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27 Febrero 2009
Michel Onfray. Traducción de Irene Antón. Errata Naturae (2009, Madrid). 221 pág


«La escultura de sí» (Errata Naturae) es uno de los primeros textos de la obra de Michel Onfray, filósofo francés que sin llegar a la frivolidad, ha conseguido más resultados gracias a su carisma mediático que por sus aportaciones al pensamiento occidental. El libro que nos ocupa obtuvo el Premio Medicis de Ensayo de 1993 y en él aparecen casi todas las claves teóricas que el autor ha desarrollado en su proyecto filosófico general; una ética fundamentada en el hedonismo libertario, cómase como se coma este concepto de tan atractivo significado como escurridiza práctica.

Onfray propone una moral que se identifique con una estética propia, para conformar un proyecto filosófico total para el hombre de hoy en día inspirada en el ejemplo de los clásicos. En «La escultura de sí» el autor reivindica las viejas cualidades representadas por la época del Renacimiento y la figura del Condotiero: vitalidad desbordante y heroísmo, una individualidad fuerte, capaz de crear a su alrededor un clima propicio para la abundancia, la magnificencia, el placer en todas sus vertientes y los vínculos emocionales apasionados. El goce antes que el sacrificio, la reivindicación individual frente a la renuncia colectiva, los sentidos antes que la razón. Elecciones todas ellas, tan viejas como Epicúreo.

Controvertida referencia

Que precisamente el Condotiero que inspira los brindis al sol de Onfray (el Colleoni de Verrocchio) haya sido una y otra vez referencia (moral y estética) del fascismo italiano poco parece importar. Tampoco que el estilo del texto parezca una mezcla diabólica entre un libro de autoyuda extraordinariamente pedante, reflexiones a vuelapluma de un narrador pretencioso y un zigzag de referencias incomprensibles para el lego. La fuerza y la rabia hedonista de Onfray se contagian a las pocas páginas aunque los supuestos en los que se construye son, bien mirados, puro humo y fanfarria.
No en vano Michel Onfray ha sido objeto de burla de los sectores más conservadores allende los Pirineos, algo relativamente lógico vistas sus virulentas ideas a favor del ateísmo y en contra de cualquier moral colectiva, pero también de la élite cultural francesa, que le achaca una pomposidad y jactancia ciertamente caricaturesca. 
De cualquier modo, su preocupación por los placeres y su furibunda búsqueda de la verdad, esté equivocado o no, se antoja ciertamente épica. La valentía del autor y su desinhibición a la hora de «vendernos su moto» conmueve e inspira. Quizás, «La escultura de sí» tenga más valor como estética, como actitud vital que como discurso moral.

Fuente de la noticia: Diario ABC
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