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24 Octubre 2014

La editorial Circe publica en España la biografía de Assia Wevill, la desconocida amante del autor de 'Carta de cumpleaños' que fue el detonante del final de Sylvia Plath.

"Voy a seducir a Ted". Cinco palabras como cinco cargas de dinamita. Las pronunció Assia Wevill, la poeta Assia Wevill. Aquella mujer con los ojos color fiebre. Bella a la manera de la belleza convulsa. Divertida, original, con ramalazos descabellados. Y Ted era el poeta Ted Hughes, uno de los faros de costa de la poesía británica de la segunda mitad del siglo XX. 'The Times' lo incluyó el cuarto en su lista de 'Los 50 mejores escritores ingleses desde 1945'. Un tipo tan poderoso de espíritu como feroz de formas. El marido de la poeta estadounidense Sylvia Plath. Ambos formaron la pareja más popular de la literatura de los años 60 en Inglaterra: por su talento, por los escándalos, por su fiera convivencia. Por el infierno que fundaron, en el que ardió ella.

Y entre medias, una mujer judía, mundana y caprichosa que mantenía una relación endeble con la realidad. Ted Hughes sólo la citó una vez en una entrevista que concedió en 1996. Y no dejó huellas de la relación en su escritura. Con Sylvia fue distinto.Ella es el motor de explosión de 'Carta de cumpleaños', donde hizo recuento de su tormento tras el suicidio de Plath. Un conjunto arrebatado de poemas que vio la luz en 1998. "La muerte de mi primera mujer fue complicada e inevitable. Llevaba en esa pista la mayoría de su vida. Pero la de Assia pudo evitarse. Su muerte estaba totalmente bajo su control, y fue el resultado de su reacción a la acción de Sylvia", comentó Hughes a los autores de la biografía.

Assia Wevill, sin embargo, no dejó de ser una pálida sombra hasta 2006. Pocos la conocieron. Y entre esos pocos, uno de los mejores amigos de Hughes, el poeta Yehuda Amijai, que le dedicó un poema, 'La muerte de Assia G'.: "Me resulta difícil entender tu muerte en Londres/ en la niebla, como me resulta difícil/ entender mi vida, aquí en la claridad". ¿Pero quién fue aquella mujer sin rastro? Esa pista mínima de Amijai, ese nombre en un poema fue el resorte necesario para que los periodistas Yehuda Koren y Eliat Negev fijaran la lupa en aquella mujer como un enigma borrado lentamente.

Llamaron a Amijai intentando esclarecer algo, pero al otro lado del teléfono tan sólo encontraron una respuesta lacónica: "Fue la amante de mi mejor amigo. Falleció en circunstancias desagradables en 1969. La G. corresponde a su apellido de soltera, Guttman. He de colgar. Adiós". Dedicaron años a buscar cabos sueltos que llevaran hasta ella: de su pasado a sus amantes. De su casa a su trabajo en una agencia de publicidad en Londres. Años intentando fijarla en la vida de Hughes. Y hallaron las primeras señales. Tras una labor de huroneo en Alemania (donde nació), en Palestina (donde vivió), en Canadá (donde se casó) y en Inglaterra (donde murió), armaron su biografía, que ahora publica en España la editorial Circe con un título seco: 'Assia Wevill'.

Y lo que sucede dentro es fastuoso. Una vida valiente y sin miedo a los extremos,pero frágil a la vez. Descompensada. Una mujer que enamoró por igual a hombres y mujeres. Licenciada en Literatura por la Universidad de Vancouver. Divorciada en tres ocasiones. Madre soltera que desafió sin quiebra las convenciones de una sociedad prefeminista y 'censuradora'. Épica y esquiva. Nació en 1927 en Alemania. Hija de un médico judío de origen ruso que tuvo que escapar del nazismo y refugiarse en Palestina y, más tarde, en Tel Aviv. Allí creció Assia antes de viajar a Londres, donde la vida comenzó a serle noble (a su manera). Con esa nobleza que ella buscaba, siempre al calor de la banalidad. Era su alivio y su cobijo.

Se casó con el sargento británico John Steel, se separó. Regresó a Londres y conoció al joven poeta David Wevill (de él tomó el apellido final). Un chico de 21 años (ella tenía 28), con el que se volvió a casar cuatro años después y que supuso el origen del trágico final que la hermanó con Sylvia Plath. Pues ambas aceptaron el vértigo de enamorarse de Ted Hughes. Y ambas remataron sus días junto a él abriendo la llave del gas, con seis años de diferencia. El autor de 'Violencia de la palabra' enterró a Sylvia en febrero de 1963. Y en marzo de 1969 a Assia y a la hija de ambos, Shura, que falleció junto a su madre envuelta en metano.

Assia llegó a Ted por un contrato de alquiler. Hughes y Plath fueron los caseros del joven matrimonio, cuyo piso londinense acababan de ocupar. Poco después recibían la invitación de los 'anfitriones' para pasar con ellos un fin de semana en su casa de campo. Y ese día todo saltó por el aire. El arrebato entre ambos fue instantáneo e irremediable. La mecánica devoradora del autor de 'El cuervo' (dedicado a Sylvia y a Shura Wevill) se puso a rodar. La bujía de su celo comenzó a prender. Y Assia detectó ese foco de calor. Y aceptó la inmolación. La escritura de Plath fue dando cuenta de aquella realidad con poemas cada vez más hondos y desgarrados, irónicos a veces. Ella fue siempre una extraña flor pisada que luchó por sobrevivir. Gastaba una inteligencia aguda, dulce y sin equilibrio. Venía directamente del frío. En el bestiario catastrófico de Plath son dos hombres los que ocupan el lugar más visible: de un lado, su marido; de otro, el padre, el alemán Otto Plath, que murió cuando ella tenía nueve años y que se convirtió en uno de sus fantasmas más presentes. El origen represor de demasiada infelicidad.
Inflexible en la indiferencia

Hughes repitió con Assia los mismo modales que con Sylvia. Tremendo en la pasión primero e inflexible en la indiferencia después. "Le impedía echarse la siesta.le obligaba a sonreír a los amigos. Tampoco le gustaba que fuese en bata por casa", explican los biógrafos.

