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24 Mayo 2008

Juan Cruz Ruiz

Serena es un libro de cuentos que quiere acompañar la perplejidad de todos los descubrimientos, o al menos de aquellos que jamás se explican ni los niños ni los adultos. Fueron escritos con el propósito de ser leídos en silencio y siempre en una playa, a ser posible imaginada. Serena es una niña y Robien también lo es. Ambas son, con Inocente y con los padres de Serena y Robien, las protagonistas de estas historias que muchas veces son las historias de todo el mundo. Estos cuentos son un homenaje a la luz de una vela cuando está apagada, como quería Alicia. 

PRÓLOGO

EL DÍA EN QUE CONOCÍ A SERENA

Cuando conocí a Serena era casi la medianoche del 18 de junio de 1988, hace ahora veinte años. Y ella cumplía ocho años. Estaba rodeada de amigos y de parientes, y estábamos los dos, yo por casualidad, ella porque festejaba su cumpleaños, en un local llamado Utopía, en Las Palmas. Ella buscaba pasteles y postres, porque entonces era muy golosa, y yo tomaba whisky con mi amigo Diego Talavera en un rincón de ese local, que luego cerraron. Utopía era como un gran garaje en el que se mezclaba gente de todas las edades; tenían una música que variaba con las horas, y a esa hora de la medianoche ya empezaba a ser música para adentrarse en la madrugada. Rock, jazz, músicas estridentes y músicas tranquilas. Serena era morena y serena, como se dice en el libro, y por alguna razón familiar Diego la conocía, así que quiso presentármela. Yo accedí, quería conocer mejor a aquella persona tan menuda que en ese momento protagonizaba, sin duda, la fiesta más importante de la noche. Ella llevaba en la mano un vaso de plástico, de agua con gas o de limonada, y me invitó. Yo le dije que tomaba whisky, y ella hizo un gesto de gran disgusto con la boca, con los ojos y con la nariz, con toda la cara. «Aggg, qué asco.» Yo arrojé el whisky lejos de mí, y ella me empezó a ponderar las virtudes del agua con gas, que a partir de entonces tomo como un poseso. De hecho, y esto es un inciso, ese verano, en Cannes, adonde fui de vacaciones, me tomé un bocadillo de salami y un vaso de agua con gas, me acordé de Serena y fui profundamente feliz. Bueno, pues esa medianoche Serena me fascinó; me pareció una chiquilla fresca e inteligente, tranquila pero también inquisitiva, y me pareció que valía la pena cultivar su amistad, y no sólo para saber más de ella, sino sencillamente para saber más. Le pregunté si sería posible que siguiéramos hablando, y nos citó, a los dos, a Diego y a mí, para que fuéramos a su casa, o mejor, a su azotea, al día siguiente.

Ni que decir tiene que Serena era (es) canaria, de Gran Canaria, y su casa estaba en los altos del norte, en Aríñez, cerca de San Mateo, por Santa Brígida. Diego sabía el camino, y a mediodía del día siguiente, animados los dos por las sorpresas que era seguro que nos depararía el reencuentro con Serena, nos dirigimos hacia la iglesia de San Mateo, donde habíamos concertado la cita. A Serena la llevaría hasta allí el camión de su padre, y luego ella nos indicaría el camino hasta su casa, en Aríñez. Aríñez es un pueblo pequeño, donde los padres de Serena han vivido toda la vida. Se llega hasta allí por caminos un poco tortuosos, que fueron elegidos para convertirlos en el escenario de un rally automovilístico tradicional en Gran Canaria. Serena iba  vestida con los regalos que había recibido el día anterior, pero no recuerdo qué llevaba, sólo retuve el color de algunas de sus prendas, un color rojo muy vivo que concordaba con el rojo de sus mejillas, azotadas a la vez por el sol de la playa y por el frío de la madrugada en las cumbres. Ella nos llevó de la mano hasta el coche, y luego fue guiando a Diego en las maniobras hasta que llegamos a la casa. La casa era de varias plantas, y en la azotea estaba, decía ella, lo que más le gustaba: el sol, el aire, aquella sensación de que con un golpe de vista ella dominaba el mundo entero, hasta el final del horizonte.

Yo me entretuve desmenuzando mazorcas de maíz, y Diego hizo algunas fotos. En el salón de su casa había aún restos de tarta, y Serena encendió una vela enorme, también de color rojo, que luego ella misma apagó porque, dijo, quería celebrar el cumpleaños con nosotros. Allí me contó que se iba a Marbella, que tenía una amiga holandesa que la había invitado a su casa. Esa amiga era Robien.

Fuente de la noticia: El Boomeran(g)
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