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18 Marzo 2016

'Intrusos', su última novela gráfica, reflexiona sobre las las decisiones no tomadas a tiempo.

Adrian Tomine no es tan conocido como Chris Ware, el coloso de Omaha, el autor de Jimmy Corrigan, esa oda a la soledad del tipo raro y triste encerrada en poderosas viñetas, que marcó un antes y un después en la historia del noveno arte. Adrian Tomine tampoco es Daniel Clowes, el pope de lo indie y lo bizarro, autor del ya clásico Ghost World, y también, del perturbador Un guante de seda forjado en hierro. Pero podría decirse que Adrian Tomine y sus historias flirtean con uno y otro y se establecen en un territorio propio en el que reina la soledad y la multiplicidad de futuros posibles que acaban siendo uno solo porque se tomó una decisión determinada en un momento que quizá no era el más adecuado. Eso al menos se desprende de su último álbum ilustrado, Intrusos (Sapristi), su esperadísimo regreso tras Shortcomings, una suerte de carveriana novela gráfica que le valió el puesto de portadista más reputado del New Yorker, publicación para la que trabaja desde entonces, habiendo firmado portadas ciertamente memorables.

Tomine, que nació en California, y creció en Sacramento, vive hoy en Brooklyn, con su mujer y sus dos hijas. Una de sus dos hijas toma clases de ballet, y algo de ella hay en la monologuista sin verdadero talento (o puede que sí) de la penúltima de las historias, Triunfo y tragedia. Y algo de él mismo hay en el padre, obsesionado con la idea de proteger a su pequeña hasta el punto de tratar de impedir que suba a un escenario por miedo a que el ridículo acabe con ella. «Escribí esa historia cuando mi hija mayor empezó a ir a ballet. Me dio por pensar en lo difícil que es descubrir qué hacer cuando nuestros hijos empiezan a hacer cosas así, ¿debemos protegerlos o animarlos? Fue complicada de escribir porque básicamente me obligué a pensar en lo peor. En cierto sentido encerré mis peores temores como padre y marido en un cómic», explica. Está sentado a la mesa del comedor, en su casa, en Brooklyn, escribiendo. Es tarde, su mujer y sus hijas duermen, dice. En la cocina todo está un poco patas arriba porque no acostumbran a recogerla después de cenar, quizá mañana.

¿Es la idea del desvío, la idea de cómo haber tomado una decisión en vez de otra ha afectado a nuestra vida, el hilo conductor de la novela (gráfica) que tenemos entre manos? «Sí», contesta, aunque a renglón seguido dice que de eso va casi todo lo que se escribe. «En el caso de estas seis historias en concreto, podría decirse que lo que tienen en común todas ellas es que suceden en alguna clase de nebuloso escenario de mi pasado. A través de todas ellas he intentado llevarme de vuelta a casa. Todas suceden en alguna de las ciudades que visité de niño, en California. Obviamente, el tema y el punto de vista es distinto en cada una de ellas. También creo que el tema de la paternidad está por todas partes. En todas las historias hay alguna referencia a la relación entre padres e hijos, incluso en aquellas en las que es menos visible, como Amber Sweet», explica. En Amber Sweet, la protagonista es una chica que resulta ser misteriosamente idéntica a otra chica. El problema es que esa otra chica es una actriz porno. Y eso le complica bastante la vida.

«Decidí dar a cada historia un tratamiento distinto, a nivel gráfico. Después de Shortcomings, decidí que cada nuevo libro, o cada nueva historia, sería distinta. Estaría escrita y dibujada de forma distinta. Mi intención es que la manera en que cuento cada historia tenga que ver con lo que sea que cuento y a la vez sea distinto de todo lo que he hecho antes», asegura.

Así, hay blanco y negro, pero también color, microviñetas, y viñetas convencionales. Incluso historias en dos colores. Y otras contadas desde una primera persona que coloca al lector literalmente en la cabeza de la protagonista, una madre que viaja de Japón a Estados Unidos, de vuelta a casa, después de una pequeña ruptura. La acompaña el bebé, y lo que cuenta es lo que está escribiendo en su diario. «Escribí esa historia al poco de enterarme de que mi mujer estaba embarazada de nuestra primera hija, y trata un poco de lo que piensas que puede afectar a aquellos que te rodean el hecho de que te dediques al mundo del arte, o que tengas el impulso de crear todo el tiempo», dice.

En otra de las historias, puede que la más dura de todas ellas, un par de ex alcohólicos se enamoran pero el tipo tiene un pasado horrible del que intenta escapar, sin demasiado éxito. Los une su pasión por los Búhos, un equipo de béisbol, y precisamente será esa pasión lo que los separe. La sensación es la de que uno no puede escapar de su pasado. ¿Era eso? «Suena bien, pero lo cierto es que no tenía una idea clara sobre el tema de fondo. Eso sí, está basada en algo que recuerdo, una operación policial que tuvo lugar en Fresno, cuando era un chaval, y que es un poco lo que pasa al final de la historia», contesta.

Lo que nos espera, después de Intrusos, además de un puñado más de sus ya aclamadas portadas para el New Yorker son, pues, historias que nunca tendrán el mismo aspecto. «¿Mis maestros?», se pregunta, y responde: «He aprendido mucho de muchos dibujantes, pero los que han tenido un impacto más profundo en mi obra son Charles Schulz, Jaime Hernandez, Daniel Clowes y Chris Ware. Creo que se nota en lo que hago que he releído sus cómics un montón de veces».

Fuente de la noticia: El Mundo
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