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24 Febrero 2016

El diplomático, curtido en los años de los gobiernos de González, publica «La Transición exterior de España», dFrancisco Villar, donde repasa la exitosa singladura hacia la rehabilitación internacional del país, que, dice, contrasta con su pérdida de peso en los últimos años.

Fue uno de los «fontaneros» de la diplomacia española en los años de los primeros gobiernos de Felipe González, con el que ocupó la Dirección General de Organizaciones Internacionales y la Secretaría General de Política Exterior. Eran los años en los que se culminó el proceso de rehabilitación internacional de España. Ya jubilado, Francisco Villar (Salamanca, 1945) publica «La Transición exterior de España» (Marcial Pons), en el que repasa la recuperación del protagonismo de un país que partía del estigma de la dictadura franquista y llegó a convertirse en una potencia media de referencia en la Europa unida. El subtítulo de su obra afirma que se pasó «Del aislamiento a la influencia», algo que, lamenta, España está perdiendo en los últimos años.

-En su libro, distingue entre una «Transición interior» y otra «exterior» ¿Por qué esa distinción?

La Transición interior termina para mí con el Gobierno de Calvo-Sotelo, cuando se produce la alternancia. La exterior, que es un término que no he inventado yo, la doy por concluida a finales de 1988, cuando culmina la normalización internacional de España, que era el gran objetivo estratégico. Luego empieza una fase de influencia, delimitada por dos presidencias europeas, la de 1989 y la de 1995.

-Al final de ese proceso dice usted que España está ya en su sitio. ¿Sigue estándolo?

Sí, estamos en nuestro sitio, pero sí hay que plantearse si seguimos ejerciendo toda la influencia que podríamos. Hace ya algún tiempo que hemos perdido peso en las relaciones internacionales.

-¿A qué lo atribuye?

Se debe a varios factores. No se puede simplificar. A veces se dice que es que los últimos presidentes han estado menos volcados en la política exterior. Puede ser, pero no ha sido solo por eso. Sin duda ha pesado la crisis económica, que nos han dejado en peores condiciones para influir y también el hecho de que el mundo ha ido cambiando y se ha hecho más complejo. La Globalización se ha extendido desde la década de 1990 y en la Unión Europea, tras las ampliaciones, también se ha vuelto más difícil actuar. Pero no puede negarse que las oportunidades hay que saber aprovecharlas. En aquel periodo se hizo con las dos presidencias europeas. Ahora somos miembros no permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y tenemos que intentar ser un miembro activo.

«Este gobierno no ha sabido aprovechar lo suficiente las oportunidades»

-¿Cree que el Gobierno Rajoy no lo ha hecho?

Pues no lo suficiente. Es cierto que ahora el mundo es más complejo y es más difícil intervenir, pero las oportunidades hay que aprovecharlas y buscarlas, porque no llueven del cielo. Ahora el Gobierno está en funciones y no se puede desplegar la misma actividad, pero en los últimos años se nota una falta de presencia de España en comparación con la que teníamos antes. Es cierto que en el foro europeo se enfrentan muchísimos problemas. Pasamos la crisis económica, ahora se ha de hacer frente al desafío de los refugiados. La situación es compleja, pero en ese contexto a España se la nota ausente. No estamos en el núcleo duro, en el núcleo más integrador de la Unión. No estamos en la búsqueda de una solución para Siria. Y Daesh está allí, pero también en Libia, que queda mucho más cerca. Quizá sea que no se nos ha invitado, pero yo recuerdo de mi época en el ministerio que para estar había que pelearlo y eso es lo que se echa en falta desde hace algunos años.

-En el prólogo de su libro, Felipe González asegura que en los años de la Transición los españoles estaban demasiado volcados en sus disputas internas y por eso no se tenía una suficiente proyección exterior. ¿Es quizá eso lo mismo que pasa ahora?

