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13 Abril 2009
Autor: Alain Danielou; Traducción: Antonio Francisco Rodríguez Esteban; Editorial: Atalanta

Con un lenguaje despojado de toda retórica, pero sin dejar de apoyarse nunca en los textos clásicos -Vedas, Upanishads, Purânas, las grandes epopeyas y una larga lista de Tantras y Āgamas-, este libro tiene la virtud de la claridad, de hacer asequible todo el complejo significado que encierran los mitos, los ritos y las creencias del hinduismo. Explica los grandes conceptos filosóficos del politeísmo, los dioses védicos, la gran Trinidad (Visnu, Śiva y Brahma), la gran diosa Shakti, las divinidades secundarias y las diferentes formas de culto.

El hinduismo -la «religión eterna», como la llaman sus adeptos- distingue para cada ser humano una forma particular de revelación en función de su desarrollo espiritual, un camino diferente para la realización de cada cual, con sus distintos modos de moralidad, rituales y dioses que venerar. Así pues, su verdadero mensaje es la tolerancia y la iluminación interior.

Como dice Chantal Maillard en su prólogo, lo que hace único a este libro es que, sin ser un manual de etnología, ni un tratado filosófico, nos ofrece un magnífico compendio de la vida espiritual de la India, tal como la vivieron y transmitieron los maestros del hinduismo de principios del siglo XX, deudores directos de una antiquísima tradición que supo mantenerse viva.





PRÓLOGO A LA PRESENTE EDICIÓN
CHANTAL MAILLARD
I

Alain Daniélou nació en 1907 en Neuilly-sur-Seine, Normandía. El padre, bretón, ateo y anticlerical, estaba dedicado a la carrera política y fue ministro en varias casiones. Daniélou lo recuerda tierno y ausente. La madre, descendiente de la antigua nobleza normanda, estaba dedicada devotamente a las obras de la Iglesia católica. Fundó, con el acuerdo del papa Pío X, una orden religiosa femenina sin hábito con cuyo servicio creó los institutos Sainte Marie para chicas de buena familia. La atmósfera de rancio catolicismo que respiraba en su entorno, entre una madre intransigente y un tío canónigo, le impulsaría a saltar fuera de los límites opresores de aquella sociedad puritana, mientras que el mayor de sus hermanos, Jean, sería nombrado cardenal. Cuenta Daniélou en su autobiografía cuánto le gustaba adentrarse, de pequeño, entre los árboles frondosos de la propiedad que su padre había comprado en Locronan. En aquel entorno para él casi selvático, construía pequeños santuarios en los que disponía objetos que tenía a su alcance: medallas, cruces y también alguna que otra piedra. Pero los descubrieron: «Encontraron mis altares, mis ídolos, mis ofrendas de flores. El templo fue profanado. [...] Encontraron las cruces, las imágenes de la Virgen. Ignoraron las piedras»,3 escribe, recordando aquella escena. De inmediato, los familiares detectaron en él rasgos de santidad y se apresuraron a celebrar su primera comunión a la edad de cuatro años. «Ya en aquella época presentí que la religión de los hombres nada tiene que ver con la realidad divina del mundo. No volvería nunca jamás a mis ermitas profanadas y desacralizadas».4 No sabía, por aquel entonces, que existían lugares en los que una piedra puede rep

Fuente de la noticia: El Boomeran(g)
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