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11 Septiembre 2015

Narrativa extranjera. De la ironía a la melancolía, recomendaciones para todos los gustos y libros que vale la pena desempolvar de las estanterías.

Un romance hilarante de una escritora precoz de nueve años. Las fantasías de un septuagenario fetichista de pies. La vida de un aristócrata en un sillón sin hacer nada. Y esto es solamente una parte de la riqueza contenida en diez libros poco conocidos que merecen ser atesorados.

Las novelas en general se publican, tienen su momento de gloria y desaparecen. Para siempre. La mayoría tiene bien merecido su rótulo de “no resucitar”. Sin embargo, de tanto en tanto, una novela se levanta de la tumba para reclamar su fama tardía. Recientemente, hablando en el programa Today , Ian McEwan realizó un trabajo de resurrección para Stoner –una novela que recibió elogios modestos allá por 1965 y que no se reeditó durante largo tiempo. La crónica sombría, pero escrita exquisitamente por John William acerca de un profesor de segunda categoría en una universidad estadounidense de cuarta categoría llegó a ser novela del año en 2013.

¿Qué otras obras muertas y olvidadas se podrían desenterrar de las bóvedas polvorientas de la Biblioteca Británica? Cada uno tendrá su propia lista de resurrecciones pendientes: éstas son mis top ten (enumeradas del 10 al 1). No todas son lo que los críticos llamarían “grandes novelas” (un par de ellas sin duda lo son) pero garantizo que son grandes lecturas. ¿Y qué otra cosa se pretende de una obra de ficción?

10. “El callejón de las almas perdidas”
William Lindsay Gresham, 1946

Gresham se suicidó en 1962, solo, en una habitación de hotel de una noche. Tenía el bolsillo lleno de tarjetas de presentación que decían: “Sin domicilio. Sin teléfono. Sin actividad. Sin dinero. Retirado”. La novela de Gresham popularizó el término geek (bicho raro). Olvídese de Mark Zuckerberg. La historia sombría de Gresham gira en torno del “salvaje” de feria (alias “Monstruo”), el marginal infeliz empleado para arrancar de un mordisco las cabezas a pollos vivos en ferias itinerantes. Junto con Viñas de ira y ¿Acaso no matan a los caballos?, es una gran novela sobre la época de la Depresión estadounidense. Para leer y estremecerse. Y disfrutar.

Frase clave: “Un tercio de la vida lo pasas inconsciente, como un cadáver”.

9. “Los jóvenes visitantes”
Daisy Ashford, 1919
La joven Miss Ashford escribía novelas después del té y antes de acostarse (puntualmente a las seis y media) para deleite de su padre, un funcionario público de Whitehall. El padre copiaba debidamente las historias, manteniendo la pintoresca gramática y ortografía de su inteligente hija y los argumentos sorprendentemente precoces tomados de novelas románticas que dejaban por ahí sus hermanas mayores. La narración se inicia (sin olvidar el ubicuo (sic) después de cada una de las faltas de ortografía): “Mr. Salteena era un anciano de 42 años y le gustaba pedir a las personas que se quedaran con él. Viviendo con él, había una chica de 17 años llamada Ethel Monticue. Mr. Salteena tenía el pelo corto oscuro y una barba y un bigote que eran muy negros y retorcidos”.

Ethel tiene “un vestido de terciopelo azul que le quedaba bastante corto de mangas” (cabe sospechar, pues, que la pequeña Daisy tenía el vestido en cuestión). Es proclive a las miradas “torvas” y a un “tono irritable” cuando la enfrentan. Se vuelve más divertido. Y nunca nos engañemos pensando que las chicas de nueve años no perciben qué traman los adultos.

Frase clave: “Sin ti, mi vida serán uvas amargas y cenizas”. (Lo dice Mr. Salteena, cuando Ethel se va a casar a otra parte. El viejo lascivo tiene que arreglarse con una de las camareras del palacio de Buckingham: “una chica agradable de 18 con rostro rubicundo y ojos más bien aburridos”.)

