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4 Septiembre 2015

Fue el primer Premio Nobel británico (1907). Fue un autor aclamado, pero también discutido. Algunas de sus obras son clásicos de la literatura (y del cine).

A Rudyard Kipling le sucede que se entendía mejor con la vida si entre medias había un libro. Fue un autor exótico sin aceptar como conducta el exotismo. Un tipo tocado por la necesidad de escribir para fijarse mejor en el mundo. Las palabras fueron su toma de tierra. Y decidió vivir a pleno sol en la escritura, contando historias en cuatro novelas, en más de 800 poemas, en numerosos relatos, cientos de cartas y en unas memorias póstumas (publicadas en España por Pre-Textos como 'Algo de mí mismo').

Más allá del autor de 'El libro de la selva', 'Kim' y 'Capitanes intrépidos', más allá de esa literatura de la fantasía, más allá de la fama y el dinero, hay un hombre con el alero dañado. Un tipo que a los cinco años sufrió el maltrato de una cuidadora: "Recibía una paliza cada día... Empecé a leer todo lo que caía en mis manos, pero cuando supo que eso me gustaba a los demás castigos sumó la privación de la lectura. Fue entonces cuando empecé a leer a escondidas y a conciencia...", escribe en sus memorias.

Ese fue el origen de todo: la deficiencia de vivir cuando este ejercicio se parece demasiado al daño. Así levantó en su casa un primer perímetro de alegría, con los libros en la mano. Ahora se cumplen 150 años del nacimiento de Kipling y hay algo en él de casi olvidado, de casi icónico y mucho de desconocido. Tiene un ramalazo de galgo aristocrático y controvertido. Pero siempre tuvo el estímulo de los lectores de medio mundo. La Biblioteca Nacional le dedica una breve muestra bibliográfica que demuestra el interés que desde los años 40 ha despertado su obra también en España.

Colonialismo inglés

Kipling echó el primer vagido en Bombay, en 1865. Hijo de un funcionario británico de propensión flemática destinado en el Indian Education Department como profesor de dibujo, cerámica y escultura. Eran los días febriles del colonialismo inglés en La India. Y en ese ambiente de doble velocidad que imprime la aventura colonial creció el escritor, criado con mimo de pura sangre al que bañaran en leche.

De aquellos años de imperio le quedó un rastro algo desapacible que George Orwell denunciaba con ánimo urticante: "Profeta del imperialismo". Y aquellos dardos han pesado sobre su legado hasta dejar en penumbra una leyenda y una literatura. Sin embargo, sucede con Kipling algo raro. Uno de sus poemas, titulado 'Si...' fue escogido por los lectores británicos como el favorito, como el más popular: "Si puedes mantener la cabeza en su sitio/ cuando todos la pierden -y te culpan por ello-;/ si confías en ti cuando los otros/ desconfían -y les das la razón-;/ si puedes esperar sin cansarte, si no/ mientes cuando te vienen con mentiras/ ni odias a los que te odian y, aún así,/ no te las das de santo ni de sabio...".

Y es que Kipling, más allá de todo, es un poeta. Tiene en el verso la potencia que deja deshilada en la prosa. Un escritor eficaz, sin duda, que se contorneó en la redacción de un periódico, el 'Civil and Military Gazette de Lahore', el único periódico de la región del Punjab, puerta de acceso al subcontinente hindú por la mayoría de invasores. Kipling tenía 16 años. Sabía hablar y escribir el hindi. Entró de corrector, de lector, de lo que fuera. Publicó algunas crónicas y pocos cuentos. Y siempre consideró aquel periodicucho su campo de pruebas: "Yo no sabía nada y mi jefe tuvo que adiestrarme. No sé hasta qué punto mi aprendizaje le hizo sufrir, pero lo que llegué a ser, el hábito que adquirí en verificar fuentes y conseguir trabajar sin salir del despacho, se lo debo a mi jefe de entonces, Stephen Wheele". Pero también terminó desconfiando de los periodistas.
Le excitaba la trashumancia

Como reportero caminó por mil recodos de La India. La observó. La vivió. La amó. Pero siempre desde una percepción y una emoción sesgada por su óptica de modales victorianos. Por razones de espacio y buen gusto, Kipling comprendió que una vez testada su tierra (y La India lo era) era el momento de lanzarse al mundo, quizá compulsivamente. Birmania, Singapur, Hong Kong, China, Japón y de ahí a EEUU, donde desembarcó por primera vez en 1889, en el puerto de San Francisco.

