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3 Noviembre 2014

Liberal, autor de libros como «Siglo de caudillos» y «El poder y el delirio», muy crítico con Cuba y Chávez, ha recibido el premio FAES de la Libertad.

Enrique Krauze (Ciudad de México, 1947) parece grande incluso sentado. Tiene andares de animal mitológico, cauteloso y de una amabilidad que busca persuadir a su interlocutor, y lo consigue. Gasta una lengua pausada, en la que paladea algunas palabras como si fueran sillares de escultor antiguo. Escucha bien. Ingeniero industrial y doctor en historia, es escritor, historiador, biógrafo, empresario cultural y editor de la revista «Letras Libres». Durante veinte años colaboró con Octavio Paz, su gran maestro, en la revista «Vuelta». Autor de numerosos libros, entre los que destacan «Caudillos culturales en la Revolución Mexicana», «Siglo de caudillos», «Redentores» y «El poder y el delirio», recientemente recibió en Madrid el premio FAES de la Libertad.

—En un artículo sobre el antisemitismo elogió el tratamiento del trágico tema judío en la serie de televisión «Isabel». ¿Por qué?

—Lo conozco con cierto detalle. No solo porque provengo de una familia judía sino porque estudié en un colegio israelita en México, y porque también me interesó desde joven este tema. El modo en que hicieron encarnar en algunos personajes, como el de Cabrera, cerca del Rey y de la Reina, el drama del converso, a veces con los diálogos, a veces solo con un gesto, su tensión, su desgarramiento... El modo en que se trató el tema de la Inquisición, la invención del crimen ritual, la expulsión, los personajes... Encontré un respeto, una objetividad, una sutileza que habla muy bien de la selección histórica y en particular de esta serie. Cuando se hacen las cosas bien hay que encomiarlas, y creo que además es algo importante dada la profundidad de la huella de Sefarad en la historia española.

—¿Cuál es la enmienda intelectual para nuestro tiempo que usted plantea contra el telón de internet?

—Internet es el nuevo universo de la comunicación, eso es obvio. Ha venido para quedarse y para expandirse, para ampliar su horizonte de modo que todavía no podemos prever. Pero debemos porfiar en la voluntad de razonar, de comprender históricamente los hechos que no caben en 140 caracteres, ni en un mensaje de WhatsApp, ni en un podcast ni en una imagen de vídeo. Nuestra era es vertiginosa, incierta, pero no podemos renunciar a la comprensión histórica. Yo creo que sin comprensión nos quedamos en el vacío, y este es uno de los elementos a los que esa enmienda hace referencia. Recuerde que esa frase, enmienda intelectual, es de Spinoza, y así se llamaba un tratado escrito por él. Lo que él procuraba es: no rías, no llores, mejor comprende. Lo que hace falta en nuestra época es eso, comprender. Todos los fenómenos políticos, sociales, económicos, necesitan un elemento de comprensión, ser entendidos. No indulgencia, no pasividad, comprensión histórica.

—Lo que ocurre es que la misma potencia de internet no sé si ha llevado a la exacerbación el debate entre apocalípticos e integrados. Una ola a la que nadie se puede resistir. Usted denunció el peligro del discurso del odio. ¿Cómo encauzamos eso?

—Fruto de mi experiencia personal he llegado a la conclusión de que el noventa por ciento (por decir una cifra que creo que no es inexacta) de las personas jóvenes en su mayoría que utilizan este pequeño aparato [y señala el teléfono inteligente que está sirviendo para grabar la conversación] para entrar en conversaciones con el mundo, con los demás, yo creo que lo hacen con cierta curiosidad de conocimiento.

—¿El 90 por ciento?

—Yo pienso eso. Entran de buena fe. Entran para navegar. Y que si la respuesta que obtienen es una conversación que les diga algo nuevo, aunque sean 140 caracteres, que les dé un link, un pequeño conocimiento, que les haga modificar un poco su opinión y que les haga decir «esto no lo sabía», o «esto no lo había yo visto antes», yo creo que es el momento perfecto de entrar. El problema es ese diez por ciento violento, agresivo, que entra como antes se iba a la plaza pública en los momentos de ira, a espetar frases de odio. Y esos son más activos que la mayoría silenciosa. Cierto que unos van a la guerra, pero no por estos que van a la guerra debemos renunciar a todo eso. Hay que tratar de persuadir, y se va persuadiendo poco a poco. En las propias empresas yo he visto que si se les provee, si se les explica, casos concretos, las instancias de odio, ellos reaccionan y creo que poco a poco puede prevalecer, podemos hacer que el 90 por ciento sea más activo.

