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3 Diciembre 2016

El protagonista de Los estratos está casi siempre solo. Es el heredero de una empresa que se desmorona. Sus compañeros en el consejo de administración, compañeros generacionales de su padre, no hacen más que advertírselo: la compañía va de cabeza a la bancarrota. Pero él se mantiene impertérrito: evita esas comunicaciones, las atrasa, las elude, las achaca a reacciones histéricas. Y no hace nada: calcula los fondos que le quedan y los emplea en los asuntos más peregrinos, aquellos que decide sin pedir consejo ni encomendarse a nadie. Ni su esposa, ni sus acompañantes o amantes esporádicas. Tampoco tiene amigos, y sus contactos con la familia son curiosos y esporádicos. Acude a visitar a familiares menos favorecidos en lo económico y allí parece sentirse a gusto. Entre gente sencilla con existencias sencillas, entre comida exenta de sofisticación, entre charlas distendidas donde un familiar sicario relaciona los pormenores de su trabajo.

 

Y mantiene un recuerdo, la nana que le cuidó de pequeño, la que le contaba cuentos que calan en su memoria, obsesión que le llevará por los caminos más extraños: encargar su búsqueda a una psiquiatra reciclada en detective, aventurarse en una costosa búsqueda conradiana, episodio final del libro, relativo punto débil algo enajenado de una novela que es brillante y revela un autor inquieto y francamente eficaz en su escritura, una escritura entrecortada, carente de florituras y directa al grano.

Mientras conduzco enciendo la radio. Los locutores siguen con el tema de la lluvia y las inundaciones. Yo pienso en mi mujer. Quizás me confundí y era alguien que se le parecía mucho. El locutor ya no sabe cómo seguir exagerando, dice que el invierno deja imágenes escalofriantes. Se le acaban los adjetivos. Dantesco, dice.

 

Los estratos parece referirse a las distintas clases de la sociedad colombiana del pasado más reciente, y cierto es que nos encontramos de todo: la dominante, el poder, la pobreza que rodea y casi delimita los barrios, la gente que vive en las zonas de selva. El innombrado protagonista parece asistir a su funesto futuro con una desidia y una despreocupación absoluta. Ni siquiera cuando regresa a su casa y su mujer se ha esfumado parece registrar emoción, la misma que ha mostrado hacia amantes fijas y esporádicas.

 

Así comenzó la cosa. Ella me revolucionó. Me cuesta mucho hablar de esto, pero voy a intentar explicarlo: hasta ese día yo había tenido un trato más bien bovino con el cuerpo de las mujeres. Una cosa medio mojigata y burguesa. Ella no. Ella follaba como si fuera a morir al día siguiente.

 

Sin influencias obvias en lo estilístico, sin que en todo caso estas sean recientes (veo a Kafka y a Camus) en ese protagonista a la vez impávido y desinhibido, y a pesar de un recorrido final que pierde algo de fuelle, Los estratos, segunda novela, representa una excelente carta de presentación.

Fuente de la noticia: Un Libro al día
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