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13 Marzo 2009
La famosa obra teatral 'Asesinato en la catedral' es reeditada por Encuentro

En su 'Carta sobre la tolerancia', John Locke advertía que todo gobierno debe desconfiar de ateos y católicos. Los primeros, escribió, no conocen ley, y los segundos viven sometidos a la ley de una potencia extranjera, el Vaticano. El papista supondría así una intolerable injerencia extranjera en la nación.

Thomas Stearns Eliot dramatizó este desajuste en 'Asesinato en la catedral', basado en un conflicto medieval entre el rey Enrique II y Tomás Beckett, arzobispo de Canterbury. En la traducción de Fernando Gutiérrez y del gran Jose María Valverde (disponible en la nueva reedición de Encuentro), un coro femenino canta la vuelta del exilio de Tomás Beckett:

"Con el aplauso vienes, vienes con el regocijo, pero vienes también trayéndote la muerte a Canterbury: el destino en la casa, el destino en ti mismo, el destino en el mundo".

Estos heraldos negros hablan del destino y de la sangre de un hombre con vocación de mártir. Después de siete años de exilio continental, Beckett vuelve a su rebaño inglés con paso de emblema de otro mundo. Su insolente ascetismo y su pasado de traición a su monarca se filtran por el paisaje. El clima es de crepúsculo y luz terminal, como aquel reino ajado e infértil de 'Tierra baldía'.

'Asesinato en la catedral' contiene un homicidio impío, personajes de simbólica nomenclatura (Caballeros, Sacerdotes, Tentadores y Coro, y Tomás, claro), un lirismo arcaico, dos partes, cuatro escenas y un intermedio. Este apartado de transición es una prédica donde el arzobispo loa el "santo" martirio, encuadrándolo más en una encrucijada del destino que en un camino de la voluntad suicida. Dice Tomás, arrogante y filosófico:

"Los que depositan su fe en el orden del mundo,/que no fue fiscalizado por el poder de Dios,/en confiada ignorancia, contienen el desorden/ pero lo hacen más firme, engendran fatal dolencia,/degradando lo que exaltan."

El rey por encima del poder eclesial

Y se sigue de los siguientes parlamentos del ministro católico que las constituciones de su rey, que subordinan el poder eclesial al real, descalabran justamente lo que exaltan, el Orden.

Cuando los Caballeros consuman la venganza frente al altar de San Benito, los tres Sacerdotes son esa"...sombra sollozante en la fúnebre danza/ el ruidoso lamento de la desconsolada quimera", que escribe Eliot, por aquel entonces, en su poemario 'Cuatro cuartetos'.

T. S. Eliot, autor moderno e intelectualizante, gustó de frecuentar el antaño y los latines. Brindó a sus interesados una autodefinición: "Clásico en la literatura, monárquico en política y anglo católico en la religión". Eliot nació americano pero se quiso monárquico y anglocatólico en la religión.

De ambas cosas (catolicismo y monarquía, en oposición)habla el poeta en estas estampas pétreas del siglo XI. Eliot vuelca aquí más cosas que este conflicto interior. Como el poeta, Tomás Beckett discurre sobre las bifurcaciones del tiempo perdido y el trance elevado y melancólico de la memoria. Se lee en los 'Cuatro Cuartetos':

"Resuenan pisadas en la memoria/por el sendero que no recorrimos/hacia la puerta que no abrimos nunca".


'Asesinato en la catedral', de Thomas Stearns Eliot. Traducción: Fernando Gutiérrez y Jose María Valverde. Ediciones Encuentro, 2009. 16 euros. 96 páginas.

Fuente de la noticia: El Mundo
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