De aquella expedición de meses quedaron varios cuadernos de apuntes, algunos relatos y un libro de viajes. Era ya un tipo imparable al que excitaba la trashumancia, ese sueño que todo viaje requiere. Como en su poema 'Si...' "Si sueñas, sin llegar a ser esclavo/ de tus sueños; si piensas, pero no te conformas/ con pensar; si te enfrentas al Triunfo y al Desastre/ y das el mismo trato a esos dos impostores;/ si soportas que tuerzan tus palabras para embaucar con ellas a los tontos;/ si se rompen las cosas a las que has dedicado/ tu existencia y te agachas a rehacerlas...".

Era ya un escritor consagrado, conservador, escéptico ante las reformas sociales. Viajó a Canadá y a Sudáfrica. Y poco a poco extremó sus ideas imperiales: "la democracia es un rebaño en movimiento"... "El socialismo es un sistema por el que un Estado estimula a los vagos a vivir sin trabajar"... De su viaje a Egipto y Sudán trajo la certeza de que "sin nosotros los nativos no habrán salido del robo y la barbarie". Este era sobre todo Rudyard Kipling.

A la vez, rechazó el título de poeta laureado, la Orden al Mérito y el título de Sir. No le agradaba la pompa y circunstancia de los reconocimientos gubernamentales. Pero sí aceptó el Nobel de Literatura en 1907. Era el primer británico en recibir el galardón. Y aún sigue siendo el más joven de los premiados: le llegó con 42 años "en consideración a su poder de observación, originalidad, imaginación, ideas viriles y un extraordinario talento para la narración". Por entonces se premiaban hasta las "ideas viriles". Aunque faltaba algo de lo mejor. De lo mejor de su escritura. En 1911 publocó el libro de poemas 'Hadas y recompensas', donde apareció por vez primera su poema más universal, 'Si....'
La muerte de su hijo

Rudyard Kipling había vivido ya el zarpazo de ver morir a su hija de cinco años en 1899. Pero aún le faltaba un último golpe de hoz. Era un escritor aclamado. Leído. Reconocido. Un 'best selle'r de antes de los 'best sellers'. Se instaló en Inglaterra. De su larga biografía quedan fijados muchos momentos literarios, pero él sólo recordará irremediablemente un instante vital. En 1914 tiene 50 años. La Primera Guerra Mundal viene dando gritos. Su hijo es rechazado como voluntario por miope y el padre logró que fuese al frente. Lo destinaron al norte de Francia, donde tuvo lugar la batalla de Loos entre el 25 de septiembre y el 14 de octubre de 1915. En 20 días murieron 50.000 soldados. Entre ellos el teniente John Kipling.

El escritor no superó aquello. La salud se le fue quebrando a la misma velocidad que se le gangrenaba el ánimo. Escribió otro libro más 'Epitafios de guerra': "Mataron a mi hijo/ mientras se reía de alguna broma./ Me hubiera gustado oírla pues pudiera serme útil para cuando falten las bromas". Vaticinó una Segunda Guerra Mundial. Y acertó. Continuó viajando. Siguió escribiendo. La úlcera que le perseguía desde los 40 años le hizo el último servicio: lo dejó seco en la madrugada del 17 al 18 de enero de 1936. A sus cenizas le hicieron hueco en el Rincón de los Poetas de la abadía de Wetminster, junto a Dickens y a Thomas Hardy. Alimentó a cineastas como John Houston y Viktor Fleming. Y Sinatra cantó uno de sus poemas. Eso es la gloria, exactamente.

Fuente de la noticia: El Mundo
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