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28 Mayo 2015

Título: El cielo oblicuo | Autora: Belén García Abia | Editorial: Errata Naturae | Colección: El Pasaje de los Panoramas | Formato: 14 × 21,5 | Páginas: 80 | ISBN: 978-84-15217-93-0 | Precio: 10 euros

«Le cuento a C que quiero escribir un libro sobre la maternidad, le explico que no me gusta clasificar, que no quiero hablar de literatura de mujeres, que los libros deben defenderse por sí mismos, sin clasificaciones ni etiquetas, y si me apuras, sin siquiera el autor. C me responde con un largo correo. Me gustaría que nos encontráramos en un café, esta conversación daría para muchas horas. Ella defiende la literatura de mujeres y leo en su correo: "Leer a las mujeres es leer nuestra voz, un deber con nosotras". Escribo para escuchar esas voces».

Pero este libro no es un ensayo, sino una «novela de la vida», como hubiera escrito Katherine Mansfield. Una novela breve y exacta sobre una mujer de este tiempo, sobre una no-madre de este tiempo que vive, reflexiona y escribe sobre ella y sobre nosotras. Sobre todos nosotros, en realidad. Mujeres y hombres.

Martín Gaite, Lessing, Garro, Colette, Lispector, Walker, Morrison, Ginzburg, Woolf, Mansfield, Plath, Welty, Munro, Nin, Duras, Némirovsky, Venturini, Yourcenar, Kristof, Müller, McCullers, Hustvedt, Ozick, Vicens, Dinesen, Pizarnik, Ocampo, Oates, Sexton. Apellidos sin necesidad de nombre propio. No sólo una tradición, una lista, sino muchas tradiciones, todas las tradiciones. Para las que pone rostro la imagen de cubierta, esta fotografía (mucho más que simbólica) de otra mujer: Francesca Woodman. Muerta muy joven, pero con una obra extensa y cuya intensidad es el pórtico perfecto para las palabras de Belén García Abia. Intensidad, emociones contenidas o desbordadas. Inteligencia narrativa.

«Mi ginecóloga no sabe que voy a escribir un libro sobre mi no-maternidad, tampoco sabe que aparece en él; ella y su cara de desprecio. (...) Escribo sobre mi pequeño dando vueltas en mi sala de espera, sobre mi útero vacío, sobre mi no-concepción, sobre mi ángel de la guarda, sobre Yerma (...) sobre que hemos nacido para ser madres y no lo somos, que nos han parido para ser madres y no lo somos».

La Anunciación

Comienzo el libro con la aparición de un ángel. Estoy durmiendo, entreabro los ojos y ahí está, de pie frente a mí. Es un clásico ángel católico: túnica, pelo largo, alas con plumas. La cara parece de cera, a veces de porcelana.

Da miedo a pesar de que tiene un gesto amable. Extiende los dos brazos, abre las palmas de las manos. En la mano derecha se amontonan infinidad de textos y cuadernos. En la izquierda, un feto de unos nueve meses. Me levanto y me sitúo frente a él. Casi puedo tocar las puntas de sus dedos. Me acerco y recojo mis textos. Dejo que se guarde de nuevo al bebé bajo su túnica.

Lo que busco al empezar el libro con esta imagen es darle un aire de irrealidad para que el lector no mezcle las voces de la narradora y la autora. Es una estrategia de huida.

Escribo para dejar de ser yo.

Se lo cuento a L. Ella cree en los ángeles pero no cree en que haya que decidir entre dos cosas. Le parece un poco estúpido ese ángel. Creo que también le parece estúpida mi idea pero no lo dice.

Escribo para explicárselo. Para explicármelo.

L cree que todo lo que sentimos y creemos tiene su fiel reflejo en el cuerpo. Que es un espejo de lo que realmente llevamos por dentro. L me explica que la presencia de miomas tiene que ver con la incapacidad de crear.

Escribo:

Debo de tener un nudo en el útero, eso debe de ser, un nudo fuerte que no permite que nada salga de mi vientre.

Cuando la ginecóloga me informa de las dimensiones de mis miomas -uno de dos y medio, otro de cuatro-, lo hace con desprecio. Le pregunto posibles soluciones, intervenciones, y el rencor le llena la cara, la boca, la mueca y me escupe un «lo», un «para lo que va a servirte a tu edad», y pienso en cómo mi nohijo y mi dolor caben en una palabra tan pequeña, en un «lo» insignificante.

Lo, lo, lo.

Escribo:

Marcas de mordiscos en los pechos, en un costado.

Mordeduras pequeñas, todo me hace pensar en ratas.

Mientras hablo suben por mi cuerpo y me muerden.

Una rata se cuela en mi vagina y me desgarra por dentro.

Quiero que me coma entera,

quiero que me vacíe

y así no tener que amar fuera de mí.

En realidad vi al ángel. Tan sólo recuerdo su piel, parecida a la cera o la porcelana y las puntas de sus dedos próximas a mi cuerpo

Fuente de la noticia: El Boomeran(g)
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