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12 Septiembre 2016

Os voy a hablar un poco de mí. Me considero una persona bastante concienzuda a la hora de elegir un libro. Suelo recorrer las librerías al menos una vez a la semana, echar un vistazo frecuentemente a todos los boletines de novedades de las editoriales, leer y releer blogs de reseñas y visitar los canales de mis booktubers favoritos. Así, poco a poco, me voy haciendo una idea de lo que quiero leer y cuándo. Normalmente, cuando compro un libro escojo alguno de los que aparece en mi lista de “pendientes” —lista que es como la hydra de mitología griega: por un libro que tacho, aparecen tres nuevos—¸ así voy rellenando meticulosamente mi biblioteca personal.

 

Pero hay veces en las que llega un libro inesperado. Ya sea en una librería, en un rastrillo o a través de una página web. Un libro que hace que te enamores de su portada, del resumen o del epílogo que lees por encima. Y ese libro inesperado hace que te olvides de tu lista, de tus prioridades y del orden preestablecido. Llega y te dice: “añádeme a tu biblioteca”. Y tú no puedes más que hacerle caso y llevártelo a casa. Algo así me pasó con Un verano en la Provenza. Dicen que no hay que juzgar a un libro por su portada, pero… seamos honestos, no me podréis negar que tiene una portada preciosa, con unos colores que invitan a sentarse debajo de la sombra de un gran árbol, en un día soleado de verano, con un gran refresco a nuestro lado y con el piar de los pájaros como única compañía. Yo he tenido suerte y podido leer el libro exactamente como os acabo de describir, disfrutando de cada página que iba pasando y desconectando del trabajo y los exámenes que se acercan peligrosamente; y ya, solo por eso, me alegro de haberme dejado llevar por el impulso, aunque sea por una vez.

 

Este libro habla de Monique, una periodista parisina cuyo mundo perfecto e ideal se viene abajo cuando un paparazzi le hace unas fotos comprometidas y las publica en todos los medios franceses. Movida por la angustia y la vergüenza, decide irse una temporada a la Provenza, a la casa de su tía, donde pasó todos los veranos de su infancia. Allí se reencontrará con viejos conocidos y con amores a duras penas olvidados, que harán que Monique se replantee su modo de vida y ordene su lista de prioridades. Pero también encontrará una nueva motivación: en un cajón desahuciado hallará un diario escrito por la antigua dueña de la casa. Entre sus páginas, ya roídas y amarillentas por el paso del tiempo, descubrirá una historia de amor sucedida entre bombas y cámaras de gas, cuyo fruto fue una preciosa niña que vivió avergonzada por haber nacido del amor entre una francesa y un alemán. Esta historia, desgarradora a ratos, le servirá a Monique de inspiración para lanzarse a escribir su primera novela.

 

Un verano en la Provenza es un libro sencillo, que se lee rápido y con avidez. A momentos tierno y a momentos erótico y salvaje, es ideal para dejarse llevar por las campiñas francesas y desconectar del mundo frenético en el que vivimos. Dicho en otras palabras, sirve para echar el freno;  para parar, respirar y olvidarse de todo. Olivia Ardey, de origen germano, ya es experta en esto: lo demostró en Dama de tréboles y Regálame París, donde el amor y el romance eran los ingredientes principales.

 

No sé si sigo siendo partidaria de que no se debe juzgar un libro por su portada o no, pero está claro que con este he acertado. Y, aunque este verano no me haya podido ir de vacaciones y nunca haya estado en la Provenza, Olivia Ardey ha conseguido transportarme a los campos de lavanda, donde los colores lila y celeste, como en la portada, son los protagonistas.

Fuente de la noticia: Libros y Literatura
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