8. “El libro del desasosiego”
Fernando Pessoa, 1991
Pessoa, en vida una figura menor en el mundo literario de Lisboa, mantuvo su cuerpo y su alma unidos durante toda su existencia por la servidumbre de la oficina. No fue una vida larga. Murió en 1935, a la edad de 47 años, de cirrosis. Era un “alcohólico discreto” –un discreto todo, en realidad–. Entre sus pertenencias se halló un baúl grande lleno de 25.000 hojas manuscritas.

Las hojas fueron compaginadas –más bien como los rollos del Mar Muerto– por un equipo de discípulos de Pessoa, que se las entregaron al mundo medio siglo después de la muerte del autor. No hay una trama, simplemente una serie organizada temáticamente de percepciones y epigramas de una gran perplejidad existencial –como por ejemplo, “¿Quién me salvará de mi existencia? Si no quiero la muerte, ni la vida, es la otra cosa”.

Frase clave: “Lo único que le he pedido a la vida es que pase a mi lado sin que yo la advierta”.

7. “Diario de un viejo loco”
Junichiro Tanizaki, 1961
Casi todos leemos las novelas con más intensidad en dos etapas de la vida. Primero al comienzo de la adolescencia –cuando vivimos con la nariz metida en un libro–. Después, ya avanzada la vida, cuando tenemos tiempo para “volver” a los libros que siempre nos prometimos. Me sorprenden en las librerías los estantes aparecidos en la última década que ofrecen “ficción adolescente”. Si sobreviven las librerías organizadas por secciones para recorrer (lo cual no es una certeza), no me extrañaría ver pronto estantes identificados como “novelas de viejos”.

La novela sobre un anciano (muy viejo) de Junichiro Tanizaki está ambientada en Tokio en los años 1950. El “viejo Loco”, el Sr. Utsugi está cerca de los ochenta. El autor rondaba los setenta y seis cuando publicó el libro, quedándole apenas un par de años de vida. Utsugi se deteriora –los últimos chispazos de su vida son una sexualidad “loca”: esa llama nunca muere.

En esta fase terminal de su vida, su lujuria geriátrica tiene como blanco a su nuera, que, a cambio de grandes cantidades de efectivo, le permite entregarse a su avasallador fetichismo de pies en sus diminutas extremidades. De tono sombrío y cómico, la novela de Tanizaki no menciona ni una sola vez la Segunda Guerra Mundial.

Frase clave: “No tengo el más mínimo deseo de aferrarme a la vida, pero mientras viva no puedo evitar sentirme atraído al sexo opuesto”.

6. “Reunión en el restaurante Nostalgia”
Anne Tyler, 1982
Hay novelas tan buenas que se las pasamos a otros para que las lean. Hay otras novelas tan buenas que las guardamos como una suerte de secreto, como el oro de Silas Marner en un hueco bajo el piso. Esta es para el hueco bajo el piso.

La novela adquiere la forma de un largo relato retrospectivo de la madre mientras yace ciega en su lecho de muerte. Con valentía, mantuvo lo que el mundo consideraría una familia estadounidense feliz. No lo era. La “unión” de la familia Tull sólo destila veneno. El único vástago amable, Ezra, abre un restaurante en el Baltimore natal de los Tull (territorio familiar de Tyler) al que llama tristemente “Restaurante Nostalgia”. De hecho su casa está enferma. La última vez que vemos a Ezra nos enteramos de que puede tener un cáncer pero tiene miedo de ir a ver al médico en caso de que sea cáncer. Tyler consideraba que era su mejor novela. Hasta ahora me parece que no ha recibido el elogio crítico que merece.

Frase clave: “Crees que somos una familia. Crees que somos una familia divertida salida de una comedia de situación cuando en realidad estamos divididos, somos partículas, desparramadas por todas partes y nuestra madre era un bruja”. Chan chan.

