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24 Marzo 2015

El escritor y columnista escribe un áspero retrato de la Transición en 'Un árbol caído'.

"Yo he sido brillante, ingenioso, irónico... Eso lo tengo por naturaleza, estoy dotado. He hecho libros dedicados a exhibir mi gran talento. Ahora llega el momento de dejar de exhibir el talento y de tenerlo. Ya no es cuestión de ponerme en el borde de la piscina y hacer posturas, ahora me tiro y tengo que llegar al otro lado. Que los personajes hablen, ellos y no yo... ¿Mis libros antiguos? No los detesto, me dan ternura. Los veo como el que ve una foto suya de crío y piensa: 'Mira este chaval, qué necesidad de gustar tenía'"

Todo es verdad. A Rafael Reig lo teníamos todos por un tipo gracioso: aquellos artículos judiciales en 'El Cultural', aquel 'Manual de literatura caníbal'... Ahora, sorpresa, Reig entrega novelas asperísimas como 'Un árbol caído' (Tusquets). "Es un proceso de maduración. Mis últimos años consisten en un entrenamiento hecho para ser capaz de escribir cosas que no pensaba se pudieran escribir. ¿Un personaje con síndrome de Down? Le hubiera dicho que es imposible. Pues mire, aquí la tiene, lo he escrito, y éste es un libro con una emoción más profunda".

Lourdes, el personaje con Down de 'Un árbol caído', es el contrapunto en una historia sobre insoportables burgueses 'progres' de una urbanización de chalecitos al norte de Madrid. Reig los atrapa en 1979, con Suárez, y los retoma en 2003, con Aznar.

O sea: el mismo escenario de 'Romanticismo' de Longares o de 'La caída de Madrid', de Chirbes, por ejemplo. Sólo que 'Un árbol caído' es aún más oscura. Ningún personaje merece nuestra simpatía, si acaso Lourdes. "La vida no es complaciente, es áspera. Y yo no escribo para caer bien. Ya no". Todos, a su manera. triunfan en algún momento: un premio Planeta, una escaño, una portada en 'El País Semanal'... ¿Es que no hay éxito sin culpa? "Creo que no. La idea que resume esta novela está en el momento en el que el narrador aprende lo que es una contabilidad doble. No hay deuda si no hay acreedor, no hay vencedor si no hay derrotado".

La otra clave de la novela es la crudeza con la que aparecen retratados todos esos ingenieros, economistas y arquitectos que siempre se tuvieron por gente de izquierdas, enrollada, maja, porque les gustaba Machado y llevaban a sus hijos al Liceo Francés. "Hace mucho que no quiero ser como ellos. Soy un caso raro de desclasamiento hacia abajo. Nací burgués y llevo vida de proletario. Me espanta eso de los bohemios burgueses, esa idea de que el compromiso reside en tener un Volvo en vez de un Audi".

Uno de los protagonistas pijos-progres de 'Un árbol caído', Pablo, es escritor, un escritor malo y solemne. Reig, puesto a cargarle con los peores atributos que se le ocurren para un colega, dice de él que hace novelas innecesarias y poco sinceras y que tiende a echar culo. "No decir la verdad, o, más bien, elegir no decir la verdad... Eso ya tiene pecado". ¿Y lo de las novelas necesarias? "Necesarias son las novelas que dicen algo que tiene que ver con el lector, no con el autor. Y eso es algo que la novela contemporánea cada vez olvida más... Volvemos al tema del exhibicionismo: ¿qué autor que se dedique a exhibirse es necesario?". ¿Cabrera Infante, por ejemplo? "Bueno, Cabrera Infante, al principio deslumbra con los juegos de palabras: una página, dos páginas, un capítulo; luego hay que aguantarlo".

En cambio, Reig no dedica una sola línea a retratar a los cuñados falangistas, a los comisarios fachas y los curas violadores que son tan recurrentes en estos casos. "Hubiese sido muy fácil. Muy complaciente: contar la maldad de los malos no tiene ninguna gracia. A mí me interesa la maldad de los buenos, la de los míos. Además, es muy fariseo eso de enseñar una foto de Wert y hacer aspavientos para decir 'mirad a Wert y ahora miradme a mí. Soy bueno, ¿verdad?". Bueno: Reig fue jefe de opinión en el diario 'Público', cuya gracia consistía en eso, ¿no? "Sí, es verdad. Pero siempre fui un raro, iba a contracorriente. Y así me fue. Ahora, en 'El Diario', me pasa lo mismo".

La conclusión, al final, es la de siempre: vaya país. Y sí, vaya país, pero como todos. Porque al lado acaban de votar al Frente Nacional. "No es lo mismo. ¡Mire el presupuesto en ayudas a las librerías!", dice Reig, que lleva un año y medio metido a librero de pueblo. "España, como país europeo es un caso fallido clarísimo. Y como país árabe... también fallido, porque si existe Alá, qué mal vamos ¿no?". El Reig bromista de siempre.

Última pregunta: en 'Un árbol caído', una de las tramas secundarias revolotea sobre el origen de la droga que apareció en España en los años 80 (cuando Reig era veinteañero), con disponibilidad aparentemente ilimitada. ¿Cómo recuerda aquello? "Me acuerdo de cumplir 30 años, mirar la agenda y caer en todos los amigos que ya no estaban. Fue Vietnam aquello, fue una guerra encubierta con vencedores y vencidos. De los vencidos nos acordamos de los niños bien de la Movida que se murieron por la heroína, pero por cada niño pijo artista que murió hubo 100 víctimas de barrios de trabajadores. Yo gané, sobreviví, pero queda mala conciencia por eso. Me salvé por el whisky y por mi tendencia a la monogamia: yo ya tenía mi droga desde muy temprano, el whisky, que me iba bien, y no me gustaba mezclarla con ácidos ni con cocaína ni con nada. No sé, no puedo decir que el Estado indujera al tráfico y consumo de drogas porque le convenía: no tengo datos. Pero está claro que la aparición de la droga fue muy oportuna, que durmió un descontento social".

Fuente de la noticia: El Mundo
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