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2 Enero 2016

Un libro desvela las circunstancias de la muerte del jugador, que cambió la fama deportiva por la guerra.

Cuando era niño, a Patrick Tillman le dijeron que no tenía cuerpo suficiente para ser jugador de fútbol americano. Tiempo después ya medía 1,85 y pesaba 90 kilos, pero les seguía pareciendo insuficiente: le aconsejaron que se dedicara a otro deporte no tan físico, quizá el béisbol. Sin embargo, con esas dimensiones a «Pat» Tillman le alcanzó para convertirse en uno de los mejores defensas de la Liga de Fútbol Americana (NFL), un placador experto y sin piedad de aquellos que corrían a su alrededor.

Como la de tantos otros, su vida cambió un martes 11 de septiembre de 2001. Los atentados contra las Torres Gemelas lo pillaron en casa. Esa mañana quería dormir hasta tarde, pero un familiar lo llamó por teléfono diciéndole que encendiera la tele: el World Trade Center estaba en llamas. Todo ese tiempo expuesto en soledad a la barbarie del 11-S y a la imagen de aquellos que saltaban desesperados desde los pisos superiores le marcó y le hizo sentir indefenso.

Así fue como este jugador de fútbol americano decidió ingresar en el Ejército y acudir a la guerra, donde acabó muerto por fuego amigo y convertido en un símbolo de la sinrazón. Su historia, que sacudió la conciencia de cientos de americanos, llega en castellano con «Donde los hombres alcanzan toda gloria», un libro de Jon Krakauer publicado en España por la editorial Capitán Swing.

Pat Tillman destacaba como defensa de los Arizona Cardinals, un equipo de perfil medio por el que sentía bastante cariño. Era joven, bien parecido, pero no por ello un bruto que solo entendía de fútbol. Leía continuamente -admiraba a Noam Chomsky-, terminó la Universidad con un 3,84 sobre 4 de media y mantenía un diario desde los 16 años. En conclusión, Tillman no estaba hueco, había mucha inteligencia y curiosidad debajo de su casco y sus hombreras.

El libro escrito por Jon Krakauer trabaja con un material sensible, una verdad incómoda que el Gobierno de los Estados Unidos quiso maquillar para legitimar un conflicto que no tenía mucho sentido. El texto intercala la vida y los diarios de Pat Tillman con la escalada de violencia que llevó al 11-S. Leyéndolo da la impresión de que el atentado más brutal de la historia se veía venir, y que ni Bush ni su entorno dieron credibilidad a las amenazas de Al Qaeda.

En la vida de Pat Tillman el dinero era una cuestión secundaria. En su primer contrato profesional cobraba el salario mínimo de la Liga y, aunque era suficiente para vivir de forma holgada, nunca dilapidó ese dinero, sino que se matriculó para hacer un Máster de Historia. Antes incluso de entrar en el ejército, Tillman prefirió seguir en su equipo de siempre por 512.000 euros anuales (el salario mínimo para un jugador de cuarto año) que fichar por los St. Louis Rams a cambio de 9,6 millones de dólares -a repartir en cinco años- de los cuales 2,6 entrarían en su cuenta corriente nada más firmar.
Bin Laden

La guerra comenzó y las tres primeras víctimas estadounidenses fallecieron como consecuencia del fuego amigo: un problema con las pilas del GPS dirigió una serie de disparos hacia donde no debía. Fue una especie de aviso, pero Tillman no se dio por aludido. Su llegada al ejército fue una grata sorpresa para la administración Bush, que, pese a los esfuerzos del jugador por pasar inadvertido, «convirtió su aislamiento en una inyección de publicidad». Tillman era para los propagandistas de la «Guerra Mundial contra el Terrorismo» el americano perfecto, un hombre capaz de renunciar a su melena y a una vida en la abundancia para defender a su país en la guarida de Osama Bin Laden.

El jugador entró en el Ejército junto a su hermano Kevin y ambos fueron destinados a Afganistán. En su diario, Tillman no tuvo problemas en reconocer que había aspectos de la guerra que no lo convencían: «Una de las cosas que desprecio es observar todas estas armas en manos de críos. Por supuesto, todos comprendemos la necesidad de la defensa, (…) lo que no cambia el hecho de que un tipo joven a quien no confiaría ni mi cantimplora vaya por ahí armado».

Tillman tuvo varias veces la oportunidad de salirse del Ejército, pero decidió terminar los tres años de servicio militar que había prometido, rechazando un contrato de 3,6 millones de dólares en el equipo de su vida. Prefirió seguir y encontró la muerte en una misión al sureste de Afganistán. Muchos de los allí destinados fueron entrenados a la carrera y la mayoría de los que rodeaban a Tillman no habían participado jamás en un tiroteo.
Fuego amigo

El jugador de fútbol murió como consecuencia de los disparos de otro militar americano, que lo confundió en la lejanía con un posible talibán: «Cuando eres soldado te enseñan a que dispares donde tu jefe de escuadra dispara -explicó un compañero de división cuando le preguntaron por qué abrieron fuego sin estar seguros de a qué blanco se dirigían- (…). El sargento Baker disparó, y yo giré mi arma y vi algunas figuras en movimiento y disparé donde el sargento Baker y el resto estaban disparando (…). Sé que es una cuestión conflictiva por lo de identificar tu objetivo, pero el sargento Baker era uno de esos soldados magníficos. Así que si él disparaba a algún sitio, uno se fiaba».

Morir por fuego amigo fue una constante durante la guerra, unos incidentes que se investigaban poco y mal con tal de no poner en contra a la opinión pública. Y eso fue lo que ocurrió con Patrick Tillman, un jugador de fútbol americano cuyo sacrificio fue utilizado por la Casa Blanca y el Pentágono para ennoblecer la guerra. La investigación posterior y este libro desvelan muchas de las mentiras oficiales que rodearon la muerte de un hombre cuya escala de valores era muy distinta a la de los demás.

Fuente de la noticia: ABC
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