salvat, que dirigí, El astillero, presentado por José Donoso. La difusión de aquellos libros, tan sólo en la España de entonces, alcanzó los 300.000 ejemplares, que contrastaría con la edición minoritaria de Juntacadáveres en la editorial “Revista de Occidente”. Analizar, pues, su compleja recepción requeriría algo de paciencia, pero no siempre fue ajeno al éxito. Y, como apunta Mario Vargas Llosa, tal vez sea Onetti un escritor capaz de vencer al tiempo. No deja de ser significativo que al conmemorar el centenario de su nacimiento aparezca el tercer volumen de sus Obras Completas, incompletas por voluntad de sus compiladores, donde se reúnen “cuentos, artículos y miscelánea”. De las numerosas entrevistas se han seleccionado, con razón, sólo algunas y no están tampoco todos los artículos periodísticos, porque conviene no olvidar que Onetti vivió del periodismo antes de convertirse en escritor de oscuro culto. Y falta su epistolario. Pero el volumen reúne textos de difícil hallazgo, algunos inéditos, y redescubre otros de muy difícil localización. Pablo Rocca, autor del prólogo, fecha cada uno de los textos que ha reunido, no sin fatigar bibliotecas y archivos a ambos lados del Atlántico (los papeles de Onetti fueron donados por su viuda, Dolly, a la Biblioteca Nacional de Montevideo). La responsabilidad del conjunto de los tres volúmenes ha sido de Hortensia Campanella, bien conocida por los onettianos.

Hoy disponemos, pues, de la suma orgánica de su obra. Posiblemente su prestigio sufriera altibajos. A la dualidad Montevideo/Buenos Aires habría que sumar su exilio madrileño, en el que permaneció desde 1974 hasta su muerte: doble exilio, salvo por los textos periodísticos, publicados aquí entre 1975 y 1992, y el premio Cervantes de 1980, donde pronunció uno de sus dos únicos Discursos (pp. 861-864), pero en los últimos años renunció a abandonar su cama, donde escribía, bebía y recibía a los amigos. No tuvo empacho en agradecer en una de las dos conferencias, “Por culpa de Fantomas”: “al médico psiquiatra Francisco (Paco) Albertos, que ha hecho posible, con su sabiduría y su medicación, que yo pueda hablarles” (febrero de 1974).

Condenado a vivir el esplendor de la literatura rioplatense, Onetti, se movió en los alrededores de la revista “Sur” y sus descubrimientos, trató a Artl, cultivó el periodismo en Montevideo, trató a Borges de forma superficial y, al margen de su actividad creativa, fue la revista “Marcha” la que le ofreció mayores satisfacciones y también constituyó el motivo de su destierro definitivo de un añorado Montevideo. Algunos entendieron sus textos como los de un mero imitador de Faulkner, al que nunca regateó deudas, al que se sumaron Céline y el realismo. Y, sin duda, entre sus ámbitos elegidos el relato breve o la novela corta casi superó en interés a la más dilatada.

Vargas Llosa, objetivo, y tan distante hoy de la ideología izquierdista de Onetti, se ha ocupado en El viaje a la ficción (2008) del escritor uruguayo, calificando su estilo de “crapuloso”, pero relanzando al escritor y su obra. De hecho, Onetti fue deliberadamente autor de minorías. La ambigöedad de sus personajes, la oscuridad de las situaciones, su radical pesimismo, la configuración de un mundo personal que hasta le llevó a crearse un enclave, Santa María o Santamaría, le convirtieron en lo que se entendió -en los concursos en los que participaba- como un “finalista”. Así lo proclamó en su discurso del premio Cervantes: “es conveniente que se sepa que el jurado [...] ha tenido la quijotesca ocurrencia de otorgar esa gran distinción a alguien que desde su juventud estaba acostumbrado a ser un perdedor sistemático, a un permanente segundón [...] que no tenía ninguna victoria en su palmarés”. Esta conciencia pesó en ocasiones en su creatividad. Tuve la oportunidad de asistir a una cena muy minoritaria en la que participaba también Borges y la modestia de Onetti frente al ya ilustre maestro se dejó notar.

