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1 Agosto 2016
Con El ruido del tiempo, Julian Barnes pone en escena un drama con dos protagonistas: el músico ruso y José Stalin, en una relación simbiótica que tiene como signos el miedo, la represión y la sombra inmanente de la muerte.

El 26 de enero de 1936, el todopoderoso Stalin asiste a una representación de Lady Macbeth de Mtsensk de Dmitri Shostakóvich, en el Bolshoi de Moscú. El compositor se muestra intranquilo y, de hecho, dos días después aparece en Pravda un demoledor editorial que lo acusa de desviacionista y decadente; editorial aprobado o acaso escrito por el propio Stalin.

Son los años del Gran Terror, y el músico sabe que una acusación como ésa puede significar la deportación a Siberia o directamente la muerte. Pero Shostakóvich sobrevive, compondrá música heroica y patriótica durante la Segunda Guerra Mundial y el régimen comunista lo enviará como uno de sus representantes al Congreso Cultural y Científico por la Paz Mundial en Nueva York, donde repetirá, sin salirse jamás del guión, aquello que le dictan los comisarios políticos.

La historia de Shostakóvich y su relación con Stalin es reconstruida por Julian Barnes enEl ruido del tiempo, que va de los recuerdos de su infancia y su convulsa vida íntima, las relaciones con sus esposas, sus amantes y su hija, pero sobre todo aborda las dolorosas decisiones que tuvo que tomar en unos momentos históricos sombríos, indagando en el miedo y la culpa.

Esta breve novela, publicada por Anagrama, es un fresco de época –desde la llegada de Stalin al Kremlin hasta la muerte del músico, en 1975– y una suma de requiebros, actos vanos de valentía, colapsos, cobardías y preferencias.

Bajo el recurso de la ficción como estructura de la verdad, con El ruido del tiempo el escritor inglés pone en escena una mutación epocal, en la que Shostakóvich es una víctima de Stalin y luego de su sucesor Nikita Jruschov, que resume un ‘liberalismo’ que se pondrá en acto mucho después de sus primeros tanteos.

Si es cierto que la tragedia se repite como farsa, la tragedia del músico ruso fue admitir la intrusión del poder en su vida personal primero y la farsa fue repetir el gesto después, cuando existía la posibilidad de ceder el extremo de su cobardía para despejar un campo, donde suena el ruido del tiempo, y al que Shostakóvich siempre entendió como imposible.

Fuente de la noticia: ZonaLiteratura
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