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24 Mayo 2008

Un recorrido por algunas propuestas recientes en el mundo del pensamiento. Mayo del 68 es la estrella de la temporada

En el mundo actual", dice Boris Groys (Berlín oriental, 1947), "ya no hay que explicarse: si uno ha demostrado ser económicamente efectivo, todo está bien". Por el contrario, si uno no es económicamente efectivo, "de nada sirven las explicaciones, uno se derrumba". Para este filósofo, comisario de exposiciones y crítico de arte, que se formó en Rusia, donde trabajó como investigador hasta 1981, cuando emigró a Alemania, la época de las justificaciones ha terminado y el lenguaje no juega ya un papel de importancia vital. Por tanto: "Junto con la época de las explicaciones y las autointerpretaciones se ha derrumbado todo lo que pertenece a ella: el arte, la literatura y la filosofía".

No está de más situarse en ese paisaje de ruinas para acercarse a los títulos recientes en el ámbito del pensamiento, y así no dejarse llevar por ilusión alguna. Las cuatro conversaciones de Thomas Knoefel con Boris Groys reunidas en Política de la inmortalidad (Katz) no tienen desperdicio. Es el formato idóneo para acercarse a un pensador prácticamente desconocido en España y conocer su manera de abordar conceptos como los de identidad o tiempo, y saber también de su idea de la filosofía o de lo que entiende que está pasando en Rusia, en el mundo actual del arte, en la propia cultura.

Lo viejo y lo nuevo, el pasado y el presente: Mayo del 68 es, sin duda, la estrella de la temporada. Su recuperación sigue estrategias distintas. Una, disolver la eventual riqueza del suceso en unas cuantas fórmulas de consumo inmediato, que se desentienden de la complejidad de lo que ocurrió. La otra, la recuperación de las voces que estuvieron allí y la reapropiación crítica de las implicaciones políticas de la revuelta. La crónica escrita por Mavis Gallant en Los sucesos de mayo. París 1968 (Alba) es una excelente invitación a volver a las calles de París y enterarse de lo que allí pasó, algo que no resulta fácil cuando un acontecimiento ha sido tantas veces devorado por las interpretaciones. Luego están los distintos títulos de Acuarela & Antonio Machado en una colección específica donde ya ha aparecido Mayo del 68 y sus vidas posteriores, en el que Kristin Ross llama la atención sobre una cuestión: en los disturbios franceses (no hay que olvidar que en junio de ese año nueve millones de personas fueron a la huelga) se generaron una serie de prácticas "que expresaban una intensa dedicación a la política entendida como el interés de todos y cada uno de los individuos y no como el interés de los especialistas".

También André Glucksmann dice algo parecido: "En 1968, predomina un sentimiento insólito: la Historia depende de los ciudadanos". Y esos ciudadanos, cuenta después, han decidido tomar la voz desde el lugar de los más débiles coreando "¡todos somos judíos alemanes!". El problema de su libro, que firma junto a su hijo Raphaël, es que hace hablar al acontecimiento desde sus intereses actuales. Mayo del 68. Por la subversión permanente (Taurus) lleva en Francia el título Mai 68 expliqué à Nicolas Sarkozy, y lo que hace Glucksmann es digerir aquello para que sus conclusiones puedan leerse en el sentido que marca su afirmación de las primeras páginas: "Sin Mayo del 68, Sarkozy no existiría".

Al barullo que ha desencadenado la celebración de los 40 años de Mayo del 68 hay que sumar la presencia permanente (y conflictiva) del ruido del propio presente, un presente marcado con fuego por cuanto ha ocurrido desde el 11 de septiembre. Christopher Hitchens, el intelectual de moda en Estados Unidos, ha lanzado un incendiario alegato que arremete contra todas las religiones y reivindica el laicismo de la Ilustración. Dios no es bueno es un panfleto, pero muy revelador de la temperatura espiritual del país que vio derrumbarse las Torres Gemelas. De los derroteros que han seguido a la hora de gobernarlo Bush y su equipo de neoconservadores (Hitchens es uno de sus defensores) se ocupa Paul Krugman en Después de Bush (Crítica), donde muestra cómo la lucha contra el terrorismo es una de las pantallas que les ha servido para realizar una política nefasta que ha incrementado fatalmente las desigualdades y desencadenado una gravísima crisis. El enfoque de Pascal Bruckner es más distanciado. Lo que hace en La tiranía de la penitencia. Ensayo sobre el masoquismo occidental (Ariel) es sacar a la luz los mecanismos de culpa que impiden al mundo occidental defender, frente a otras civilizaciones, sus conquistas de libertad y la riqueza de su espíritu crítico.

Seguramente una de las propuestas más radicales e interesantes de esta última temporada sea la de una española, Beatriz Preciado. Su Testo yonqui (Espasa) no es sólo una finísima aproximación al régimen -"postindustrial, global y mediático"- que denomina "farmacopornográfico" sino la narración de su relación con la testosterona y de las transformaciones que esta sustancia desencadena en su trato con las cosas y las gentes. "El biocapitalismo farmacopornográfico no produce cosas", escribe. "Produce móviles, órganos vivos, símbolos, deseos, reacciones químicas y estados del alma. En biotecnología y en pornocomunicación no hay objeto que producir, se trata de inventar un sujeto y producirlo a escala global".

Para terminar este fugaz recorrido, en el que tanto queda fuera, una invitación para saborear algunas piezas de alta cocina intelectual. Hay un nuevo título de Clément Rosset en Marbot (Principios de sabiduría y de locura), están los ensayos de Giorgio Agamben en La potencia del pensamiento (Anagrama), la sugerente iniciación filosófica que Soren Kierkegaard narra en Johannes Climacus o De todo hay que dudar (Alba), y Gedisa está rescatando algunas pequeñas joyas de Georg Simmel, como su particular visión de Roma, Florencia, Venecia, su Pedagogía escolar o sus Imágenes momentáneas, esas pequeñas miniaturas que publicó en la prensa entre 1887 y 1907. En una de éstas, una niña le dice a su madre: "¡Qué desagradables son las vacas amarillas!". Y ella le contesta: "Sí hija, pero tampoco hay tantas". No queda contenta la niña. Y Simmel observa que aquella muchacha vivía un idealismo, "una noción de que el sentido o el sinsentido del mundo habita en las ideas que él produce y no en la cantidad de veces con que lo hace". No, la niña no sólo quería números, quería explicaciones.

Fuente de la noticia: El País
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