generico informar a su mdico acerca de los remedios a base de hierbas, vitaminas y aditivos si se da el caso.
17 Abril 2015

Título: La virtud de Checchina | Autora: Matilde Serao | Posfacio: Natalia Ginzburg |  Traducción: Pepa Linares  | Ilustración: Alice Provensen  | Editorial: Ardicia  | Formato: 13× 21 cm. | Páginas: 92 | ISBN: 978-84-942916-6-1 | Precio: 14,00 euros

Checchina, esposa de un grosero médico romano, ve transcurrir sus días en la discreta monotonía de una apacible vida burguesa, ajena a cualquier preocupación que no sea el mantenimiento de la casa y lidiar con su incapacidad para imponerse a su criada, la beata Susanna, y a las confidencias amorosas de su amiga Isolina. Pero su aletargada feminidad irá despertando al descubrir el encanto de lo mundano a raíz de un encuentro casual con el seductor marqués d'Aragona.

En La virtud de Checchina (1883), Matilde Serao consigue que la bondad innata de su protagonista, con todos los reparos y vacilaciones que condicionan continuamente sus acciones, establezca una inmediata empatía con el lector, que no puede más que dejar escapar una sonrisa y conspirar con esta peculiar Emma Bovary italiana en la siempre postergada realización de sus deseos.

«Un precioso ejemplo de las posibilidades del arte cuando se ejercita con libertad.» Henry James

I

Salió a abrir Susanna, la criada. Llevaba un vestido descolorido de lanilla gris, recogido en las caderas, que dejaba ver una enagua raída de algodón oscuro; el delantal de tela gruesa estaba salpicado de manchas grasientas; sostenía en la mano una bayeta maloliente. Al entrar, Isolina puso una mueca de disgusto.

-¿Está Checchina? -preguntó.

-Está -respondió Susanna, apretando sus finos labios de beata.

-¿Y qué hace?

-Limpiamos los muebles con petróleo.

-¡Iba a decir que vaya peste! ¿Es que no os ponéis malas, vosotras?

-El olor a petróleo no hace daño.

-Ve a decirle a Checchina que estoy aquí, que tengo que hablar con ella en seguida, ahora mismo -dijo, sacándose del bolsillo un pañuelo muy perfumado de Jockeyclub para taparse la nariz.

Susanna se marchó encogiéndose de hombros, con un breve gesto de desdén.

Isolina, que se había dejado caer en el sofá de cretona amarillo pálido con flores rojas, muy duro y con el respaldo recto, contemplaba distraída el salón. Había cuatro butacas pequeñas tapizadas con una tela parecida a la del sofá y unos pañitos cuadrados de ganchillo para proteger el respaldo de la brillantina de las cabezas; todas alrededor de una mesa redonda de mármol blanco. En el mármol, sin tapete, un posalámparas de gutapercha rojiza y un quinqué de aceite pasado de moda, sin tulipa. Además, seis sillas de madera negra y descolorida, que siempre parecían polvorientas, un estante cubierto de mármol gris, en el que se veían seis tazas de porcelana blanca, la cafetera y el azucarero; dos cajas de peladillas vacías y viejas, una de raso verde claro y otra de rafia con borlas; un platillo de frutas artificiales, también de mármol y de colores vivos, con el higo, la manzana, el melocotón, la pera y un racimo de cerezas; una mesita de juego, cubierta de un paño verde, con las piezas laterales plegadas; y en la única ventana, unos visillos de tul bordado muy transparentes, muy finos, con unas tiras de cretona.

Fuente de la noticia: El Boomeran(g)
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