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30 Marzo 2016

Un joven de 22 años se acercó al escritor y marino Jack London para enrolarse en su barco, el que sería el legendario 'Snark'. "¿Sabe cocinar?". "Póngame a prueba". Así empezó una existencia repleta de aventuras que le llevaría por tierras ignotas de medio mundo. Ahora, Ediciones del Viento publica por primera vez en España 'Por los Mares del Sur con Jack London', sus apasionantes recuerdos.

Martin Johnson escribía la palabra así, con mayúscula: Aventura. Incluso la personaliza, como si fuera una amada esquiva: "En mis 20 años de existencia había ido siempre en busca de Aventura, aunque nunca la encontrara. Muchas veces, pensando que por fin la tenía entre mis brazos, ella daba un giro y como por arte de magia quedaba fuera de mi alcance". En efecto, desde muy joven la había perseguido, se había ido de casa y había llegado a cruzar el Atlántico en un buque ganadero. Por fin, en el otoño de 1906, cuando Martin Johnson contaba 22 años, se le presentó en todo su esplendor una Aventura que merecía la mayúscula con creces.

Era la posibilidad de hacer un viaje en barco alrededor del mundo nada menos que con... Jack London. London estaba a la sazón en la cima del éxito y la popularidad, cortejado y mimado por los editores. En los años inmediatamente anteriores ha publicado La llamada de la selva y El lobo de mar, y en ese 1906, Colmillo blanco; Martin Eden vendría más tarde y el nombre del protagonista sería precisamente un homenaje a Johnson. "Conocían el nombre de Jack London allí donde se congregaban seres civilizados, donde se leían libros", escribió Martin Johnson. Se entiende que para el joven aspirante a aventurero aquella llamada del mar de la mano del gran Jack London fuera un sueño cumplido. Y que, una vez concluido el viaje, sintiera la necesidad de contarlo. Lo hizo en el libro Por los Mares del Sur con Jack London, que acaba de sacar, por primera vez en España, Ediciones del Viento.

En el otoño de 1906 London estaba todavía construyendo el barco de vela (el Snark, por el poema de Lewis Carroll, claro) con el que pensaba dar la vuelta al mundo y buscaba tripulantes. Cuando Johnson se puso en contacto con él, la pregunta del escritor fue simple: "¿Sabe cocinar?". "Póngame a prueba", fue la audaz respuesta; y en lo que los telegramas iban y venían, Johnson inició un curso acelerado de cocina en el restaurante de un amigo. Muy pronto, el joven Martin estuvo con aquellos "amables bohemios" que eran el matrimonio London.

Las aventuras no esperaron a la botadura del barco. Ya la construcción de éste estuvo llena de avatares en un San Francisco recién sacudido por el terremoto. Los problemas de todo tipo se acumulaban y la salida se retrasaba una y otra vez. Aún así, el optimismo no decaía. London y Johnson se deshacían en elogios sobre las cualidades técnicas del Snark, capaz de navegar tanto en el océano como en ríos, lo que les permitiría adentrarse en tierra firme. "Todo aquello que ignoremos de los países por los que pasemos será porque no vale la pena conocerlo", decía ufano Jack London.

Pero la realidad no estuvo a la altura de los deseos. Los contratiempos siguieron sucediéndose una vez hecho el barco a la mar el 23 de abril de 1907, mucho más tarde de lo previsto, cuando los viajeros fueron despedidos por un grupo de admiradores convencidos de que jamás volverían a verlos. Los primeros veintisiete días de navegación "fueron los más alocados y caóticos que ningún ser humano ha experimentado", escribió Johnson. Entre otras cosas, el acelerado aprendizaje culinario de éste mostró todas sus insuficiencias. "Ninguna recién casada recurrió nunca al abrelatas con más asiduidad que Martin", escribió más tarde su mujer. De modo que, cuando por fin arriban a Pearl Harbor, se les ha dado por muertos.

Habían coronado la primera etapa de un viaje que culminaría en Australia apenas dos años después, lejos de los siete previstos y de su ambicioso propósito de circuncidar el globo. Pero que, como el de Itaca, estuvo lleno de experiencias y conocimiento. Hicieron surf y bucearon, se desviaron para seguir la ruta de un pájaro; Johnson hizo gran cantidad de fotografías (actividad a la que se dedicaba desde joven) y London aprovechó muchos ratos libres para escribir. Recorrieron lugares míticos que el imaginario occidental asocia al paraíso: Tahití, Bora Bora, Samoa, y comprobaron que sí, que aquella vida pacífica y elemental era lo más parecido al paraíso. "Ahora que estoy de regreso en Estados Unidos", escribe Johnson, "aprecio su vida ociosa y tranquila más que cuando me encontraba allí con ellos. El hecho de poder sentarse o echarse a dormir a la sombra de aquellos grandes árboles frondosos o de llevarse simplemente un libro para leer, siempre con fruta en abundancia al alcance de la mano y sin nada de qué preocuparse, es un auténtico privilegio".

Los London visitaron la Leprosería de Molokai, de la que dieron una visión menos terrible de la que se tenía. Y, por supuesto, todo el grupo siguió el rastro de Robert Louis Stevenson. En las Marquesas se alojaron en la misma casita de madera en que había vivido Tusitala, cuyo recuerdo perduraba entre los nativos; y más adelante, en Samoa, todos visitaron su tumba en Vailima.

La travesía del Snark acabó en Australia, con los London enfermos y separándose sus protagonistas; mas la historia de Martin Johnson no había hecho más que empezar. A su Aventura le quedaban muchos capítulos. Estos los escribiría su mujer, Osa, en La aventura de mi vida, que también ha recuperado Ediciones del Viento.

Martin y Osa se conocieron poco después del retorno del primero de su viaje con Jack London. A sus pueblos respectivos, en Kansas, les separaban unas pocas millas. A ellos, 10 años de edad y casi 50 centímetros de altura, todos a favor de Martin. La diferencia no fue un obstáculo para que se casaran enseguida. Pero a Martin no le iba lo de anclarse en una casa y en la vida familiar, y Osa era lo suficientemente joven e insensata como para seguirle adonde fuera.

De modo que se echaron al mundo, de nuevo a los Mares del Sur, pero sobre todo a África, para filmar la vida salvaje con el espíritu de los cineastas que se encontraron con King Kong. Osa se adaptó tan bien a la vida aventurera que los jefes de las tribus caníbales solían negociar con ella, tomándola por el jefe del grupo. Hicieron numerosos documentales e infinitas fotografías, de todo lo cual hay una magnífica representación en la actual edición. En el museo de Kansas dedicado a los Johnson y su legado, cuenta el editor Eduardo Riestra, les dieron todo tipo de facilidades para la edición y la reproducción de originales.

Con el tiempo, los Johnson se hicieron aviadores y siguieron volando por África. Como dice en el prólogo el que fuera presidente del Museo de Historia Natural de Nueva York, E. Trubee Davis, esta es una crónica romántica a la americana. Tan romántica que termina con la muerte temprana de Martin Johnson en un accidente aéreo. Al tomar ese vuelo, Osa reconoce que le hubiera gustado tener una casa. Pero añade que se habían tenido el uno al otro, "y en eso consiste realmente un hogar".

El editor, por su parte, afirma -y es fácil estar de acuerdo- que "uno lee esta historia y le gustaría que esa hubiera sido su vida".

Fuente de la noticia: El Mundo
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