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27 Junio 2008

Más que comer, Chus Visor degusta y picotea. De aquí y de allá. Despacio. Sin atiborrarse. Cualquiera, compartiendo mesa con él en el mítico Belarmino, puede pensar que este editor solitario y heroico, uno de los escasos seres en el planeta que pueden presumir de vivir de la poesía -"claro que se puede ganar dinero con ello", dice-, basa su alimentación en la misma metodología que su trabajo: la búsqueda de lo exquisito.

Exquisitos son los salmonetes y la ensaladilla con los que abre boca. Como exquisitos son los libros que va a editar este año en una colección especial: Palabra de Honor. La que conmemorará 40 años de una firma referente mundial para la poesía hispana.

Ha levantado él solo su negocio, a base de la pasión que le metió en la cabeza un cura. Quién lo iba a decir cuando se trata de un republicano casi insurrecto, "y eso que a mi padre se le había metido en la cabeza que yo tenía que ser obispo", comenta. "Fue un cura que nos hacía aprendernos de memoria poemas de Lorca, de Leopoldo Panero y de Góngora", comenta.

Luego, con el oído hecho a la vida en verso, Chus empezó a frecuentar recitales y tugurios de poetas. Pronto se dio cuenta de que en la España de finales de los sesenta, la que empezaba a ver luz al final del túnel del franquismo, urgía abrir un hueco para ese género. "Entonces sólo editaban Adonais y el Bardo, creo recordar, y mi hermano Miguel y yo vimos que podíamos sacar esos libros que queríamos leer y no existían".

El primer título fue toda una declaración de intenciones: "Una temporada en el infierno, de Rimbaud, con traducción de Gabriel Celaya", recuerda Chus. Y así hasta los 675 que lleva hoy por no entrar en su biblioteca particular, con cerca de 30.000 volúmenes, digna del puro bibliófilo que es.

En su catálogo ha reunido más de 400 autores entre los que sobresalen los hispanoamericanos, pero también voces de otras lenguas y algo de lo que se siente orgulloso: "Haber sido responsable de herejías como la de abrir la editorial a la obra de cantantes como Bob Dylan, Leonard Cohen o Joaquín Sabina, nuestro superventas, del que bien orgulloso me siento", afirma.

Así, echando tabúes por tierra, quiere seguir: "Pienso llegar hasta 1.000", sentencia, al tiempo que hinca el diente en un excelso guiso de liebre con setas. El optimismo le ha podido siempre. Si no hubiese sido imposible haber llegado tan lejos desde el despacho de su librería, editando a puro capricho, "siempre lo que me ha dado la gana", dice, con pocas certezas y sin expertos en mercadotecnia: "De un libro sabes si va a vender mucho o poco".

Dice que es un gran momento. "En España se lee más poesía que nunca", asegura. Algo que no le extraña en un país dado al verso, "el que más de Europa, aunque no lo parezca", comenta, y donde se prefiere leer a los poetas vivos que a los muertos: "Somos así de gilipollas". Él los conoce bien, los trata intensamente y los divide en dos clases que al final convergen en una. "Los hay de dos estilos, los que escriben del amor y los que indagan en la vida. Ahora, todos, al final se parecen en algo: siempre se creen el ombligo del mundo".

Fuente de la noticia: El País
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