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22 Abril 2015

Rosario Raro novela la huida de miles de judíos por la legendaria estación ferroviaria internacional en 'Volver a Canfranc'.

Desde 1970, cuando los franceses suspendieron la circulación de mercaderías por la vía férrea por inviabilidad económica, que cría fantasmas, cristales rotos y desolación. Pero aún hoy la Estación Internacional de Canfranc, Huesca, encajonada entre latas laderas de mil metros en el Pirineo Aragonés, impresiona como una catedral abandonada. Catedral en la bien se puede rendir culto a la convulsa historia del siglo XX, porque de los muros del imponente edificio de 250 metros de largo que funcionaba de aduana, de sus dependencias y de su doble fachada de enlace entre las vías férreas francesas y españolas, resuman miles de historias reales que ponen a prueba credibilidad del narrador más verosímil.

"Me di cuenta de que aquí no había una novela, sino treinta", dice Rosario Raro (Castellón, 1971), filóloga, profesora de escritura creativa y autora de un puñado de obras de tirón entre el gran público: 'Perder el juicio', 'Los años debidos', 'Finlandia' y 'El alma de las máquinas', entre otras; y no es para menos. Inaugurada en 1928 por Alfonso XIII, para los años del gobierno Vichy Canfranc era un hervidero de espías, entre miembros de las Resistencia, partisanos, refugiados judíos, oficiales de la Gestapo, y espías aliados que se comunicaban desde allí con el alto mando en Londres, a través de la embajada británica en Madrid. Y como en Casablanca, todos ellos compartían tragos en el mismo sitio, no el Rick's Bar, sino en la Fonda Marraco de Canfranc.

Y el comentario de la autora no es ninguna exageración, porque hasta la ocupación alemana de la Estación Internacional (desde noviembre de 1942 hasta la retirada en el verano del 44), a pesar de que la instalación se sitiaba en territorio español a ocho quilómetros de la frontera francesa, la línea que atraviesa la montaña por el largo Túnel de Somport, era conocida como "el tren de la libertad" para los miles de judíos que huían del Holocausto (algunos investigadores hablan de más de 15.000 personas fugadas a través de los Pirineos). Y eso no es todo, porque se sabe que el oro del expolio nazi (según el investigador Ramon J. Campos, hasta ocho toneladas) circuló por los mismos rieles rumbo a Lisboa y de allí al nuevo mundo. E incluso fue una de las principales vías de escape de los mismos nazis al final de la guerra.

Quien abre la veda de ese tesoro para novelistas es Raro, con 'Volver a Canfranc' (Planeta), una lograda obra de ritmo trepidante, a medio camino entre novela de espionaje, aventuras y romántica, sobre el flujo de refugiados judíos tras la ocupación alemana de la estación en 1942 esa vía, que tiene muy poco de ficción. De hecho el gran héroe de la epopeya, Lauren Juste, jefe de aduana y responsable de la estación, no es otro que Albert Le Lay, el personaje histórico que salvó a miles de judíos al igual que su par el funcionario Ángel Sanz Briz desde la embajada española de Budapest (incluso ambos se conocieron después de la guerra).

"Me impactó la talla moral de este hombre que cumplía una función tan proclive al soborno, cuando descubrí un personaje real cuyo lema era: sólo tenemos una vida, pero podemos salvar muchas", explica la autora, que se llegó a entrevistar con el nieto de Le Lay. "El mejor motor de una novela es la obsesión", reconoce Raro, y tras cuatro años de concienzuda investigación nació 'Volver a Canfranc'. El título remite a la respuesta que le daría el Jefe de Aduana al mismísimo De Gaulle cuando le ofreciera una cartera de gobierno tras la contienda. "Emociona entre tanto arribismo encontrar alguien discreto que no quiera ser ministro, sino salvar vidas", dice Raro.

Lo cierto es que tampoco hay mucha ficción entre los personajes anónimos que despliega su novela: Jana, una camarera zaragozana experta en la falsificación de visados y salvoconductos; Durandarte, el contrabandista y bandolero que toma partido por los refugiados, de quien se enamora la muchacha; el temible oficial de las SS Gröber que pone en jaque las operaciones clandestinas de salvataje de la Estación...

Ni siquiera los cameos de las celebridades de la cultura como Alma Mahler, Marc Chagall, Heinrich Mann (el hermano del escritor) o Josephine Baker. Miembros de la intelectualidad judía de la época que, en efecto, huyeron del horror nazi, por Canfranc. "Licencias me permito pocas: hago coincidir en el tiempo a alguno de ellos, que en realidad cruzó la frontera poco antes de la ocupación alemana, o imagino a Baker bailando el charleston en el vestíbulo de la estación, pero no mucho más", explica Raro. Porque incluso hasta la técnica para vulnerar la vigilancia nazi y colar los judíos al tren español de Juste en la novela es la que utilizó Le Lay en la vida real. "sobre las operaciones clandestinas de Canfranc lógicamente hay muy poca documentación, pero se sabe que Le Lay simulaba caídas de tensión y apagones para pasar judíos", explica la autora.

De allí que el trabajo de Raro fuera más bien de "contención" de las incontables e increíbles historias humanas documentadas que el de la pura invención. "La literatura exige verosimilitud, la vida real no", concede. "El desafió fue construir la secuencialidad y, por lo demás, de las metáforas antes tantas líneas argumentales", explica en relaciona asa profusión de historias reales. Pero cuidado, porque no todas son heroicas o agradables. "Las situaciones extremas sacan lo peor y lo mejor del ser humano, y en Canfranc eso se pudo ver con lupa. Hay quienes se enriquecieron comportándose como depredadores o aves carroñeras al saquear y asesinar judíos que intentaba cruzar la frontera", concluye la autora.

Fuente de la noticia: El Mundo
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