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24 Abril 2015

El Día del Libro muestra la salud de hierro de un viejo artefacto cargado de palabras.

Poco tiempo después de haber sido armado caballero andante, Don Quijote fue brutalmente apaleado. Su sobrina, preocupada por los derroteros por los que empezaba a discurrir la vida de su querido tío, resolvió que la culpa de todo la tenían los libros de caballerías, que le habían trastornado el juicio y quitado la cordura. Así que le rogó al cura del lugar que se deshiciera de todos esos mamotretos. Cuando este le pidió al barbero que le fuera acercando uno a uno los libros para ver de salvar alguno, intervino la sobrina con rotundidad: “No”, le dijo, “no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han sido los dañadores: mejor será arrojallos por las ventanas al patio y hacer un rimero dellos y pegarles fuego; y, si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, y no ofenderá el humo”.

Quizá pueda entenderse que la sobrina quisiera quemar todos los libros de Don Quijote. Algo de razón tendría cuando les atribuía parte de responsabilidad por los dislates que desde hacía poco había empezado a cometer aquel modesto hidalgo, convertido de pronto en un valeroso caballero que se había lanzado al mundo a “desfacer agravios”.

Y es que los libros tienen ese extraño poder. Son capaces de invitarte a vivir otras vidas o colaboran, simplemente, para que vivas la tuya con mayor hondura e intensidad, con más desasosiego o con más alegría, con más preguntas o con más respuestas. Porque del mismo modo que la vida está llena de cosas buenas y malas, así también los libros no se libran de contener las hazañas más nobles y las más perversas ignominias. ¿Habrá que quemarlos, entonces, como sugería la sobrina, para espantar toda locura?

De nada serviría. Siempre habrá quien acuda a la lectura para entender mejor las cosas o para buscar consuelo, para buscar argumentos para su rabia o simplemente por placer. Ayer se celebró el Día del Libro. Los agoreros dicen que las nuevas tecnologías lo están liquidando, y que cada vez se lee menos. ¿Seguro? Podrán cambiar los soportes y las modas, se reorganizará el reinado del papel y casi todo será digital, pero esa llama que se esconde entre las palabras y que incendió a Don Quijote permanecerá siempre indómita. Por mucho que se afane la sobrina.

Fuente de la noticia: El País
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