5. “Gallos de pelea”
Charles Willeford, 1962
Willeford alcanzó una fama tardía con sus novelas de suspenso de Hoke Mosley – que actualmente son clásicos del Miami noir . El consideraba personalmente que Gallos de pelea era su legado literario. Las peleas de gallos (que Willeford aprobaba totalmente) se presentan como algo arquetípicamente masculino (sólo pelean los machos) y la quinta esencia de lo estadounidense. “Como todo promotor de peleas de gallos sabe, el honesto Abe Lincoln fue árbitro de galleras”, nos cuenta la novela. George Washington era fanático. La gallera encarna el espíritu ambivalente estadounidense de manera tan simbólica como la corrida para Hemingway. Las peleas de gallos son ilegales en los Estados Unidos, pero siguen siendo muy populares, sobre todo en el sur. Al cerrar la novela, casi dan ganas de ver alguna de esas cosas horribles.

Frase clave: “Lo que importa no es qué idea defiende un hombre sino cuán profundamente la defiende” Ezra Pound. (Epígrafe de Gallos de pelea )

4. “The Ice House”
Nina Bawden, 1983
Esta novela debería traer una advertencia para bien de la salud de los lectores masculinos. “Incomodidad para los hombres garantizada”. El sumario personal en tres palabras, típicamente ácido de Bawden fue “adulterio en Islington” –una broma sobre la ridiculizada escuela de ficción del “orgasmo en Hampstead”. La principal línea argumental se entrelaza con tramas secundarias, todas orientadas a la misma visión amarillenta del matrimonio y el desagrado visceral que sienten las mujeres (todas, según entendemos) por los hombres. En la novela se dedica una atención penosamente persistente, para los lectores varones, a las propiedades antiestéticas de los glúteos masculinos desnudos (pero hirsutos), las panzas feas y la hediondez generalizada. ¿Carne de su carne? No para las señoras. ¿Y la “casa de hielo”? Una imagen de la fría prisión que representa el matrimonio para una mujer. Bawden eleva el desprecio femenino a la categoría de arte.

Frase clave: “Nació de segunda categoría”. (Vale para todos.)

3. “El sueño de la cámara roja”
Cao Xueqin, 1792
Esta novela ha sido recomendada como “el mejor punto de partida para una comprensión de la psicología, la cultura y la sociedad chinas”. Mao enseñaba que había que leerla cinco veces. Dos veces más larga que Guerra y paz , no es una lectura rápida (la traducción de Penguin Classics está dividida en cinco volúmenes, con el título de La historia de la Piedra ).

Tampoco resulta demasiado fácil de entender para los lectores occidentales. Comienza en el cielo con una piedra que solicita cortésmente que pasen a la tierra un sacerdote taoísta y un monje budista. Es así como nace un niño con un trozo de jade en la boca. La novela que sigue a continuación es una narración muy amplia y una masa profusa de episodios centrados en alrededor de 600 personajes –la población de un poblado pequeño– y la crónica del ascenso y ocaso de dos grandes clanes. Una experiencia de lectura extraña y fascinante. No obstante, necesitará cinco vacaciones si lo toma como su libro para la playa.

Frase clave: “La mejor novela china conocida hasta ahora” (John Minford, profesor de literatura china).

2. “Las afinidades electivas”
Wolfgang von Goethe, 1809
No es, a simple vista, una novela con mucho a favor en cuanto a fluidez de lectura. El significado del título podría ser una de las preguntas más difíciles en la competencia anual University Challenge. En alemán es como un trabalenguas: Wahlverwandschaften .

De todos modos, quien se anime a superar el alambre de púas del título, se llevará una agradable sorpresa. Lo que sigue es una novela breve y cristalina que plantea una provocadora duda cotidiana: ¿por qué nos enamoramos de algunas personas y no de otras? ¿Qué “química” actúa creando las simpatías y antipatías sexuales que determinan nuestras vidas?