—¿Y personalmente cómo vive esta ansiedad permanente, esta información que no cesa en 24 horas siete días a la semana?
«Leo blogs y revistas, diarios, pero no espero a ver qué pesco»

—Más allá del tema del odio y del amor, yo seré siempre de la vieja guardia, sí tengo este aparato, qué le voy a decir...

—¿Pero le acompañan más los libros?

—Me acompañan más los libros, los libros y el papel. Por eso tengo la revista «Letras Libres», por eso sigo escribiendo libros, y sigo creyendo en la perdurabilidad de los libros y esos son los que me acompañan. Trato de ser muy activo en mi modo de acceder a la red. Allí leo ciertas revistas, ciertos periódicos, ciertos blogs que me interesan, ciertas personas que me interesan, pero en general no me coloco en la posición pasiva de esperar a ver qué pesco o a ver si sale del cielo o de las nubes una información. Siempre voy buscando un conocimiento que tenga una aplicación para un ensayo, para un libro, para un artículo...

—Con «Letras Libres» supongo que pretende influir en la sociedad. ¿Qué pretende conseguir con la revista, o qué se puede hacer desde una revista todavía hoy?

—Supongo que muy poco. No soy un iluso. Todos los que trabajamos en revistas o en libros o en periódicos estamos preocupados por el crepúsculo de nuestra industria y sentimos que día tras día se nos va el papel, hasta que tal vez un día desparezca, aunque espero que no. Pero yo creo en el peso específico de las ideas, de la crítica, de los buenos textos, de la buena literatura. Yo me formé en esa tradición, que es la de Octavio Paz, que a su vez se formó en la tradición de Ortega y Gasset y su «Revista de Occidente», y es una larga tradición en habla hispana, y en habla inglesa y francesa, por supuesto, pero sobre todo en nuestra habla castellana, que tiene sus lectores en papel, en América Latina, en México y en España. Pero lo que más me ha sorprendido, más bien me ha dejado perplejo, son los cientos de miles de lectores en internet...

—¿Ha potenciado su eco?

—Pero a un grado increíble. Cuando nació la revista mi hijo mayor, León, me persuadió de que naciera como sitio, y a mí me pareció una excentricidad, una locura. Ahora lo excéntrico más bien es tenerla de papel. El sitio es muy visitado. Hay cerca de medio millón de usuarios únicos, se quedan tiempo leyendo, la respuesta en Twitter y en Facebook y la respuesta a artículos que escriben las decenas y cientos de colaboradores es impresionante, y se ha creado y se crea una comunidad con lectores en Venezuela y en Argentina, pero también en Nueva Zelanda y en Suecia, y creo que ocupamos un nicho que está expresado en el nombre doble de la revista, las letras y la libertad. Por eso tengo la confianza de poder seguir adelante. Además es una empresa muy pequeña, de muy pocas personas. Cuidamos los costos mucho, y contamos con patrocinios privados, en España, en México, incluso un sector de patrocinio público, porque en México hay una tradición de esto. Pero también suscriptores y lectores, y estamos con nuestras aplicaciones de iPad para tratar de ir ganando a las nuevas generaciones.

—Del mismo modo que Marcel Duchamp rompió la jerarquía de la belleza, internet parece como si hubiera desmantelado la jerarquía de lo importante, y por supuesto de la crítica. La figura del crítico que distinguía lo valioso de lo irrelevante ha saltado por los aires. ¿Se puede recuperar esto a través de revistas como «Letras Libres» o es una batalla casi perdida?

—No debemos ni celebrarlo ni lamentarlo porque es un hecho. Pero yo sigo creyendo en la fuerza que tiene un texto, yo creo que la calidad del contenido se abre paso...

—¿Llega a su destinatario?

—Llega al destinatario. Ya sea en la televisión, en radio, etcétera. Volvemos a la pregunta inicial: una serie de televisión, de historia, novelada, y unos mexicanos que la ven y que descubren en ella una calidad y lo hacen resaltar. Yo creo que es lo mismo con un texto y que si un torrente de lectores piensa que una novela o que una creación es muy buena, pero hay alguien que vaya contracorriente, y explica razonablemente por qué no tiene buenas posibilidades de persuadir. No hemos renunciado a la razón, todavía. El siglo XXI todavía no ha renunciado a la razón.

Fuente de la noticia: ABC
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