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27 Diciembre 2014

El catedrático Julio Ortega desmenuza los versos del bardo peruano en ‘César Vallejo. La escritura del devenir’.

Hay escritores que son un pozo sin fondo. El peruano César Vallejo, por ejemplo: para algunos, el más grande poeta católico desde Dante. Su compatriota, el catedrático de la Universidad de Brown y especialista en Estudios Literarios Hispánicos Julio Ortega, lleva 40 años enseñándolo y escribiendo sobre él. Y hasta hace muy poco no recayó en una cosa que, con la modestia innata al que sabe mucho, admite: “No caí en cuenta que casi todo el tiempo está hablando en futuro; es lo que más le interesaba: tenía una gran intimidad con el futuro, articulando utopías; siempre depositó una gran fe en el cambio”. Y ahí prendió una antorcha para seguir indagando en la mina inagotable de ese poeta que, puestos a adelantar el futuro, versificó mucho antes su propia muerte: “Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo…”. La exploración ha dado pie, claro, al ensayo César Vallejo. La escritura del devenir, análisis sobre la vida y la obra del ínclito bardo que ahora publica Taurus.

Para quien la poesía era un grito de justicia social y una manera de intentar poner orden en el mundo, quizá una consecuencia de haber crecido en las ásperas montañas del norte del Perú en una familia tan numerosa como humilde, los versos sólo podían rimar en clave de devenir. “El futuro interesa a las cultura modernas, está en sintonía con nuestro presente; las nuevas culturas iberoamericanas parece que se hayan de pelear pero en realidad han de verse como proyecto de futuro; hoy se trata de ver cómo articular más modernamente nuestro propio futuro, estamos en ello y en eso la lectura del futuro en Vallejo es esencial”, aclara Ortega.

No es el único aspecto sorprendente que el catedrático desvela en su libro sobre Vallejo (Santiago de Chuco, 1892; París, 1938), formado en literatura y leyes, comunista convencido y claramente influido por Rubén Darío. Quizá de ahí vendría una poesía de alto registro que sorprendió en Los heraldos negros (1918), de notable depuración y a la que no debió ser ajena su estrategia “de la tachadura”, como la califica Ortega: “Vallejo suprimía muchísimo en un proceso muy laborioso de escritura que no tenía una función referencial sino la voluntad de poner en tensión el nombre y la cosa, plantear otro mapa de la realidad”.

La tachadura como uno de sus principales recursos, y su inevitable quitar vínculos lógicos entre palabras, había de conducir a una poesía vanguardista que tendría su faro en el triste y dulce poemario Trilce (1922), libro que da pie a Ortega para plantearse hablar, incluso, de “epistemología trílceca”: “Es seguramente el más radical de los libros en lengua española; su lenguaje dice más que lo que dice, rompiendo mucho la sintaxis; su función era pensar el mundo desde el lenguaje”, opina el estudioso.

Tampoco era una lengua cualquiera. Ortega habla en su estudio de “la hermenéutica del hablar materno” que emplea Vallejo, aquél que escribió: “Yo nací un día / que Dios estuvo enfermo, / grave”. O: “Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma... ¡Yo no sé!”. Cree el estudioso que es una lengua castellana “de la casa, por lo femenino, por ese marco protector que es la casa, que se ha perdido: está siempre en la poética de Vallejo esa orfandad, esa angustia, esa soledad, ya desde muy joven… Hay una pérdida de marcos emotivos en una sociedad exterior extrema”.

El peso de una cultura católica colonial que le oprimió siempre y la sensación de sentirse víctima de la discriminación racial explicarían un contenido y un léxico de un Vallejo que, concluye Ortega tras cuatro décadas de leerle, “demuestra que su poesía es superior a nuestras fuerzas, no cabe en ningún diccionario”. Quizá no cabe porque es eso, poesía del futuro.
FE DE ERRORES

En la primera versión de esta pieza se señalaba como lugar de nacimiento de César Vallejo Santiago de Chuzo, cuando el nombre correcto es Santiago de Chuco.

Fuente de la noticia: El País
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