El argumento de todas las novelas románticas es enunciado aquí con una precisión geométrica. Thomas Mann leyó cinco veces Las afinidades electivas antes de embarcarse en las perversas complicaciones de la crónica del amor que hace en Muerte en Venecia . Una sola lectura ya le resultará suficiente para convencerse de lo buena que es esta novela.

Frase clave: “El hombre es un auténtico Narciso; contempla con deleite su imagen en todas partes; y se extiende bajo el universo como la amalgama detrás del espejo”.

1. “Oblomov”
Ivan Goncharov, 1859
Por el precio (seis chelines, cuando compré la edición de Penguin Classic en 1957) es la novela más divertida y la más triste que se ha escrito. A fines de los años 1940 –un período peculiarmente frenético de la vida británica– el crítico V. S. Pritchett escribió un artículo ocurrente en torno de la paradoja de lo que llamó “el día ruso”. Seguramente tenía más que las 24 horas GMT, conjeturó Pritchett. Las clases altas rusas parecían –si tomáramos a Tolstoi, Dostoievski, Chéjov y Turguenev al pie de la letra– disponer de un tiempo incómodo. Los relojes avanzaban con más lentitud, las semanas se estiraban, los meses se arrastraban bajo el inmenso cielo ruso y en las infinitas estepas. La vida, para los Sasha, Pierre y Myshkin, parecía constantemente suspendida.

La novela de Goncharov transcurre en el período inmediatamente anterior a la emancipación de los siervos –un tiempo en el que, como en el sur estadounidense pre-bélico (“Pélame una uva, Beulah”), la servidumbre ya ha deteriorado toda la fuerza de voluntad de la clase que los tenía–. Goncharov llama la enfermedad rusa igual que a su personaje “Oblomovitis”. Oblomov es “un caballero de nacimiento y secretario colegiado por rango” que podríamos llamar más exactamente un holgazán de clase alta. Estar recostado es, de hecho, su principal ocupación en la vida.

Apenas pueden molestarlo para que abandone la cama (donde lo descubrimos al inicio de la historia) salvo para moverse pesadamente hasta su sillón y pasar el día allí, en su salto de cama, sin hacer otra cosa que esperar que llegue la hora de acostarse. Vive de los ingresos de una propiedad a más de mil kilómetros de San Petersburgo.

La propiedad está invadida por parásitos más energéticos de lo que él puede tomarse la molestia de ser. A Oblomov no le importa. No existe propietario más ausente.

La novela describe, con una longitud extraordinaria, la jornada oblomoviana. Come con voracidad y fastidia implacablemente a su infortunado siervo, Zakhar, que tiene una “lealtad ilimitada” hacia el amo a quien no obstante engaña (como todos) siempre que puede. Lo visitan amigos. Oblomov nunca devuelve la visita.

Este “sublime gandul” como lo llama Pritchett, es despreciable pero amable y hasta –perversamente– admirable. Encarna “la poesía de la procrastinación”. En el clímax (forzando un poco el término) de la narración de Goncharov –sin que le haya pasado nada, excepto atiborrarse de comida, holgazanear, discutir, sin trabajar y sin casarse (su amigo se queda con la muchacha, Olga)– Oblomov aparece años más tarde, viviendo ahora en circunstancias reducidas en el campo, todavía holgazaneando, comiendo, todavía serenamente en paz con su mundo. Lo atiborra, ahora, con comida más casera que en San Petersburgo, su ama de llaves, Agafya, que lo trata más como los campesinos franceses podrían tratar a un ganso particularmente valioso en Estrasburgo. Oblomov tiene un ataque cerebral y queda paralizado (¿acaso alguna vez no lo estuvo?) y cinco lentos años más tarde muere, mucho antes de los setenta; aunque sin duda sentía positivamente que había vivido como Matusalén. El aburrimiento alarga la vida.

© The Guardian. Traducción de Cristina Sardoy.

Fuente de la noticia: Revista de cultura Ñ
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