Bastante de eso hay. Cuando habla de eso, González se refiere a la primera etapa de la Transición, a los gobiernos de UCD. Entonces era más lógico ese ensimismamiento porque se pilotaba una operación política tan compleja y con tantos riesgos como la Transición. No puede olvidarse que en 1981 sufrimos un intento de golpe de estado. Aún así, aquella fue una época en la que se luchó y se consiguieron cosas: se inició el ingreso en el Consejo de Europa, la universalización de las relaciones diplomáticas salvo con Israel, empezaron las negociaciones para la adhesión a las entonces comunidades europeas.

-¿Qué repercusión puede tener sobre su política exterior la situación de interinidad en que ahora mismo vive España?

No hay duda de que estamos en un momento complicado y no me atrevo a opinar mucho más allá. Lo que digo es que hace falta voluntad política para desarrollar un papel activo y que España muestre el peso que puede tener en los escenarios que han sido siempre prioritarios de nuestra política exterior, como el iberoamericano.

«Para los Estados Unidos, la democracia en España era secundaria; lo prioritario eran sus bases»

Ahí también parece que se está perdiendo un poco el paso. En el deshielo en Cuba, la presencia española no ha sido la más destacada.

Pues sí, esa es la impresión que da. Resulta bastante incomprensible que España no haya estado, si no en el máximo protagonismo, sí acompañando todo el proceso de normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos. ¡Pero si nosotros peleamos mucho tiempo porque se produjera ese acercamiento! Ahora observamos que de los países europeos es Francia el que tiene un mayor papel. Hollande ha visitado Cuba y Raúl Castro Francia. De nuestros dirigentes, el presidente Rajoy no ha ido nunca por allí y el ministro Margallo fue pero Raúl Castro no lo recibió. Dado el papel activo que hemos jugado tradicionalmente, todo esto te deja un mal sabor de boca.

-Recoge que, al morir Franco, la entonces Comunidad Europea exigió una plena democratización antes de negociar la adhesión, mientras que para los Estados Unidos eso era un asunto secundario. Lo prioritario para ellos era mantener sus bases en España. ¿Por qué esa diferencia?

Para la Europa comunitaria queda claro desde el momento fundacional que la primera condición para ser socio era tener un régimen democrático y respetuoso de los derechos humanos. Por eso todos los intentos por llamar a la puerta que se hicieron desde el primero del ministro Castiella en 1966 fueron inútiles. Todo lo que se consiguió fue un acuerdo comercial. En el caso de Estados Unidos la cosa fue diferente. Ya desde los años 1940 se había establecido una relación, al principio un tanto vergonzante, con la dictadura franquista. El inicio de la Guerra Fría hizo que EE.UU. antepusiera su interés estratégico por tener bases en España. Esto se mantuvo durante décadas e incluso durante los años finales del franquismo, tan duros como fueron, el presidente Gerald Ford y el todopoderoso secretario de Estado Kissinger visitaron Madrid y animaron al primer gobierno de la monarquía a no hacer demasiado caso a las presiones de la Comunidad Europea para que España se democratizara. La Administración Ford estaba muy influenciada por la Revolución de los Claveles en Portugal y temían que la inestabilidad se contagiara.

-En su libro juzga muy severamente los acuerdos de Madrid de 1975, por los que España abandonó el Sáhara. ¿Habrá alguna vez una solución para el pueblo saharaui o quedará siempre atrapado en un limbo jurídico internacional sin solución?

No soy optimista. Lo veo muy difícil. Las posiciones de las partes siguen muy, muy alejadas. Han pasado cuarenta años y la situación está totalmente cerrada y no se ve ninguna posibilidad de apertura.



-¿Cómo podría España contribuir a desbloquear el asunto?

No es fácíl. Cuando lo hemos intentado, nos hemos encontrado con recelos, por nuestra condición de antigua potencia colonial y por la forma en que abandonamos el territorio. No se atisba una solución, salvo que la parte saharaui renunciara a una independencia total y se conformara con algún tipo de autonomía interna dentro de Marruecos, que para ser creíble necesitaría garantías internacionales o incluso una vigilancia de Naciones Unidas por algún tiempo. La situación de África y de estados fallidos o casi fallidos en el Sahel hace que hoy día sea muy poco realista pensar en la viabilidad de un estado saharaui independiente.

Fuente de la noticia: ABC
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