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16 Abril 2016

'Gilliamismos' es el título, como él mismo dice, de sus "memorias prepóstumas".

Terry Gilliam (Minneapolis, 1940) pertenece a la categoría de gente extraña dedicada en cuerpo y alma a hacer exactamente lo contrario de lo que se espera de él. "Si algo es fácil no lo hago; si es imposible, lo intento", acostumbra a declarar a cuanto periodista se acerca para preguntarle, por ejemplo, por su siempre inacabada adaptación, o mejor lectura, de El Quijote. Lo que ha hecho ahora pertenece, sin duda, a su arsenal más personal de imprescindibles despropósitos. Gilliamismos (Malpaso ediciones) es el título, como él mismo dice, de sus "memorias prepóstumas". El resultado es un libro obligadamente ilustrado (sus animaciones, con o sin el pie de Bronzino, definen un mundo) y que se comporta ante el lector como la antimateria en los sueños más húmedos de los físicos. Cuentan estos últimos que de la unión de la materia con su opuesto surge algo similar a la aniquilación mutua que, cuidado, no debe confundirse con su destrucción. En efecto, ahí quedan los hiperenergéticos rayos gamma como testigos del acontecimiento. Pues bien, estas antimemorias producen el mismo resultado. Gilliam habla al lector completamente ajeno a lo que siempre se ha considerado una autobiografía. Los hechos, las opiniones, las obras realizadas y las reflexiones corren por sus páginas como auténticos fotones de alta energía empeñados en, de forma literal, fundir el cerebro de cualquiera que ose acercarse. Osen.

Dice Gilliam que el libro podría denominarse como "el Gran Robo Autobiográfico". "Una especie de persecución automovilística de mi vida hecha a todo trapo", aclara. Y concluye: "Los expertos tendrán que comprar otra cosa para sus mesas de centro". Y acierta. La primera mención a los míticos Monty Python, de los que él fue el sexto y ultraoceánico componente, aparece en la página 132, más o menos en la mitad del libro. Y cuando lo hace no es en un tono especialmente triunfal. Es lo que tiene la sinceridad en caída libre, que si da hace daño. "Parte de la violencia de mis animaciones para Monty Python nacía de la frustración de no poderme expresar con tanta claridad como el resto...", se lee a modo de herida. Y, de hecho, tras la primera frase viene la divertida y por momentos cruel deconstrucción del grupo que reinventó la comedia, toda ella. Por primera vez probablemente salen a la luz las tensiones de una formación dividida por "fallas geológicas" entre los educados en Oxford y los que enloquecieron en Cambridge. "De todos nosotros, el más atraído por lo nuevo, por lo exótico y extravagante es Eric [Idle], razón por la que nos hicimos amigos desde el principio. A Terry Jones y Michael Palin (esos dos pequeños roedores oxfordianos) me costó un poco convencerlos", se lee.

Gilliam no tiene ningún problema tanto en describir cada uno de los pequeños conflictos que guiaron la colaboración entre ellos (mención especial a las peleas por hacerse con el papel de director en Los caballeros de la mesa cuadrada) como su condición, cerca del complejo, de americano entre británicos. Eso y las sibilinas e intestinas luchas de poder. «Los Phyton eran bastante calculadores tanto en relación de sus contribuciones como con sus propias reacciones ante las contribuciones de los demás. Nunca empezaban con el material que más les gustaba y, en sus valoraciones, pesaban tanto las virtudes del material mismo como las alianzas del momento», recuerda.

Y así, de tropiezo en zancadilla, hasta la victoria final. Que no fue otra que La vida de Brian. Cómo el ex beatle George Harrison, rendido admirador del humor de los Python, salvó la producción de la película es sólo la introducción a la parte más brillante y gozosa de Gilliamismos. «Fue la película que más nos divirtió: sin duda alguna, es la que más improvisaciones tiene. Y cuando se estrenó y provocó tantos problemas, sentimos estar en el paraíso. El hecho de que los católicos, los protestantes y los judíos marcharan juntos en protesta por el tratamiento sacrílego de importantes temas religiosos fue como poner la guinda al pastel».

Hasta llegar aquí, Gilliam nos conduce por una infancia y una primera juventud que discurre desde lo más profundo de Minnesota hasta las convulsiones de Nueva York, Londres y Los Ángeles. Desde la redacción de la revista satírica Help (donde conoció a Robert Crumb)a los primeros trabajos para la BBC (de ahí surgiría el germen de los Python). De por medio, un viaje iniciático por España donde tuvo el privilegio de ser confundido con el mismísimo 'El Cordobés'.

Y así hasta llegar a lo que podríamos llamar el nacimiento de la conciencia política y, de su mano, artística. O al revés. "Como sexto miembro de un grupo humorístico, más de una vez me había preguntado si no estaríamos menoscabando la capacidad de la gente para cambiar las cosas", dice y en una cita de Juvenal nos recuerda uno de sus mayores logros: "Panem et (tal y como se llamó el inolvidable programa de los Python) Flying Circus". Brazil, su primera película como director, sería la consecuencia necesaria y la respuesta al «fundamentalismo del libre mercado de Thatcher y Reagan". La frase es suya. Lo que sigue es un apasionante relato en el que se mezcla la reflexión sobre lo que le motivó a completar al director de obras capitales como 12 monos una de las filmografías más proféticas e influyentes del cine moderno. Y todo ello salpicado de un rosario de anécdotas desopilantes. El encuentro con un absorbente y torturado Robert de Niro (acabó por trabajar en Brazil) tiene poco que envidiar en ridiculez al intento fallido de contratar a Marlon Brando para el desastre económico que supuso El barón de Munchausen. Y ahí que vemos al actor de actores, gordo, caprichoso y empeñado en demostrar al mundo de que aún era capaz de tocarse los pies. Eso por no citar a Hunter Thompson (del que adaptó Miedo y asco en Las Vegas) tan preocupado en que sus excentricidades ocultaran «su incapacidad para escribir nada relevante desde hace años".

Pero con todo, lo anterior no son más que anécdotas lanzadas como rayos gammas desprendidos del choque entre lo real y la antimemoria. Lo que importa es la lucha de un autor por defender el espacio exacto de su libertad en cualquiera de las situaciones (aquí, los Weinstein, que arruinaron el proyecto de los hermanos Grimm, o Hollywood entero que deglutió Tideland) y siempre empeñado en convertir su propia vida en la más apasionante de las aventuras. Su Quijote inacabado (ahora promete que volverá a ello en septiembre) le define, quiera o no, con la mayor de las claridades. Sólo movido por lo imposible. "Al echar la vista atrás, parece que mi vida ha consistido en una serie de círculos en bucle continuo... Ni siquiera quiero entenderlo, sólo sé que es así". Y promete con seguir. Contra sí mismo.

Fuente de la noticia: El Mundo
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