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3 Marzo 2016

Julio Camba (1884-1962) fue un gallego de Pontevedra que se vino a Madrid joven. Como Baroja o Azorín tuvo vagas ideas anarquistas en sus inicios -conoció algo a Mateo Morral, el de la bomba regia- pero lentamente se fue haciendo más conservador -el clásico conservador liberal- dedicado al periodismo y a la vida mejor. Eso sí, nunca quiso tener mucho que ver con la Iglesia. Yo no diría que Camba, muy fino escritor, sea un humorista estricto aunque tiene vetas, es un hombre de talante elegante y vagamente distante que propende a verlo todo con gusto por la buena vida, con pespuntes de ironía y un sesgo de mundanidad refinada pero nunca vacía. Julio Camba fue un estupendo periodista -corresponsal en Londres, Berlín o Nueva York entre otros lugares- que hacía del periodismo literatura. La mayoría de sus libros se basan en sus artículos cuando, llanamente, no los recopilan con talento. También se podría decir (al modo de Ruano o de Chaves Nogales) que era un escritor que hallaba en el periodismo su excelencia. Siendo yo adolescente leí su libro Londres (1916), fruto de su estancia en la ciudad, y me encantó. Es cierto que ese Londres de nieblas densas y personajes a lo Sherlock Holmes, ya no existe. Pero el que quiera sentir viva esa época ilustre de la capital británica debe ir al libro de Camba, inexorablemente.

Su biógrafo lo llama "el solitario del Palace", porque desde 1949 hasta su muerte en febrero de 1962, Camba vivió en el Hotel Palace de Madrid. Hubo una época en que era moda distinguida vivir en un hotel, y para un periodista que se había recorrido medio mundo, la cosa no parecía en absoluto rara. Dicen que sus libros mejores son La casa de Lúculo o el arte de comer, de 1929 y La ciudad automática (1934) fruto de su segunda época en Nueva York . Ahora Fórcola -que se ha apuntado a la vindicación de Camba- publica un libro nuevo y sabroso, pues muchos de sus artículos nunca se habían publicado en volumen, Tangos, jazz-bands y cupletistas, lo que Camba escribió desde 1905 a 1961 (la mayoría hasta mediando los 20) sobre ese mundo del espectáculo alegre y la música ligera que es -dicen- la que de veras le gustaba al señor Camba, mejor que la llamada clásica. Por eso habla de guapas y seductoras cupletistas (como Cléo de Mérode, que le gustaba mucho) o de los negros del Bronx tocando jazz. Pese a que Camba se fue haciendo un gran desengañado, nunca le faltó el gusto del bon vivant, la pluma ágil y amena (Historia de una peseta) ni el gusto por dormir con antifaz. El libro, con unidad porque los artículos tienen ese eje de música vividora y alegre, es muy ameno y se lee placenteramente. Uno se percata con Camba que el buen periodismo es siempre literario y que son muy escasos los periodistas buenos que no sean escritores plenos de tecla y corazón.

Fuente de la noticia: El Mundo
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