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29 Noviembre 2006
En su nómina están Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Alfredo Bryce Echenique o Augusto Roa Bastos, entre el largo catálogo de firmas y las casi cien librerías que posee en Italia. Pero hasta llegar a cubrir el gran trecho del éxito ha tenido que sufrir un sinfín de vicisitudes. En 1972, Inge Feltrinelli tuvo que coger el timón tras la violenta muerte (según la leyenda, mientras ponía una bomba en un hotel de la convulsa Italia de los setenta) de su marido, Giangiacomo Feltrinelli, el hombre que levantó un imperio a partir de dos títulos: «Doctor Zhivago» (1957), de Boris Pasternak (años más tarde premio Nobel) y «El Gatopardo», de Tomasi Lampedusa.
 
Ese 1958 en el que Giangiacomo se hace cargo de la obra de Lampedusa es crucial en Inge. La por entonces fotorreportera Inge Schoental, una mujer inquieta que había nacido en la triste y necesitada Alemania de posguerra, acababa de regresar de Ghana. El editor Henrich Maria Ledig-Rowohlt le había encomendado otra de sus «misiones imposibles», consciente del arrojo de la joven a la que descubrió en Hamburgo. De hecho, cinco años antes de ese 1958, Rowohlt le encargó ir al encuentro de Ernest Hemingway en La Habana. El autor de «El viejo y el mar» era, a sus 54 años, una figura literaria de primer orden. Inge voló de Nueva York a la revuelta isla (se gestaba la «revolución» castrista) para convencerle de que debía cambiar de traductor. La directora general de Tusquets, Beatriz de Moura, recordaba ayer en Guadalajara -durante la entrega a la veterana editora del premio de la Feria al Mérito Editorial-, la estancia de Inge en «Casa Vigía, la casa del futuro premio Nobel, donde, por supuesto, no perdió la ocasión de fotografiarle tanto y cuánto pudo». Moura tiene una segunda imagen, «la de una jovencita (ella misma) en el extremo sur de América, hojeando un número atrasado de la revista «Paris Match», devorando con los ojos un reportaje fotográfico sobre el escritor». En una de las fotos, aparecía Hemingway «medio abotargado» al lado de una chica muy sonriente, «en short, despeinada». Los dos, escritor y reportera, aparecen «agarrados a un pez espada demasiado rígido y reluciente para ser verdadero».
 
Cita con el destino
 
Fue la primera vez que Moura vio a Inge ((luego tendría la ocasión de conocerla en Barcelona de 1965, en plena gestación de Tusquets), que, no obstante, tenía una ineludible cita con el destino tras su vuelta de Ghana. La intrépida Inge acude a la oficina de Rowohlt y allí se encuentra también Giangiacomo Feltrinelli, hombre tímido y taciturno que se esconde detrás de su inmenso bigote taciturno. El editor italiano queda prendado de aquella joven de pantalón corto y pelo despeinado que se había fotografiado con Hemingway. A partir de la fiesta que Rowohlt dio esa misma noche se convierten en inseparables hasta la trágica muerte del «mecenas» de «Doctor Zhivago». Inge no vaciló un instante: colgó la máquina fotográfica y se dedicó en cuerpo y alma a compartir activamente con quien sería su marido (hicieron «una boda rápida entre Zihuatanejo y la Baja California», en palabras del editor Tomás Granados) con el que tendría una carrera editorial que fue ampliamente aplaudida ayer en Guadalajara.
Fuente de la noticia: Diario ABC
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