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24 Noviembre 2008
Jacob Weisberg; RBA, 2008. 333 pp., 24 e

George W. Bush termina su mandato con un índice de popularidad más bajo que el de cualquier otro presidente desde Truman. El juicio de los historiadores no siempre coincide con el de los contemporáneos y el propio Truman es hoy considerado como un buen presidente que sentó las bases de la prosperidad occidental en las difíciles circunstancias de la posguerra fría, pero en el caso del segundo Bush cabe suponer que el actual juicio negativo se mantenga. Desde luego no le son favorables los libros que sobre él están llegando al público español, no sólo en el caso de panfletos delirantes como el último de Michael Moore, sino en el de obras serias, entre las que destaca por su originalidad La tragedia Bush, de Jacob Weisberg (Chicago, 1964), presentada en una magnífica traducción.

Weisberg es un destacado periodista, pero el estilo de su libro está lejos del periodismo de investigación, porque su aportación no consiste en revelar nuevos datos procedentes de fuentes inéditas, sino en analizar lo que ya se sabe. Su análisis no es por otra parte el de un politólogo, sino el de un admirador de Shakespeare, es decir alguien que está convencido de la relevancia de los factores personales en la historia. La relación entre George W. y su padre George H. W. evoca la de dos reyes ingleses recreados por Shakespeare, Enrique IV y Enrique V. La comparación del segundo Bush con el príncipe Enrique, un joven más dado a la juerga que a los deberes políticos que luego se convierte en uno de los grandes reyes medievales, no es nueva y Weisberg cuenta que Enrique V de Kenneth Branagh es una de las películas favoritas de los Bush. Quizá algunos lectores recuerden más a este príncipe como el compañero de juergas de Falstaff en Campanadas a medianoche de Orson Welles, un joven disoluto en quien la coronación opera un cambio radical. En los primeros tiempos de su presidencia, algunos comentaristas presentaron al segundo presidente Bush, que a diferencia de su padre no había destacado en sus años de universidad ni como estudiante, ni como atleta, no había sido un heroico combatiente, ni tampoco un gran empresario, como una reencarnación de aquel atolondrado príncipe que luego se convirtió en el prototipo del gran rey medieval, justiciero, piadoso y vencedor en el campo de batalla.

Ocho años después sabemos que el segundo Bush no ha sido el gran presidente que podría haber guiado a los Estados Unidos tras el trauma del 11-S. Según Weisberg, el deseo de emular a su brillante padre constituye la clave para comprender su estilo político y con ello también su fracaso. La excesiva prudencia del primer Bush iba a dar paso a la energía resolutiva del segundo, pero el irónico resultado es que los errores del hijo han revelado la sabiduría del padre. Éste asistió a la caída del muro de Berlín y a la implosión de la Unión Soviética sin anunciar con fanfarrias la victoria de Occidente, gestionó con paciencia una gran coalición que respaldara la acción militar para desalojar de Kuwait a los invasores iraquíes, y no aprovechó la victoria para avanzar sobre Bagdad. Con ello pareció falto de decisión y cuando, tras haber estimulado la insurrección contra Sadam Husein de chiíes y kurdos, se negó a apoyarla, recibió justificadas críticas. Luego, durante los años de Clinton, Irak fue una herida abierta, con unas sanciones económicas que castigaban a la población sin debilitar al régimen y unas inspecciones que no llegaban a comprobar si el dictador iraquí había renunciado de verdad a las armas de destrucción masiva, incluidos esos gases tóxicos que había empleado años atrás contra la población civil kurda. Así es que al segundo Bush le correspondería la gloria de acabar definitivamente con esa amenaza mediante una guerra breve y decisiva, tras la cual los iraquíes iban a recibir con los brazos abiertos a sus liberadores americanos. Según Weisberg, el momento en que George W. debió sentir plenamente realizado su sueño fue cuando descendió a la cubierta del portaaviones Abraham Lincoln para celebrar la victoria en la guerra de Irak. Él mismo había pilotado el avión de combate que se posó en la cubierta mediante un tipo de arriesgada operación que su padre había ejecutado con frecuencia durante la guerra mundial. No es necesario recordar hoy que aquella celebración de la victoria, hace más de cinco años, resultó bastante prematura.

El método de Weisberg, basado en la interpretación psicológica de sus personajes, es tan subjetivo como fascinante. Además de las páginas dedicadas a la dinastía Bush, Weisberg ofrece excelentes retratos de dos personajes fundamentales del entorno del segundo presidente, Karl Rove y Dick Cheney, y proporciona una convincente interpretación de por qué se tomó la crucial decisión de invadir Irak. En pocas palabras, Cheney estaba convencido de que Saddam Hussein tenía armas biológicas y estaba dispuesto a usarlas contra los Estados Unidos, Rumsfeld quería demostrar en Irak la validez de su doctrina acerca de la eficacia de un ejército pequeño pero tecnológicamente avanzado, Wolfowitz y los neoconservadores querían comenzar en Irak la transformación democrática del Oriente Medio, y el presidente no estaba dispuesto a escuchar a Scowcroft y otros prudentes consejeros de su padre. Pero los errores que se produjeron en torno a Irak, tanto en la génesis de la guerra como en la gestión de la posguerra se derivaron sobre todo del estilo de gobierno de George W. Bush, reacio a permitir que el frío análisis de los datos echara a perder un brillante plan. Weisberg concluye que para superar a un padre moderado, reflexivo y pragmático, el actual presidente se esforzó en tomar decisiones rápidas, extremas e inflexibles. No había peor actitud posible para el momento histórico que hubo de afrontar. Una auténtica confianza en sí mismo quizá le hubiera permitido aceptar sus limitaciones, comprender sus errores y corregirlos.

Los aficionados a la historia de los grandes políticos apreciarán sin duda el capítulo en que Weisberg analiza las lecciones que el segundo Bush creyó aprender de sus más destacados predecesores, a los que admira y sobre quienes ha leído mucho. Se trata del panteón presidencial republicano, integrado por Lincoln, Teddy Roosevelt y Ronald Reagan, a quienes hay que sumar a Harry Truman, convertido retrospectivamente en un republicano honorario y a Churchill, el número uno de los americanos honorarios. Quienes creen, y en España son legión, que el actual presidente es poco menos que un analfabeto funcional quizá se sorprendan al saber que es un gran conocedor de la historia americana y que incluso bromea con que es capaz de leer casi tanto como Karl Rove, pero parece haber realizado una lectura demasiado simplista de la gestión de sus grandes predecesores. En particular Weisberg destaca que no ha entendido la complejidad de su héroe Reagan, incluida su capacidad para combinar la retórica de un halcón, que denunció a la URSS como el imperio del mal, con el instinto de un pacificador, que durante una famosa cumbre en Reikiavik, soñó con Gorbachov en librar al mundo de las armas nucleares.

Fuente de la noticia: El Mundo
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