Sin embargo, Onetti se sirve de máscaras diversas cuando se dirige a su público y a sus lectores, cuando construye sus cuentos, como un fogonazo, o sus colaboraciones periodísticas, que, leídas hoy, resaltan por su lucidez y, a la vez, son pura y deliciosa literatura. En las entrevistas y notas autobiográficas descubriremos razones más o menos creíbles, siempre iluminadoras. Es exigente con el oficio: “Entiendo por escritor al hombre que nació para escribir, el hombre para el cual el ejercicio de la literatura es una forma de vivir, no menos importante que el ejercicio del amor, de la bondad y del odio” (1956, pp. 475-476). Se define como mero lector, aunque en el prólogo de Rocca puede advertirse su diferenciación entre relato breve y novela, su rigurosidad creadora y la naturaleza de su concepción, atenta siempre, fuera cual fuese la fuente, a un tratamiento coherente. Manifestó siempre su inclinación por la literatura policíaca, como Bioy y Borges, que frecuentará y cuyos rastros advertirá el lector en sus relatos y novelas.

Pero, al tiempo, sigue siendo un escritor de ideas, vinculado al existencialismo. Su filosofía moral deriva de la angustia de quienes han conocido la “muerte de Dios”. Sus héroes, como los de Sartre o Camus, no son roussonianos. Los personajes Juntacadáveres o Larsen muestran recovecos de laberintos y oscuridades anímicas. En “Autorretrato” (pp. 838-39) nos confiesa varios orígenes del personaje que pasará a convertirse en uno de los ejes de su obra. Pero en otros textos nos confundirá y aludirá a otros. Siempre, sin embargo, asegura que Santa María no debe entenderse como Montevideo o Buenos Aires, aunque en ocasiones tal vez lo sea. Posee una idea clara del concepto literario de la urbe frente al anterior ruralismo. La ficción no contrasta con la vida, pero la imaginación la recrea y enriquece. Le atraerá el mundo del burdel, consciente -y lo dirá-, de que allí no reside el amor, sino intereses y oscuras complejidades masculinas y también femeninas. Como Borges, se sirve del humor y hasta del sarcasmo: “hace muchos años que aprendí el arte de afeitarme al tacto, para evitar la opinión del espejo, para acudir al trabajo sin el peso de otra depresión”(enero 1970, p. 830).

Onetti no pretendió ser un escritor de superventas. Trató de configurar un mundo narrativo original sin disimular sus modelos y se decantó por el arte sin llegar a convertirse en un oscuro narrador para novelistas, aunque sus textos puedan resultar abiertos. La obra crítica e interpretativa que ha provocado es ya ingente. No existen, pues, excusas para no leer y gozar de Onetti, para no enriquecerse en los tiempos de crisis.

Joaquín MARCO

 

"Borges, su madre y Utrillo"

Entre los artículos inéditos o sin datar reunidos en esta obra destaca “Borges, su madre y Utrillo”, en el que Onetti recuerda un encuentro con el argentino: “A pesar de su ceguera, ahora total e irrecuperable, el aspecto de Borges era el mismo de años atrás; su sentido del humor, incambiado.
Por ejemplo, alguien habló de Neruda y recordó que el poeta quiso hacer un holocausto con su primer libro. Invitó a varios amigos, bebieron vino chileno [...], hicieron una gran fogata y fueron quemando los 200 ejemplares de la edición.
Borges jugueteó un ratito con su bastón blanco y luego balbuceó, inocente y sorprendido:
-Pero si ya había aprendido, ¿por qué no siguió haciendo lo mismo con lo que publicó después?” (pág. 813).

Fuente de la noticia: El Mundo
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