Con ambas viajó a Benidorm. La primera vez en el viaje de bodas (1956), del que Plath regresó a Londres espantada -él escribe un poema sobre aquella experiencia: 'You hated Spain' (Odiaste España)-. No soportó la estampa aún oscura de la España goyesca, sucia, dura y jaleadora de la muerte del toro. La segunda, en una escapada furtiva con Assia (1962). A ella le entusiasmó el 'espectáculo'. "Aquel viaje fue un oasis", explican Koren y Negev. "Por primera vez vivieron juntos abiertamente y fueron libres de disfrutar de la mutua compañía. Fue un periodo productivo en el que bosquejaron un guión cinematográfico que se proponían escribir juntos. Ted tuvo la oportunidad de comparar a las dos mujeres al estar con ellas en el mismo lugar. A Wevill no le importó ocupar el sitio de Plath. Esa situación se repetiría varias veces en años posteriores, hasta que la sombra de Sylvia se volvería una carga demasiado insoportable para ella".

La destrucción había puesto huevos en la herida. Una vez laminadas las parejas respectivas, Assia y Ted comenzaron su expedición con meta en ellos mismos. Quedaba atrás una Sylvia derrumbada que no sabía alejarse de aquel poeta chamánico. Casi sola en el frío invierno inglés, escribiendo, pero insegura de la calidad del resultado no pudo aguantar más y metió la cabeza en el horno, después de preparar el desayuno a sus hijos (Frieda y Nicholas) y sellar con cinta aislante la puerta de la cocina para que no escapase el monóxido de carbono hasta la habitación de los niños, de los chicos que tuvo con Hughes, el culpable de la desolación de aquella mujer joven, sensible y sola. "Confirmar la relación de su marido con Wevill fue para ella un golpe mortal, como una bala que alcanza a un animal que corre", cuentan Yehuda Koren y Eliat Negev.

Pocas semanas después, Assia ocupaba la vida del poeta, cuidaba de sus hijos, recibía cartas de amor de su segundo marido y contestaba con los mismos reflejos a ese amor, disculpando el daño causado como si todo aquel naufragio fuese exactamente la prolongación de un puzzle que no sabía resolver. Pero nada sirvió de nada. Ted lo ocupaba todo. Escribía como resucitado, levantaba poemas nuevos fecundado por un poderoso espíritu recuperado. Y soportaba los ataques de quienes lo hacían culpable del suicidio de Plath. Desde particulares a colectivos feministas hicieron de él un objetivo a abatir, y hasta hubo bibliotecas que se negaron a tener sus libros...

Assia había conseguido dar caza a su presa, sin calcular que sería presa ella misma del lobo que ansiaba, del voluptuoso amante al que nunca poseería por completo. Sylvia había muerto, pero Sylvia aún estaba. "El sentimiento de culpa es el rescoldo siempre humeante que se rescata de la pira del suicidio y pasa rápidamente de mano en mano provocando una quemadura demasiado dolorosa para soportarla", escriben los biógrafos.
"Me comen"

El entorno de Plath (que fue el de Ted) no aceptó a Assia. "La hostilidad y el contundente desprecio de los amigos son a veces insoportables. Sylvia está creciendo en Ted, enorme, espléndidamente. Yo me encojo día a día, mordisqueada por ambos. Me comen", confesó a su hermana, Celia Chaikin. La relación con Hughes estaba ya en el desbarrancadero. Nació la hija de ambos, Shura.El poeta decidió que no vivirían juntos. Aparecía y desaparecía. Escribía cartas a algunos íntimos dando cuenta del 'big bang': "Nuestra vida se complicó tanto con los viejos fantasmas... Me pone a prueba repetidamente, diciendo que debemos separarnos. Es una mala costumbre que forma parte de nuestras ya viejas dificultades. Así que cuando me dijo por teléfono que se sentía suicida, aquel último día, no me resultó nada nuevo".

Para entonces, Ted Hughes contaba ya con una nueva amante, Carol Orchard, una enfermera con la que se casó en 1970. El carácter depresivo del autor iba minando a Assia hasta que el domingo 23 de marzo de 1969, a mediodía, lo telefoneó. Habían pasado los últimos cinco días buscando una casa de alquiler en Yorkshire. Llevaban seis años hablando de vivir juntos. Discutieron, una vez más. Al colgar, Assia dio el día libre a la niñera. Arrastró un colchón hasta la cocina, puso sábanas limpias. Se preparó un whisky. Luego otro, con algunos somníferos, así seis o siete veces. Fue a buscar a Shura a su dormitorio. La cogió en brazos y la trasladó a la improvisada cama. Apagó la luz y antes de tumbarse junto a la niña abrió la llave del gas de un horno marca Mayflower. Horas después, cuando hallaron los cadáveres, tenía la mano desfallecida en el pecho de su hija. El idilio había terminado.

Assia Wevill no dejó ninguna nota. Tan sólo el rastro leve de una vida que tuvo tanto de fiesta como de desengaño. Un amor caníbal. Un puñado de agravios. Aquel día en que dijo a una compañera de trabajo: "Voy a seducir a Ted" no calculó el vértigo que excede a ciertas pasiones.

Fuente de la noticia: El Mundo
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